Milagros del ajuste

Cada semana, acá voy a postear un fragmento o la versión completa de algún texto reciente (y a veces no tanto) con el enlace a la versión completa. Hoy, en conmemoración del vigésimoquinto aniversario de La ciénaga de Lucrecia Martel, comparto un artículo originalmente publicado en 2009 en la revista Pensamiento de los confines (enlace a versión original).

Pongamos por caso que, además de una marca registrada en el circuito transnacional de imágenes y sonidos, el llamado “Nuevo Cine Argentino” –al menos en un momento inicial talvez ya lejano– haya cargado también con el significado de una apertura, una ruptura hacia la posibilidad de nuevos sentidos, un acontecimiento. Para acceder a tal dimensión quizás sólo hipotética, habría que someterlo a este cine a una crítica no tanto de los relatos sino de cómo éstos reposan sobre la construcción de una mirada reveladora. Quiero decir, si el cine es hoy esencialmente un archivo de convenciones y procedimientos de encadenamiento de imágenes-sonidos que se aúnan en unidades espacio-temporales a partir y en función del aparato sensorial de un público interpelado como sujeto individual y como colectivo anónimo, una mirada reveladora sería aquella que surgiese de un uso novedoso de ese ensamblaje propio de la modernidad del siglo pasado, a fin de convertirla en una intervención crítica en el presente (eso que delimita el espacio-tiempo de la proyección y que suele referenciarse oblicuamente en éste como fuera-de-campo). En éstas líneas propongo analizar los modos en que algunos filmes argentinos recientes intentaron construir una crítica del presente a través de la incorporación “contrariada” de regímenes de la mirada propios de una era caracterizada por la especularización exhaustiva de lo social. En La ciénaga de Lucrecia Martel y Ciudad de Maria de Enrique Bellande, el milagro como “acontecimiento escópico” doble (la visión íntima concedida al creyente, o forjada por su voluntad histérica, y su reconversión inmediata en espectáculo barroco a través de los medios audiovisuales y digitales masivos) sirve de reflejo y contraste a un cine que, gracias a esa incorporación contrariada, puede solicitar una mirada crítica. Lo cinemático es entonces aquello que interviene entre las dos visiones –la “aparición” original y su sustitución por el espectáculo audiovisual–, con el efecto de quebrar su ilusoria identidad e inmediatez. Surge así una imagen que es al mismo tiempo crítica de la imagen – crítica que es, por supuesto, también la del propio cine, al reconocer éste en las dos magias sobre las que se impone, una vez más la suya propia.

Fe y fluidez

El milagro es el origen de la fe y también su horizonte. Suspensión momentánea del tiempo, induce a un estado de gracia que remite al comienzo y al fin de las cosas permitiendo precisamente así el recomienzo de una sucesión que ya se sabe cargada de otra temporalidad. El milagro anuncia la inminencia de la redención a través de su postergación indefinida. En eso se parece al dinero: el no-objeto metafísico que facilita la expansión inifinita del intercambio material a través de su interrupción perpétua, al introducir en aquél un tercer término que permite contabilizar, “encarnado en una sustancia tangible,”[i] la misteriosa relación entre valores que, de otra manera, permanecerían inconmensurables uno al otro. No es sorprendente, por lo tanto, la íntima asociación entre las creencias milagrosas y una modernidad que ha ido paulatinamente extendiendo la mediación trascendental de la relación de capital hasta la última fibra del tejido social, instalando lo sagrado hasta en lo más íntimo de la cotidianidad. Como afirma el historiador Jaroslav Pelikan, entre el comienzo de la década de 1980 y mediados de los noventa, se han registrado mayor cantidad de apariciones de la Virgen María, en lugares tan diversos como Ruanda, Australia, Nicaragua, Estados Unidos y Argentina, que en todo el lapso entre 1830 y 1930, conocido entre los especialistas como el “gran siglo de apariciones marianas”.[ii] Pero si éstas, movilizadas por el aparato eclesiástico, insertaban la doctrina católica y sus dramaturgías rituales de peregrinaje y expurgación en la construcción de un espacio ideológico y territorial de la patria, en contestación directa a las corrientes secularistas y anticlericales del nacionalismo moderno,[iii] la proliferación milagrosa de los últimos tiempos ocurre por el contrario en un contexto de debilitamiento de los estados y de transnacionalización de los flujos materiales y simbólicos de capital propios de la globalización y del eufemísticamente llamado proceso de ajuste estructural de las economías nacionales.

Cabe preguntar, entonces, por los vínculos y correspondencias entre la monetarización especulativa impuesta por la “revolución conservadora” desde principios de los años 70 –el milagro económico– y esa reemergencia masiva de formas arcáicas de devoción. Desde luego que no puede evitarse, ante el derrumbe actual de la soberbia casa de naipes construida por los ideólogos neoliberales, cierta sensación de que el capitalismo tardío se haya aprestado a cumplir al pie de la letra los sombríos presagios borroneados por Walter Benjamin en el fragmento “El capitalismo como religión,” donde especulaba sobre la pulsión destructora de un culto al endeudamiento inexpugnable, regido por “la desesperación creciente hasta convertirse ésta en estado religioso del mundo, del que se espera la redención.”[iv] Por otra parte, el culto mariano actual es sólo una faceta de la galaxia de esperanzas y clamores depositados en un vasto elenco de santos y espíritus de creciente híbridez y alcance gracias a las posibilidades difusoras de los medios audiovisuales y digitales, con los que deben competir hoy las iglesias católicas y protestantes, incluyendo en su abanico de sincretismos los cultos emergentes a estrellas difuntas de la telenovela, la cumbia y la crónica policial.[v]

Como sugieren Manuel A. Vásquez y Marie F. Marquardt, apariciones y milagros participan hoy de un proceso complejo de “creación global de lo local,” proceso que envuelve dinámicas micro- y macropolíticas entremezcladas: entre otras, los cambios introducidos por la transnacionalización del capital en el tejido de jerarquías y dependencias de clase, género, étnia, etc. que conforman una localidad; el ajuste de prácticas y objetos devocionales impulsado desde el Vaticano en el marco del “Proyecto Nueva Evangelización”; la diseminación y el desplazamiento de prácticas simbólicas a través de migraciones intercontinentales y la posibilidad de acceso virtual entre espacios-tiempos lejanos brindado por internet y los canales internacionales de televisión satelital.[vi] Lo sagrado, entonces, resurge hoy desde las entrañas mismas del “híperespacio” producto de una compresión espacio-temporal que instala a la virtualidad como condición primaria y nivelizadora de sociabilidad globalizada.[vii]

Tiempos cautivos

Ante esa virtualización comprehensiva de las relaciones económicas y sociales, la fe y el dinero encuentran su suelo común en el espectáculo. Así, en La ciénaga (2001), primer largometraje de Lucrecia Martel, es la pantalla televisiva donde originan milagros y apariciones de diverso orden. En una escena, Mecha –el personaje de Graciela Borges– mira en la tele una publicidad de refrigeradoras “Upsala”; en el próximo plano de su dormitorio el mismo aparato se ha materializado como por acto de magia (el filme nos permite reconstruir el origen técnico de esa aparición, al entregarnos antes de cortar la imagen televisiva del número al que hay que llamar para comprar la refrigeradora a crédito).  En otros momentos, la pantalla entera está tomada por sucesivos noticieros de la televisión local, entrecortados con tomas de las habitaciones donde distintos habitantes de la finca La Mandrágora asisten al programa, que relata un “caso” de aparición de la Virgen en la vecina ciudad de La Ciénaga. Junto con otros motivos o tópicos –el viaje eternamente postergado de Mecha y Tali a Bolivia; el cuento del perro-rata que asusta al niño Luciano; la llegada varias veces anunciada y desmentida de Mercedes– los noticieros participan del “sistema de pivotes” narrativos que movilizan una trama de acciones estancadas y desconexas. Como sugiere David Oubiña en un análisis agudo del filme, más que una sucesión hay en La ciénaga un tejido de acontecimientos cuya irresolución es incrementada todavía por la composición del plano a destiempo y contrario a las reglas clásicas de organización espacial de la toma. Esa dislocación en tiempo y espacio, mimetizándose con un tipo de percepción infantil, produce un efecto de amenaza y exposición a lo desconocido, un “régimen de inminencia” permanentemente cargado de amenazas. Como bien lo resume Oubiña: “La sucesión de pequeños accidentes y de situaciones de riesgo nunca modifica el comportamiento de los personajes; pero la alternancia entre peligro e inacción […] produce una acumulación conflictiva y, por consiguiente, un crecimiento de la tensión dramática que sólo puede resolverse en una catástrofe.”[i]

Ahora bien, ante esa pérdida de anclajes espacio-temporales que padecen los personajes, y que la película le impone a su audiencia a través de la composición y del montaje de planos, los “pivotes” ofrecen el refugio mínimo de una obsesión o angustia compartidas; un tópico donde coincidir momentáneamente para posibilitar el encuentro y la conversación, tal y como la habitación (y la cama) de Mecha se convierte en lugar de reunión familiar tras el accidente de su ocupante principal.  Pero si la serie de noticieros acerca del “milagro” participa de la función estructural de estos lugares comunes, también se diferencia de éstos al remitir a un “afuera” del espacio casero de la finca y sus ramificaciones (la casa de Tali, el apartamento de Mercedes en Buenos Aires). La noticia televisiva proporciona así un horizonte o punto de fuga, una exterioridad virtual donde por una vez pueden confluir las miradas de los personajes dispersos por ese interior laberíntico y absorbente que es la casa familiar. Pero no sólo las de ellos; también las miradas de toda aquella población despreciada y temida de “kollas”, “chinas” e “índios” con la que los familiares de Mecha y Tali, representantes de una oligarquía local en terminal declive, sólo interactúan por vía del servicio doméstico, de las incursiones infantiles en el monte o de esporádicos estallidos de violencia, confluyen en la pantalla chica, como demuestra la aparición en cámara de los primeros “peregrinos,” hombres humildes de vestimenta y dicción campestre. Es, también, mirando las emisiones televisivas tiradas en la cama a la hora de la siesta, que se dan los momentos de mayor intimidad entre Momi e Isabel (la hija menor y la sirvienta), las únicas que por momentos parecen capaces de transgredir el cerco familiar de repeticiones compulsivas y de reproducción del sistema afectivo racista, patriarcal y clasista en el que permanece cautivo todo el personal dramático.  En suma, entonces, la noticia del milagro proporciona una suerte de centro externo o liminal que organiza desde la virtualidad de la pantalla chica la comunalidad de los lugares y situaciones desde donde se lo mira. Esa función de exterioridad interna se repite a nivel formal, ya que la imagen de la “pantalla en la pantalla” instala al interior del espacio visual de la toma un otro espacio visual. De un modo extraño y trastornado, esa visualidad interior, sin desmentir en momento alguno la cohesión interna de la diégesis, funciona también como reflejo de la exterioridad de nuestra mirada, desestabilizando la ya habitualizada operación de sutura que todos sabemos realizar en una sala de cine, restituyendo con nuestra presencia de videntes un fantasmagórico espacio de plenitud.[ii]

En otras palabras, la crónica visual de la aparición mariana en La ciénaga es al mismo tiempo el punto de fuga interno de la diegesis –el horizonte vacío en el que convergen todos los vectores visuales–  y el relato interno de la relación que el filme construye con la mirada del espectador, al frustrar a través de la fragmentada composición y montaje de planos el deseo de cohesión imaginaria de esa mirada. Para entender cabalmente esa compleja función (auto)crítica, precisamos analizar en detalle la secuencia. Secuencia, a su vez, discontínua porque, como veremos, en sus entregas sucesivas es cortada una y otra vez por la perforación sonora desde otro espacio “otro,” la llamada telefónica desde el departamento de Mercedes en Buenos Aires, el verdadero centro económico del que depende el ingreso familiar y al que, en cambio, se le debe rendir un tributo sexual en forma de sucesivas generaciones de amantes varones. La fuga imaginaria se frustra una y otra vez por el arrastre de lo real: relación que, nuevamente, pone en juego la tensión entre espectáculo, deseo y dinero que introdujimos al comienzo.

Pero vamos por partes. La secuencia comienza con una pantalla televisiva ocupando por entero el espacio de la toma, y donde se muestra a una señora de barrio dirigiéndose a la cámara: “Ahora que estoy mirando, sinceramente no veo nada…” Desde fuera del encuadre, irrumpen otras voces: “Pero mire, ahí está la dueña de casa…” “¡Pero ahí se ve!” “Sinceramente no veo nada. Hace dos horas que estoy acá.” Corte sobre Momi e Isabel en la cama de ésta última, iluminadas por los rayos azules de la pantalla, comiendo nueces o maní (la escena es vagamente erótica, a la vez que invoca a la ceremonia eucarística: Isabel, sentada, le da de comer a Momi tirada en la cama a su lado; la cámara cortando desde un plano mediano a un close-up sobre la cara de Momi al recibir la dádiva de su amada). Sigue la pista sonora del noticiero: “¿Está su hija?” “¿La llamo?” “Sí, por favor.” Vuelve a aparecer en pantalla la imagen del noticiero, ahora mostrando a una mujer joven, morocha, emergiendo desde los fondos oscuros de una modesta casa de barrio: “¿Vos viste a la Virgen” “Sí, sí…” “¿Cómo la viste?” “Yo estaba colgando la ropa, y arriba del tanque vi una luz y bueno, me puse a mirar y vi la Virgen.” La cámara, como para confirmar lo dicho, sube en un paneo héctico por el techo hasta encontrar el tanque de agua, para cortar después contra un close-up de las caras de vecinos y transeuntes, gente humilde de facciones mestizas, cuyas miradas repiten el movimiento mientras la periodista insiste: ¨¿La viste alguna otra vez? ¿Es la primera vez? ¿De cerca o de lejos?” Corte sobre la cara de la joven: “Y, más o menos, yo estaba ahí en el patio y la vi en el tanque…” Empieza a sonar el teléfono; nuevo corte sobre la habitación de Isabel mientras se siguen escuchando voces desde la tele (un hombre: “…me dijo que la veía…”), hasta que, al final, Isabel atiende la llamada. Corte sobre José en el departamento de Mercedes en Buenos Aires.

En esta primera “entrega” de la serie de noticieros ya están desplegados los elementos que, después, serán repetidos con mínimas variaciones (como el punto de vista diegético, que oscila entre las camas de Isabel y Mecha): el inquirir persistente de periodistas y vecinos por reproducir, en palabras, la indecible “verdad” de la visión, redoblado por un manejo burdamente intrusivo de la cámara que a pesar de carecer también de una demarcación rigurosa de tomas difiere notablemente de la composición visual del resto del filme. En lugar de un encuadre que curiosea las acciones pero parece ignorar desde y hacia donde irán (esa visión “mimetizada con un tipo de visión infantil”[iii] que predomina en la composición de la mayoría de tomas), aquí la cámara pretende ocupar un lugar de autoridad omnisciente, de control absoluto sobre el tiempo y espacio, manifestado en el soberbio zoom-in rápido que penetra las caras y pone objetos y lugares a su alcance. Aquí, ese uso torpe de las técnicas afectivas propias del melodrama, esa mútua y tautológica confirmación entre palabra e imagen, sugiere nada menos que la inminente reproducción del milagro en pantalla. Obviamente, esa re-aparición se posterga una y otra vez para más allá del próximo corte publicitario, ya que es así, precisamente, como coinciden y se retroalimentan las temporalidades de la fe y de la mercancía.

En las últimas emisiones, la máquina del espectáculo termina por adueñarse por completo del “milagro”, desmentido ya por su testiga inicial (la escena es notable: sobre un plano mediano de la joven, se escucha la voz de su madre: “Mi hija no quiere hablar, está muy cansada. La verdad que no quiere hablar con nadie.” Zoom-in sobre el rostro de la chica, la cámara penetrando en la penumbra del cuarto, esquivando el cuerpo protector de la madre. Periodista: “¿Miriam? ¿No aparece más la Virgen?” La joven mueve lentamente la cabeza en signo de negación. “Bueno.” La madre cierra la puerta. Empieza a sonar un teléfono. Periodista: “En esta intersección del barrio San Francisco hay algo que no deja de preocupar…” Corte sobre Mecha en la cama, contestando la llamada –”hola Mercedes … no, son esos índios que nunca saben atender las llamadas … ¿qué?” Entra José a atender; desde la televisión se escuchan rezos, la voz de la periodista: “La aparición se ha producido justamente en el tanque de agua…”).

Lo que estudia la secuencia de noticieros es entonces la dislocación del “milagro” desde la intimidad epifánica o psicótica de la chica de barrio hacia la publicidad melodramática del espectáculo televisivo donde termina por realizarse de veras: la aparición “se ha producido” precisamente cuando se ha fusionado completamente con el espectáculo, cuando se ha logrado producirla como espectáculo, cuando espectáculo y aparición se han fundido como por milagro. Es por eso que se frustra el intento de Momi por restituir la felicidad perdida (el tiempo anterior a la partida de Isabel y la muerte de Luciano) acudiendo al sitio sagrado: “Fui adonde se aparecía la Virgen. No vi nada.” Porque, “justamente”, ahí ya no hay nada para ver desde que la visión se ha fundido con la televisión, que es visión postergada: visión después –y también más allá– de la visión.

Los críticos principales del filme se han apresurado a leer en la afirmación de Momi el momento de desencantamiento productor de conciencia propio de la novela de iniciación moderna: “Quizás ella, finalmente, ha entendido,” dice David Oubiña, refiriéndose a una posible comprensión de “lo falso y artificioso,” “la torpe manipulación” que ejerce el espectáculo televisivo.[iv] Quizás efectivamente sea así; pero me parece que esta lectura desatiende la peculiar relación de intimidad personal que Momi ha sabido construir hasta ahí con “el milagro,” relación cuya emergencia habíamos presenciado precisamente a través de la serie de noticieros que también eran la cifra visual de los momentos de cercanía entre ella e Isabel. Coincidencia, por supuesto, que Momi desde el comienzo mismo del filme había traducido en un lenguaje religioso (uno de los primeros planos la muestra rezando en voz baja, acostada al lado de Isabel, y dándole las gracias a Dios por el don de su amada). Quiero decir, el “peregrinaje¨ de Momi antes que como un episodio de desilusión religiosa tal vez deba leerse más bien como un ritual de duelo amoroso, tal y como la asistencia a las entregas del milagro-espectáculo había proporcionado para ella el lenguaje ritual de un estado de felicidad –de gracia– nunca antes experimentado. De este modo, su historia entronca con la de Amalia en La niña santa, quien también se adueñará de una figura del ideario católico –el llamado– para construir a partir de ella su emergente subjetividad sexual. En Amalia como en Momi, esa apropiación del milagro para construir con él un lenguaje ritual altamente personal, vehiculiza procesos de subjetivación que pueden o no terminar en el desencanto secularizador que sugiere Oubiña. Pero antes que eso, apuntan hacia una multiplicidad de usos íntimos del milagro-espectáculo, visión vacía que se torna fetiche y que, como éste, puede ser investida de significados y poderes diversos y contradictorios.

Ahora bien, en ambos filmes el milagro, como el no-acontecimiento cuya inminencia eterna escande la temporalidad de los personajes, es también una especie de figura-reflejo de aquel otro que, a pesar de sufrir también interminables prórrogas y postergaciones, eventualmente sí ocurre: el accidente.[v] Como ha sido notado ampliamente por la crítica, la temporalidad de repetición y estancamiento de La ciénaga es un tiempo cautivo entre dos accidentes, la caída inicial de Mecha y la última y fatal de Luciano; pero adentro de ese tiempo muerto significado por las siestas interminables está también la catástrofe más íntima y personal para Momi del embarazo de Isabel que ya augura la partida de ésta. La secuencia de esa revelación es filmada con una sutileza tierna, apoyándose en la visión de Momi tras el umbral de una puerta interior del boliche donde Isabel acude en procura del Perro; como Momi, no escuchamos las palabras de los novios por debajo de la música cumbiera de fondo, pero podemos leer en la cara tensa de la chica y en el encuadre que la muestra cada vez más aislada en el ambiente extraño, la comprensión naciente de una ruptura. A esa imagen-afecto, uno de los pocos momentos de intensidad emotiva del filme, sigue un corte abrupto al tanque de agua del noticiero televisivo, y luego la entrevista final a “Miriam” donde se confirma el final de las apariciones. A su vez, en La niña santa, milagro y accidente se confunden en el relato del bebé salvado por la intervención de su madre muerta en un accidente de tránsito, que se cuentan las chicas al visitar el sitio donde “ocurrió el hecho”: pero es también, nuevamente, un lenguaje cifrado del deseo el que emerge del cruce entre esas dos figuras de ruptura, un estado de excitación que estalla en gritos y correrías por el bosque, perdiendo y encontrándose las chicas entre chillidos y rezos, amplificados súbitamente por el peligro real de unos tiros que perforan el silencio del monte.

Accidente y milagro son, en ambos filmes, las figuras de transformación que condensan las experiencias de metamorfosis de aquellos personajes que son los portadores de la mirada: las adolescentes. Lenguajes del deseo, enmarcan un espacio-tiempo libidinal donde la transgresión y la salvación se confunden. Pero sobre todo, corresponden a un tipo de experiencia que tiene al personaje como espectador más que como actor de una situación que excede sus facultades de protagonizar y así reconvertirla en movimiento narrativo, en imagen-acción: experiencia que tiende a la “situación puramente óptica y sonora” que Deleuze atribuía a los personajes niños del neorrealismo y de la nouvelle vague, pero también la ingenuidad crítica del “niño-director” de Rancière.[vi] A lo que voy es que, en ambos filmes de Martel, esas actitudes propias de las adolescentes, de procesar y verosimilizar experiencias de transformación que les sobrevienen sin que ellas puedan controlarlas (aunque, precisamente, la creencia milagrosa proporciona una suerte de control, si bien dentro de una lógica fetichista), no sólo no contrastan sino que se confunden con la pasividad y el des-control sufrido por el mundo adulto. Señalan a un estado de experiencia histórica que también sólo conoce al milagro y al accidente como móviles de cambio, una vez perdidas las riendas del propio destino: un tiempo enmarañado, como en la terrible imagen de la vaca atrapada en el lodazal de La ciénaga, cada uno de cuyos movimientos ya sólo acelerará su hundimiento. Tiempo signado, pues, por la pérdida de espacios de maniobra que convierte a todos los personajes en espectadores más que actores de su propio quehacer, portadores de miradas agonizantes postrados en camas y reposeras. Temporalidad barroca que, sugiere Idelber Avelar, sintomatiza antes que nada el estado de posdictadura, “no tanto la época posterior a la derrota (la derrota todavía circuscribe nuestro horizonte, no hay posteridad respecto a ella), sino más bien el momento en el que la derrota se acepta como la determinación irreductible de la escritura”.[vii]

El milagro de la historia

Pero si, para Avelar, sólo esa escritura que se construye desde el corazón mismo, la crípta, del estado de derrota, puede alcanzar una fuerza crítica volcada en contra de su propia materialidad, esa misma fuerza, en el cine, pareciera resultar de la incorporación de la mirada ingenua solicitada por el espectáculo y el milagro, pero para construir a partir de ella una “fábula contrariada”. Es ahí, sugiero, donde confluyen los ejercicios martelianos de exposición a través de la mirada infantil o adolescente y el trabajo sutil de encuadre y edición de Ciudad de María (Enrique Bellande, 2003), documental notable sobre la transformación de San Nicolás, provincia de Santa Fe, de la ciudad-fábrica del acero en la ciudad-santuario de la neorreligiosidad posindustrial. En Martel como en Bellande, la fuerza crítica del relato cinematográfico es producto de la incorporación, como principio de composición del plano, de la mirada “inocente” o “ingenua” que solicitan el espectáculo y la fe (y el espectáculo de la fe). Ésta se vuelve una forma de exposición crítica justamente al empezar a formar parte de un relato visual que no comparte su lógica. Al someterse al trabajo cinematográfico de edición y montaje, la imagen generada por la mirada ingenua es contrariada por aquello que ha buscado suprimir en su pretensión de inmediatez sensible. Hay contrariedad, en otras palabras, porque la imagen pertenece a otro modo de experiencia histórica que la trama cinematográfica en la que se encuentra inserta, modos de experiencia que en el caso argentino –como demuestra Ciudad de María– están íntimamente vinculados, por un lado, con los avatares sucesivos del peronismo entre 1945 y 1973, y por el otro con el menemismo como culminación del barroquismo posdictatorial.

El “relato” de Ciudad de María avanza en dos ejes que recrean en la materia fílmica misma el movimiento espacio-temporal propio de la devoción mariana: por un lado, acompaña a los peregrinos quienes, desde distintos lugares y por distintos móviles, se van acercando paulatinamente al sitio sagrado; por el otro, vuelve a hurgar en la historia del “milagro” (vuelta a contar todos los años, como vemos al acompañar al periodista local en su rutina de entrevistas a testigos y autoridades, trabajo que ha realizado –explica– desde que le tocó “destapar” la aparición de la Virgen a Gladys Motta, vecina de la localidad). Ambas tramas, el viaje en el espacio y el viaje en el tiempo (hacia el “origen” y de ahí nuevamente al presente), finalmente confluyen en el rito extático de la procesión, realizada precisamente en el aniversario de la primera aparición. Ese tramo final, donde el ritmo de la película parece coincidir por entero con el de su objeto, ha sido criticado como una “deposición de armas” por parte del cineasta, en “reconocimiento de que no es posible resistirse a la seducción del espectáculo”[i]. Sin embargo (como termina sugiriendo el mismo crítico), en realidad la secuencia admite también la lectura opuesta ya que, al encontrarse inserta no sólo al final del trayecto ritual sino también de su incorporación como el doble eje de una narración cinematográfica, esta secuencia ya está irremediablemente saturada de historicidad. La multitudinaria expresión de fe, intervenida por el cine, no puede sino volverse expresión histórica. Y la secuencia donde celebra su triunfo el espectáculo del milagro es en realidad el triunfo del trabajo cinematográfico sobre ese mismo espectáculo, al que ha logrado imponer nuevamente su rigor narrativo de fábula contrariada.

Ese triunfo está simultáneamente marcado y renegado por los dos paneos que abren y cierran el filme. En el primero, la cámara abarca, en un largo travelling de izquierda a derecha sobre la ciudad, el río con las instalaciones fabriles y el centro con sus torres de departamentos y oficinas, hasta pararse en la basílica en construcción. En el último, el encuadre se abre desde el templo a una panorámica de la ciudad, inundada por la luz violácea de un atardecer kitsch. Ya no se ven ni el río ni las fábricas. El movimiento narrativo del primer paneo ha sido cancelado por el movimiento radial del acontecimiento milagroso que borra la historicidad de aquél como también la propia. Su triunfo, sin embargo, viene demasiado tarde: ya el filme nos ha mostrado la historia de esa imagen, que no es otra que la del reemplazo paulatino de la imagen inicial. Ciudad de María, en otras palabras, es la historia del traspaso de una visión a otra: y es así como, a su pesar, la imagen radial de la ciudad-santuario es forzada a decir su propia historicidad, a volverse ella misma visión histórica, figura del momento histórico que ha pretendido ofuscar. Su victoria, gracias al trabajo sutil y paciente del cine, se ha vuelto pírrica.

Todo el filme, de hecho, puede leerse como un despliegue de esa gran tensión entre dos imágenes que remiten a dos regímenes de visibilidad distintos. Lucha que queda instalada desde las primeras tomas que siguen a la panorámica del comienzo: una “movilera” de un canal privado de televisión, preparándose a filmar una nota frente a la casa de Gladys Motta, rodeada de una multitud de peregrinos (ella aparece filmada por la cámara de Bellande que –aquí como en otras tomas que muestran el trabajo de producción de la noticia– cancela el efecto de inmediatez televisiva): “Ésta es la casa de Gladys Motta. Según la tradición, la Virgen se le apareció por primera vez el 25 de septiembre de 1983…”[ii] Corte a una cámara móvil que, entre los créditos de producción del filme, se inmersa en la multitud, aprovechando las entrevistas que la movilera saca a varias mujeres (“…nunca se la ve en fechas como ésa…” “¡No sale!” “Si siempre viene a saludar a los peregrinos…” “Sí, la vieron, la vieron…”). Terminan los créditos, y la cámara ha llegado, como si se hubiese escondido entre ellos, al zaguán de la casa, enfocando a un hombre anciano levantando los montículos de cartas que han dejado los peregrinos. El hombre repara en la cámara y se abalanza sobre ella: “Che pelotudo, qué me venís filmando acá…” La cámara retrocede, empiezan a intervenir los peregrinos: “¡Andá!” “Así no se hace…” “Si están las cámaras presente es imposible…” (una mujer de rostro gastado, asumiendo un improvisado papel de portavoz:) “Por una cuestión de privacidad de la señora. Se pide que se respete. Es lo único que se solicita. Que se retiren del sector con las cámaras. Es por el bien de todos.”

Una y otra vez, a lo largo del filme, la cámara pierde la batalla contra los fieles quienes, en una ocasión, hasta llegan a improvisar una manifestación espontánea (“¡Qué se vayan! ¡Qué se vayan!”) a fin de impedir que el equipo de Bellande filmara a la vidente, ahuyentándola de sus miradas. Pero esa hostilidad violenta a que se grabe a Gladys, como si la captura fílmica pudiera interponerse irrevocablemente a su contacto personal, su propia visión de la vidente, contrasta con la proliferación barroca de imágenes generada por el culto: desde las estatuas, medallones y pañuelos de la Virgen de todo tamaño y valor que se comercializan por toda la ciudad (incluyendo a varias actrices que se ganan la vida haciendo de “estatuas vivas”, sacándose fotos con los peregrinos, besando bebés y descapacitados a cambio de contribuciones módicas) a la cobertura periodística y televisiva non-stop de los rituales peregrinos. Entre el secreto y el exhibicionismo, la cámara de Bellande revela un régimen de visibilidad doble que remite a una duplicidad al interior del propio culto mariano, una doble puesta en escena del milagro: por un lado el “santuario”, de dimensiones babélicas, donde se adora a la imagen de la Virgen en rituales múltiples que van del acto de besar su casco de vidrio al suministro de agua bendita; por el otro, la casa barrial de Gladys Motta donde los peregrinos le dejan a la vidente sus pedidos escritos. Pero de esta manera Gladys, esa ama de casa humilde que volvió oportunamente a su encierro doméstico para dejar protagonismo a Dios y a la Virgen, en palabras del Padre Pérez, el cura parroquial transformado en “rector de la Basílica de la Virgen del Rosario”, se convierte como ésta última en mujer hablada por una multitud de locutores, eclesiásticos y televisivos.[iii] Y el filme muestra que recién a partir de esta cobertura mediática de la mediación inicial surge “el milagro” como acontecimiento y como espectáculo, al mismo tiempo que su poder de atraer a los fieles depende crucialmente de esta presencia muda de la vidente original por fuera de la visibilidad ritualística oficial.

En otras palabras, el doble régimen de visibilidad del “milagro” está basado en dos sistemas espacio-temporales: por un lado, la virtualidad “glocalista”[iv] del milagro-espectáculo cuyo acontecer ritual –como en La ciénaga– tiene lugar en y para los medios audiovisuales (y digitales) masivos; por el otro, el contacto personal e íntimo (no importa aquí si real o imaginario), a través de la escritura, con la vidente quien debe permanecer off camera justamente para preservar la posibilidad de un anclaje material, una localidad en tiempo y espacio que el régimen del espectáculo ya sólo conoce como “tradición” o mito fundador. Que la escritura epistolar intervenga justo en este nivel de ritualidad es interesante ya que ella remite a la materialidad y secuencialidad narrativa de una memoria mediada por la historia; un modo de experiencia cuyo ápice la película identifica entre nostálgica e irónicamente con el estado de bienestar nacional-fordista. Es decir, propulsada por la “tradición” milagrosa a hurgar en el archivo, el filme de Bellande se encuentra con su propia tradición, la tradición del cine como operador del sueño de la modernidad. Marcado en la película por los números que indican el comienzo de la cinta fílmica, Bellande inserta en su relato un clip publicitario de la empresa metalúrgica Somisa que presenta una imagen de contenido y textura radicalmente distinta de las anteriores (filmadas en vídeo digital): una suerte de edad de oro del estado nacional de bienestar – un amanecer en el río; obreros en la fábrica, con música de orquesta de fondo y un eslógan que resume: “Todo es acero.” Pero antes de proseguir a mostrar los múltiples beneficios del progreso industrial en una ciudad “identificada con la empresa,” “preparándose para el mañana” en pos de “alcanzar un mejor nivel de vida,” de manera que, de hecho, “acero es vida” (un bebé recién nacido; corte a un close-up de la cara feliz de su madre joven), Bellande interrumpe la continuidad del clip insertando una imagen del centro urbano actual. Atrás, una voz de noticiero hace memoria: “La centenaria San Nicolás de los Arroyos era una ciudad rebosante de industrias y trabajo, con gentes de mucha fe religiosa…”

Contra ese relato consolador de una fe de acero que pudo superar hasta la desaparición del mismo, intervención divina por mediante, Bellande edita una secuencia fragmentada de noticieros que cuentan la historia de despidos, luchas y derrotas que causó el cierre de Somisa en 1991. Repasando esas instantáneas del pasado reciente, el filme encuentra el momento exacto en que el reclamo sindical y la lucha política por las fuentes del trabajo se transformaron en petición religiosa; momento en que se pasa del desafío a la desesperación. Es entonces cuando, entre los obreros despedidos manifestándose ante las puertas de la empresa, empiezan a aparecer pancartas con la figura de la Virgen (Un obrero: “!Tengo cinco hijos y me quedo sin trabajo en San Nicolás! ¡Tengo cinco hijos!” Levantando una imagen de la Virgen: “!Yo soy católico igual que vos! ¡Dios te salve María, llena eres de gracia! ¡Vamos!” Empiezan a rezar; voz de movilero: “Los obreros enarbolan imágenes de la Virgen del Rosario, recientemente entronizada en San Nicolás a partir de las visiones que tuvo una habitante de la población…” Corte sobre la calle del Santuario actual, un vendedor ambulante ofreciendo alfajores con el rostro de la Virgen: “Dos pesos los alfajores…”). O sea, recién a partir de la derrota de 1991 empieza a convertirse en acontecimiento público y colectivo la aparición, en 1983, de la Virgen a Gladys Motta, hecho que, al parecer, hasta ahí sólo era promovido por un pequeño y oscuro grupo de personajes cuyos vínculos con la dictadura militar la película deja sin explorar (así, “el psiquiatra” a quien el Padre Pérez encomienda el estudio clínico de Gladys Motta, afirma que “yo creí desde el primer momento en que ésto era realidad por lo que ya nos había sucedido…”). Pero lejos de constituir una falla, esta falta de énfasis en el vínculo entre iglesia y genocidio, a fin de poder mantener la actitud documental de muda y aparentemente ingenua observación, es tal vez lo que le permite al filme revelarnos algo más importante aún, a saber, que recién los noventa eran el momento en que la temporalidad barroca de la posdictadura pudo encontrar su realización plena.

Pues es ésta, a mi entender, la proposición que construye el filme al proceder hacia el final (“la procesión”) en un montaje paralelo entre la reconstrucción histórica y el viaje espacial de los peregrinos que vienen acercándose al sitio sagrado. Este último también tiene como hilo conductor a una serie de noticieros, esta vez del canal católico Telefé, cubriendo el viaje del ciclista ciego Cristian Reboa (viajando en una bicicleta tandem compartida con su primo vidente) de Buenos Aires a San Nicolás, a entregar a la Virgen los pedidos de niños hospitalizados en la Casa Cuna. Utilizando todo un arsenal de técnicas afectivas, desde la música sentimental de fondo a los repetidos close-ups en cámara lenta de los niños que Cristian había visitado en la nota inicial, la serie exhorta al público a la identificación emotiva, apoyándose también en los dotes actorales nada despreciables de su personaje central: “Hasta San Nicolás no paramos… y pedimos a todo el pueblo argentino que recen con nosotros … y bueno: ¡síganme juntos, por Telefé!” “Lo estoy haciendo por ustedes y no se olviden de rezar por mí. ¡Chau!” El mensaje es reforzado por “Milva”, la rubia presentadora en el estudio (“¡Y claro que la Virgen lo va a escuchar! La Virgen lo está esperando a Cristian. ¿Y saben por qué lo está esperando? Porque va por los débiles, por los chicos… va por la vida, y con eso alcanza.”), por los movileros cubriendo la nota y por la sucesión de subtítulos que ofrecen aún más variaciones sobre el mantra central: “Con los ojos del corazón. El no vidente Cristian Reboa partió a San Nicolás”; “Cristian por los chicos. Acompañamos su viaje a San Nicolás”; “Cruzada por los chicos. La emoción de Cristian Reboa”; etc. Sobreabundancia de imágenes y sonidos, de frases dichas y escritas repitiendo una y otra vez lo mismo, y a cuyo centro el “no-vidente” proporciona una suerte de objeto ideal para que puedan converger sobre él todas las miradas, la serie es también una suerte de espejismo, de versión negativa, de la visita una y otra vez frustrada de la cámara de Bellande a la casa de la vidente elusiva. Frente a la invisibilidad y el misterio de ésta, el bombardeo de imágenes, evidentes hasta la vaciedad.

Como puro espectáculo, el peregrinaje del ciego no puede sino culminar en la basílica del Padre Pérez y no ante la casa de Gladys. La secuencia es una suerte de crescendo extático donde la exaltación mística del flagelante se combina con el exhibicionismo feroz del reality show: un movilero trajeado y con micrófono lo recibe al ciclista exhausto y acechado por una multitud frenética (subtítulo: “Cristián por los chicos. Emotiva llegada a San Nicolás”), oficiando de mediador entre éste, los presentadores en el estudio y nosotros los espectadores. “¡Llegaste, Cristian, llegaste! ¡Mirá quien está por acá! ¡Está papá Mario, mamá Rosa¡” Se abrazan llorando, la voz del presentador desde el estudio comentando: “Es la mamá de Cristian, precisamente. La mamá también es no-vidente, el papá también.” Interviene Milva, la presentadora: “Y ella es Mirta, la esposa de Cristian, quien lo acompaña en cada uno de sus emprendimientos por la vida, por los chicos, por Telefé.” Jorge, el otro presentador en el estudio: “Es un reencuentro más que emotivo. Con el papá, la mamá, la esposa…” Vuelve a intervenir el movilero, alcanzándole el micrófono a Cristian: “¡Emocionante recibimiento! Cristian, te están escuchando Jorge y Milva desde el estudio.” Cristián, el auricular contra la oreja junto al rosario, con voz moribunda: “Hola… no puedo escuchar, no puedo escuchar…” Enseguida aparece el Padre Pérez, ensotanado, besando y abrazando a Cristian (el movilero acerca su micrófono para que escuchemos la conversación); empiezan a entrar en el templo mientras el movilero lo entrevista al ciego: “Es un momento feliz pero no puedo más, me duele mucho la pierna, se me tiró la gente encima, Jorge…” Llora, rengeando; vuelve el movilero: “Estamos entrando al santuario, Jorge, le cuesta mucho entrar, hay mucho dolor en la pierna.” Así, entre llantos, gritos y aplausos de la multitud, llegan al casco vidriado de la Virgen (“fuerza, Cristian… ¡la última fuerza!”), el movilero comentándole a Cristian y a nosotros cuantos pasos faltan, ayudado por el Padre Pérez, hasta que el ciego toca y besa el vidrio y todos se ponen a rezar; Cristian interrumpiéndose cada tanto y amenazando con desmayarse: “No doy más… no doy más, loco … Santa María madre de Jesús…”

Ante la imposibilidad de filmar a Gladys Motta, la mujer que vió a la Virgen, la televisión toma el camino inverso del cine: construye su propio milagro, modelado lejanamente sobre la pasión de Cristo, para generar así un espacio-tiempo de pura autorreferencialidad, un efecto de inmediatez que no conoce fuera-de-campo. El rosario que coincide con el auricular en la mano del ciego, facilitando la unión mística con María y con Milva y Jorge al mismo tiempo, es la figura a la vez alegórica y literal de esa fe en el espectáculo. En su barroquismo apresurado, el lenguaje espectacular debe sobrecargar a cada instante hasta el desborde, en un exceso estimulativo que no puede dar cuartel para que no afloje el estado de excitación antes del próximo corte publicitario. Consecuentemente, en su traspaso a la pantalla grande del cine, ese lenguaje es expuesto en su carácter intrínsicamente grotesco y la imitación que hace Cristian de los suplicios de Cristo aparece apenas como una torpe y falsa sobreactuación: la farsa radical del retorno inauténtico del teatro en el cine a través de la televisión. Porque la intervención del cine de Bellande es precisamente esa: interponerse, como el lenguaje discontínuo de la modernidad audiovisual, entre el arcaísmo de la videncia y el futurismo de la fe en el espectáculo, entre la casa de Gladys Motta y el templo con sus ramificaciones infinitas por TV e internet, entre el teatro y la televisión (para citar la fórmula de Rancière). El cine interviene entre ambos precisamente al cancelar el efecto de simultaneidad, de revocación del devenir temporal, generado por la unión entre milagro y espectáculo. Pero esa victoria del cine no deja de ser un triunfo amargo. Al final de Ciudad de María, el milagro ya es historia; pero en cambio es la historia la que, restituida a través del montaje cinematográfico, nos afronta como eso que sobrevino desde la exterioridad del milagro y del accidente, y que no cesa en su implacable acontecer.


[i] Aguilar, Otros mundos: 159.

[ii] Desde luego, el uso de la voz “tradición” es otro ejemplo cabal de esa implosión de historicidad en manos del aparato massmediático, no sólo por el extraordinario achicamiento de la memoria que manifiesta al remitir al orden de la leyenda y la tradición oral un “hecho” acontecido a menos de dos décadas de distancia, sino también, y sobre todo, porque es en realidad completamente autorreferencial: la “tradición” es de tan poca duración porque es la tradición de la televisión; una tradición producida en y por los medios masivos posdictatoriales (o sea, privados) para quienes, de hecho, un lapso de quince años equivale a un salto a la lejana prehistoria, a los tiempos míticos de fundación.

[iii] Para más imágenes y datos sobre la extensa obra del Padre Pérez, verdadero autor del milagro de San Nicolás y de un libro titulado, inverosimil pero previsiblemente, Soy tu madre, consúltese el website oficial del santuario de San Nicolás, que incluye oportunidades para realizar un peregrinaje virtual a través del enviado de peticiones por email o del firmado de un pedido electrónico de canonización del milagro santafesino: http://www.virgen-de-san-nicolas.org/default.asp

[iv] La noción de glocalization surgió en el ámbito empresarial, en referencia al modelo de producción introducido originalmente por empresas manufacturadoras japonesas en los años ochenta (el dochukuka). Combina el micromarketing dirigido a multiples públicos locales con un alto grado de flexibilización y descentralización en la producción y distribución, de modo que permite una respuesta rápida a fluctuaciones en la demanda local. Al mismo tiempo que refuerza los efectos de localización a través del monitoreo y la estimulación de prácticas de consumo, contribuye de hecho a la centralización de ganancias y poder en la red de “ciudades globales” de un emergente híperespacio financiero que se ubica por encima de las localidades que distribuye. Ver David Harvey, The Condition of Postmodernity: an Enquiry into the Origins of Cultural Change (Oxford: Blackwell, 1989); Saskia Sassen, The Global City: New York, London, Tokyo (Cambridge: Cambridge University Press, 1988).


[i] David Oubiña, Estudio crítico sobre La ciénaga(Buenos Aires: Picnic, 2007), 27.

[ii] Sobre la economía afectiva de la sutura en el cine clásico, la referencia obligatoria es el famoso artículo de Laura Mulvey, “Visual Pleasure and Narrative Cinema,” in Screen 16, 3 (1975): 6-18.

[iii] Oubiña, Estudio crítico: 16.

[iv] Oubiña, Estudio crítico: 44. Ver también Ana Amado, “Velocidades, generaciones y utopías: a propósito de La ciénaga, de Lucrecia Martel,” ALCEU 6, 12 (2006): 48-56 (esp. p. 52).

[v] Gonzalo Aguilar ha resaltado la importancia del accidente en la organización narrativa de muchos filmes argentinos recientes donde, afirma, “el accidente pone en movimiento a la historia” y donde los cuerpos aparecen abrumados por “un exceso de lo real aleatorio”. Ver Aguilar, Otros mundos. Un ensayo sobre el nuevo cine argentino (Buenos Aires: Santiago Arcos, 2006): 47.

[vi] Gilles Deleuze, Cinema 2: The Time-Image (London: Athlone, 1989), 3; Jacques Rancière, La fable cinématographique (Paris: Seuil, 2001), 95, 99. La película de Albertina Carri, Los rubios, sería otro ejemplo en el cine argentino más reciente, de ese uso crítico de la “puesta en escena infantil”, como posición estratégica desde donde exponer prácticas nemónicas que ya se han vuelto convencionales en la Argentina posdictatorial, y que aquí, en cambio, vuelven a ser entrevistas como si fuera “por primera vez”.

[vii] Idelber Avelar, Alegorías de la derrota. La ficción posdictatorial y el trabajo del duelo (Santiago de Chile: Cuarto Propio, 2000), 29.


[i] Georg Simmel, The Philosophy of Money [1907] (London: Routledge, 1978), 125.

[ii] Ver Jaroslav J. Pelikan, Mary Through the Centuries. Her Place in the History of Culture (New Haven, CT: Yale University Press, 1996).

[iii] Ver Thomas A. Kselman, Miracles and Prophesies. Popular Religion and the Church in Nineteenth-Century France (New Brunswick, NJ: Rutgers University Press, 1983); también Peter Beyer, Religion and Globalization (London: Sage, 1994).

[iv] Walter Benjamin, “Kapitalismus als Religion,” Gesammelte Schriften, Band VI. Fragmente, Autobiographische Schriften (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 1991), 101.

[v] Los ejemplos más notorios en la Argentina son los cantantes de cumbia Gilda y Rodrigo Bueno, ambos fallecidos en accidentes de tránsito en 1996 y 2003, respectivamente. Otro tipo de devoción es la profesada a víctimas de crímenes ampliamente difundidos en los medios, como en el caso de María Soledad en Catamarca. Mientras tanto, en Colombia y en el norte mexicano se registra el fenómeno de los narcosantos como Jesús Malverde, reinterpretando la clásica figura del bandido social. Cristian Alarcón ha estudiado fenómenos parecidos en las villas miseria del conurbano bonaerense. Ver su Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Buenos Aires: Norma, 2003); también Frank Graziano, Cultures of Devotion. Folk Saints of Spanish America (Oxford: Oxford University Press, 2007).

[vi] Manuel A. Vásquez & Marie F. Marquardt, “Globalizing the Rainbow Madonna: Old Time Religion in the Present Age,” Theory, Culture and Society 17, 4 (2000): 119-43.

[vii] Por lo tanto, sugiere Shawn Wilbur, “las raíces más profundas de la virtualidad parecen remontarse a una Weltanschauung religiosa donde poder y bondad moral se unen en la virtud. La característica de lo virtual es su capacidad por producir efectos, o de producirse a si mismo como efecto aún en la ausencia de un ‘efecto real’. El aire de lo milagroso que rodea a la virtud ayuda a ofuscar la distinción entre los efectos reales de poder y/o bondad y los efectos que valen como reales.” (Shawn Wilbur, “An Archaeology of Cyberspaces: Virtuality, Community, Identity,¨ en Internet Culture, ed. David Porter, London, Routledge, 1997: 9-10).

El cine de la sobrevida

Cada semana, acá voy a postear un fragmento de algún texto reciente (y a veces no tanto) con el enlace a la versión completa. Hoy seguiremos con mi reseña de Nuestra tierra, la última película de Lucrecia Martel, que acaba de salir en el portal de la revista Kilómetro 111 (versión completa acá).

La cámara que sube por los aires, a vuelo de pájaro o incluso a bordo de un satélite orbitando la Tierra señala, en Eureka (2023) de Lisando Alonso y en Nuestra tierra (2025) de Lucrecia Martel, un giro hacia lo planetario, hacia las formas de destrucción y sojuzgamiento a las que, en un hemisferio como en el otro, han sido sometidos el monte, la selva y las praderas poniendo en peligro la continuidad misma de lo viviente. Pero en ambos films, lo que importa de verdad es hallar ahí abajo, en las pocas zonas en donde el verde no ha retrocedido aún ante las geometrías rígidas de agroindustria, minería y urbanización, los lugares de una sobrevida que tiene la forma de un constante redevenir-Indígena, en la expresión de Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro. Casi veinticinco años después de La libertad y La ciénaga, ambas estrenadas en 2001, donde forjaban desde geografías y poéticas fílmicas prácticamente opuestas una mirada sobre los márgenes de exclusión del ciclo neoliberal anterior en Argentina, en sus películas más recientes los dos directores más singulares de lo que fuera consagrado entonces como el “Nuevo Cine Argentino” se han volcado, de manera mucho más abiertamente política, a las luchas contra el etnocidio y el destierro que atraviesan de punta a punta a Abya Yala y a Turtle Island. Vuelo y aterrizaje: en los films más recientes esa dinámica entre espacio y lugar, si bien se plasma nuevamente en formas narrativas e incluso genéricas que no podrían ser más diferentes, inscribe esa tensión entre lo cada vez local y singular de las luchas por la tierra y la dimensión planetaria que, no obstante, hilvana todas esas singularidades (literalmente, en el caso de Eureka donde el vuelo de la cigüeña jabirú anuda los episodios separados en tiempo y espacio) como la cuestión candente de nuestra época.

Los dos films, asimismo, se construyen a partir y en contra de imágenes que ubican a lo Indígena como otredad arcaica y malvada, como obstáculo a ser removido, por la fuerza si es necesario, para que siga su curso el avance providencial de la Historia. Pero si Eureka comienza con un pastiche de la épica violenta del western clásico, solo para desmentir y denunciarlo enseguida como chatarra televisiva y cortar de la mitología en blanco y negro de los vencedores al color y al suplicio de los sobrevivientes en la intemperie de la reserva, Nuestra tierra parte de otro tipo de filmación, en tiempo real, para extenderse de ahí a temporalidades históricas y biográficas más largas, atravesando generaciones e incluso siglos. Se trata, nada menos, de las imágenes grabadas por uno de los perpetradores –Sergio Amín, “el Turco”, latifundista y minero tucumano– del asesinato de Javier Chocobar, cacique de la comunidad diaguita de Chuschagasta, ocurrido el 12 de octubre de 2009 en la localidad de El Chorro, a medio camino entre la capital provincial y el límite con Salta. Es hacia ahí que se dirigía, aquel día fatídico, el terrateniente (que también cobraba un sueldo como asesor de la división provincial de patrimonio histórico), acompañado por Luis Humberto “El Niño” Gómez y Eduardo Valdivieso, dos ex policías e integrantes de fuerzas paramilitares, al encuentro del grupo de comuneros que solían vigilar y registrar fotográficamente las incursiones a las tierras sobre las que habían presentado ya cantidad de recursos y amparos legales. Fuertemente armados, Amín y sus guardaespaldas también habían traído al encuentro una cámara de video para registrar las “provocaciones” de los comuneros, y el encuentro de ambos bandos, aún antes de las palabras que luego derivan a los empujones y finalmente los tiros que dejan muerto al cacique y con heridas graves a otros tres campesinos chuschas, comienza como una querella de imágenes, con la cámara de Amín enfocando al comunero Delfín Cata que lo registra con su pequeña cámara análoga de fotos. La secuencia, pues, tiene características fílmicas: un plano, un contraplano – solo que, en el video, este último solo figura como ausencia marcada, con la cámara plantada firmemente atrás de Valdivieso, el ex agente, quien va al frente con actitud amenazadora exigiendo explicaciones y, acto seguido, saca su pistola y empieza a disparar, primero al aire y luego a matar. Es ahí que, cuando Amín se larga a correr y la cámara, colgada de su cuello, sigue grabando, el encuadre pierde foco y nitidez mientras la “acción”, fuera de cuadro, continua en la pista sonora (con una voz preguntando, como si se hiciera eco de la nuestra, “¿qué pasa? ¿qué pasa?”).

El caso Chocobar, como llegó a conocerse en los medios, tenía, pues, forma cinematográfica mucho antes de que Lucrecia Martel se interesara por él: estaba, de algún modo, hecho para las cámaras aun antes de que, deliberadamente o no, las cosas (y la cámara) se les “fueron de las manos” a Amín y sus secuaces. Es más, tenía, de algún modo, la forma cinematográfica de una película de Lucrecia Martel donde, como el tiro en el monte en La ciénaga que puede o no haber dado en el blanco, los momentos claves suelen ocurrir fuera de pantalla o al menos de la zona de nitidez que enfoca la cámara, para ser registrados de modo ominoso, incierto, por la banda sonora. De ahí que, para quienes seguíamos los films de la cineasta salteña, no se trataba tanto de volver a atar los cabos que ese desencuentro entre imagen y sonido a menudo dejaba sueltos que de aprender a convivir con una multitud de momentos y devenires paralelos que, en vez de refluir todos hacia una sola corriente principal, más bien formaban ahí motivos o constelaciones a manera de una partitura orquestal o del tejido de una manta en el telar. Así también en Nuestra tierra, aunque aquí ese juego formal de tiempos múltiples adquiere asimismo una dimensión inmediata y profundamente política: de un lado, está el tiempo teleológico del proceso judicial, al que la cámara y el micrófono de Martel asisten en clave rigurosa de un documental de observación – o más bien, los dos tiempos que activa el tribunal que recién se inicia a nueve años de la muerte del cacique, pues en su secuencia de audiencias, testimonios y “reconstrucciones” in situ, el juicio también vuelve una y otra vez, insistentemente, al tiempo y lugar del crimen que las cámaras habían fallado en captar en su momento de ocurrencia. Del otro, está la película de Martel donde, por el contrario, la falla, el desvío, se constituyen en un principio poético, en el sentido de dejarse llevar por los guiños y sobreentendidos que atraviesan el juicio y de seguirles la pista que lleva invariablemente hacia fuera de la sala de tribunal y al encuentro de otros relatos y temporalidades, ancladas en fotos de familia, ensayos musicales y en los tiempos de siembra y cosecha que marca el calendario de las fiestas religiosas. Es decir, hacia los tiempos de la tierra y del destierro, de exilios y regresos y de memorias que se hilvanan hasta formar un orden, una constelación: un lento redevenir-Indígena que acontece en conjunto y a raíz de la lucha por la tierra, en un solapamiento de tiempos que es distinto al que despliega el relato judicial y hacia el que va abriéndose Nuestra tierra.

[Seguir leyendo en Kilómetro 111]

Trance-culturación

Escrituras etnográficas y estéticas de sobrevida


Cada semana, acá voy a postear un fragmento de algún texto reciente o no tanto con el enlace a la versión completa. Hoy empezaremos con un ensayo que acaba de salir en el bello libro editado por Rafael Arce y Julieta Yelín, Literatura y posthumanismos, que pueden bajar haciendo clic acá.


“Trance / Baño de piedras / Comida de perro / Epidemias / El antiguo testamento / Tobossi / El árbol sagrado / Lengua secreta / Oro viejo / Tabúes…”,[1] da comienzo el escritor, periodista y etnógrafo judío-alemán Hubert Fichte a una extensa sección en verso, escrita a modo de conjuro en la mitad de Explosion, su “novela de etnología” –así el subtítulo– que iba a convertirse en el punto alto de su monumental e inacabada Geschichte der Empfindlichkeit (Historia de la sensibilidad), un proyecto de 24 volúmenes. En la novela de más de 800 páginas que Fichte terminó mientras agonizaba en un hospital, tras una fracasada operación de emergencia, cuenta sus largos años deambulando por Brasil en busca de los saberes sagrados de las religiones espiritistas afrodescendientes y amazónicas, a la vez que recorría el underground gay de Rio, Bahia y Manaus durante la fase más brutal de la dictadura militar. El citado pasaje de Explosion, que se ajusta al incesante staccato de una escritura en presente, a primera vista parece llevar al lenguaje la propia experiencia de éxtasis que persigue la novela. Sin embargo, como sucede con frecuencia a lo largo del texto, el acceso directo a la presencia epifánica es negado, o más bien aplazado, ya que pronto se revela que el pasaje que estamos leyendo no es sino el compendio de otro texto, un estudio sobre el templo vudú Casa das Minas, en São Luiz do Maranhão, que el narrador de Fichte encontró en una librería de usados en Copacabana. Aun así, vale la pena preguntarnos si la invocación poética que hace Fichte del trance, pese a sus mediaciones, no está todavía cautiva de la presencia extrema a la que está llamando. Y esto, en consecuencia, ¿no podría ser así porque que el trance, de hecho, es en sí mismo un modo de escritura mental y porque cada reiteración es fundamentalmente una invocación de cuantas la han precedido, al igual que de los múltiples autores, no siempre humanos, que esa “intertextualidad” pone en juego? ¿No es también el trance, entonces, un modo peculiar de “estética medioambiental” que se abre a la presencia de una trama de agenciamientos de humanos, animales y plantas, de ancestros y seres de la tierra y del cielo, de historias vividas y por venir? “Con tohé no alucinas, distinto es”, dice Ruth Cárdenas, la esposa del brujo Don Javier de César Calvo, otro escritor etnólogo, en Iquitos: “Con tohé ves todo natural, bien real, igualito, solamente que es otra clase…”[2]

Aunque no está en el texto, el trance como umbral hacia otro modo de ver el mundo (una Weltanschauung) atraviesa la novela de Fichte y también la de Calvo, como veremos. Esto es lo que provee a estas “novelas de etnología” de su ausencia estructurante, de su “significado trascendental”, para decirlo con un concepto clave de Jacques Derrida en su clásica crítica de Claude Lévi-Strauss.[3] El trance, en efecto, es la différance de un tipo de escritura que sugiero llamar “trance-culturación narrativa”, en un no tan involuntario juego de palabras con la influyente noción de Ángel Rama que se ha convertido en un pilar de los estudios literarios y culturales latinoamericanos. Como recientemente nos recuerda Héctor Hoyos, “transculturación narrativa” es en sí mismo un concepto que Rama trasladó al campo de la literatura a partir de la antropología materialista de Fernando Ortiz.[4] Es, por lo tanto, un concepto notablemente perfomativo pues lleva a la práctica (analítico-textual) aquello que al mismo tiempo atribuye a sus referencias literarias: concretamente, un tipo de escritura que, en la clásica síntesis de Rama, logra “reintegrarse” a la “comunidad lingüística propia” –léase: el medio rural, campesino o indígena al que “retorna”– solo para poner en funcionamiento su “sistema lingüístico”. Bajo esta formulación, el escritor “no procura imitar desde fuera un habla regional sino elaborarla desde dentro con finalidades literarias”.  Al transculturador, concluye Rama, le importa “trabajar las posibilidades que le abre su propio comportamiento lingüístico para construir a partir de él una lengua literaria, específica de la creación artística”.[5] Con respecto a la transculturación narrativa, la “trance-culturación” sería, por tanto, algo así como el retorno de lo reprimido, vale decir, de la “etnología”, que desembarca con presencia propia en la “lengua literaria” y en el aparato conceptual construido a partir de ella. La trance-culturación sucede cuando alguien (o algo) da rienda suelta al exceso material que la “lengua literaria” de la transculturación debe contener y controlar para satisfacer las “finalidades literarias”, siguiendo en cambio un tipo muy diferente de “finalidades” que involucran a los existentes humanos y no-humanos, materiales e inmateriales, cuyas exigencias sobre el texto desafían –y a menudo superan– las del género literario, del estilo, del ritmo.

En este capítulo voy a indagar las posibilidades de los conceptos de trance y trance-culturación, como herramientas para una crítica que apuesta a los pactos imaginativos con lo más que humano, abriendo camino hacia la configuración de nuevos mundos en común. Para desentrañar estos potenciales, sin embargo, quizás tengamos que abandonar la idea misma de “medioambiente”, ya que –como explica el pajé y activista Yanomami Davi Kopenawa– “lo que los blancos llaman así [medioambiente] es lo que queda de la tierra y la floresta heridas por sus máquinas. Es lo que queda de lo que destruyeron hasta ahora. No me gusta esa palabra medio. La tierra no debe ser recortada por la mitad”.[6] Quiero sugerir que el trance como ruptura de los límites del cuerpo y de la especie, y de ahí como una reconstelación de alianzas entre existentes en un devenir torrencial, es también una forma de cerrar la herida de la violencia extractiva que, como una grieta, ha sido abierta sobre “la floresta y la tierra”, volviendo a sumergir lo humano no en “medioambientes”, sino en una extensa matriz de individuaciones, siempre al borde de precipitarse hacia la otredad con que se alía. Lo que me interesa, al menos como propósito de este ensayo, no es sin embargo la dimensión sensorial o psicodélica del trance sino más bien su “asombrosamente rico contenido teórico”, siguiendo a Mircea Eliade en su clásica etnografía del shamanismo siberiano y ártico:[7] la excepcional operación conceptual que el trance realiza en tanto análisis (no-occidental) de la in-mundizaciónque subyace a los momentos de crisis individuales y colectivas. Gilles Deleuze, en su clásica discusión del cine de Glauber Rocha, veía en el trance “una transición, un pasaje, o un devenir” que suspende la continuidad diegética con el fin de “producir enunciados colectivos capables de elevar la miseria e una extraña positividad: la invención de un pueblo”[8] – un pueblo, deberíamos agregar, que la producción estética latinoamericana de los siglos veinte y veintiuno nos incita a imaginar no sólo como comunidad humano, sino como un tipo de communitas transespecie sublevada frente al pacto “inmunitario” del capitalismo extractivo.[9] Aquí, en cambio, propongo enfocarme en un campo diferente (si bien relacionado) de diálogos entre la etnología especulativa y el shamanismo visionario, en busca de describir el trance como un incesante productor de alianzas frente a la catástrofe de la in-mundización. Por brevedad, me limitaré al medio de la escritura, lo cual a primera vista parecería extraño, una vez que la danza, el sonido y el performance se acercan mucho más a las formas rituales del trance. Retomaré, primero, la noción de “trance-culturación” formulada en los párrafos anteriores, para luego subir la apuesta al proponer la idea del trance como forma de escritura ella misma –una écriture que atraviesa los límites de las especies y los existentes, y por tanto también un lugar de debate y (potencialmente) de conocimiento en materia de sobrevida. [Para seguir leyendo, bajar libro acá]


[1] Fichte, Explosion, 436. Salvo indicación contraria, las traducciones al castellano son mías.

[2] Calvo, La tres mitades, 54.

[3] Derrida, “La structure…”: 411.

[4] Hoyos, Things With a History, 9.

[5] Rama, “Los procesos de transculturación”, 238.

[6] Kopenawa y Albert, A queda do céu, 484.

[7] Eliade, Shamanism, 14.

[8] Deleuze, The Time-Image, 222.

[9] Andermann, Tierras en trance, 21-22.

Luis Fernando Benedit: Invisible Labyrinths

Talk at the Institute for Studies on Latin American Art (ISLAA), January 18, 2025

Can we take Benedit seriously? Or is his work more of a joke, a one-liner that has gone stale? Or, conversely, is there more to the lightness and humor than meets the eye? In 1968, just months before Tucumán Arde –a milestone of Latin American political art– and practically simultaneous with the first showings of Hélio Oiticica’s parangolés in Brazil, Benedit’s Microzoo show at Galería Rubbers, Buenos Aires, featured a series of pieces that adopted, as did Oiticica’s, the form of the habitat-labyrinth at the same time as it reflected on the interface between communicational stimuli and patterns of behavior. But rather than, as in Tucumán Arde, tackling these issues by attempting to short-circuit neocolonial-capitalist ideology using the disruptive strategies of avant-garde art or, as in Oiticica’s post-concretist work, wager on the sensorial immersion of the spectators-participants, with the artwork as a kind of catalyst triggering individual and collective ways of being-otherwise, Benedit’s work, at least at first glance, appeared to take us away from what Roberto Jacoby describes as the galloping race, in less than half a decade, from the formal concerns of minimalist abstraction to the outright juxtaposition of art and politics in Latin America. Microzoo, instead, contained artificial habitats for living organisms including a plexi glass anthill and other receptacles for lizards, fish and turtles, as well as small nurseries for plants in different states of germination. The provision of light and food imposed on these certain types of behavior in conditions of an artificial environment, the learning of which visitors could observe as it occurred. In Benedit’s own words:

My animal and plant habitats are biological sculptures. There is a definite relationship between the forms and their inhabitants (mice, ants, fish). They reflect both the forms I wish to create and the needs of the plants or animals for which they are intended, and thus each work can be seen on several levels. […] I think of them as ecological objects where the balance of interacting elements is created artificially. Ecology as a field of concern is important to me as an artist, as indeed it must be to anyone who has thought about it. What I am trying to do is to focus on it and draw attention to it. (Benedit 1976: 20)

Luis F. Benedit, Habitat for water turtles (1968). Courtesy ISLAA archive.
Now, this supposedly didactic nature of the habitats and labyrinths raises several questions. Who exactly is the one “learning” from the device? Is it us spectators or rather the non-human beings who adapt their lives to the conditions of the artifice? In other words, if there is something we can learn from other existents’ learning, is this lesson really about the natural order or not rather about its accomodation to artificial conditions? But also, how is this behavioral modification different from our own aesthetic response to the artwork, if plants and animals effectively forge from their encounter with the “ecological sculpture” new ways of being in the world? Are they the real connoisseurs?

Effectively, then, we might think of the successive phases in Benedict's work as early forerunners of bioart and ecoart, and thus as “political” in their own, anachronistic fashion. In 1971, returning to Italy where he had previously completed a degree in landscape architecture, Benedit exhibited Biotrón at the Venice Biennale, created together with the biologist José Nuñez and which, after the exhibition was over, was reinstalled at the Faculty of Exact Sciences of Buenos Aires University. It consisted of a transparent plexi and aluminum frame containing at one end a transparent honeycomb with four thousand live bees for which, inside the receptacle, an “artificial meadow” with electronic flowers secreting a sugary nectar, provided nutrition. At the opposite end was an exit tube to the Biennal’s gardens, allowing the bees to choose between foraging for food outside or staying inside feeding on its artificially generated equivalent.

Installation of Biotrón at the Venice Biennial, 1971. Courtesy of ISLAA archive.

The following year, on occasion of his solo show at MoMA, Benedit premiered Fitotrón, a device where, through the manipulation of the variables of light, humidity and temperature, one could observe the plants’ reactions in their adaptation – or not – to these environmental changes, a proposal the work shared with Laberinto vegetal, from the following year, a black plexi box with germinating seeds at one end and a forty-watt lamp at the other. In their growth towards that light source, triggered by phototropic attraction, the plants had to navigate an itinerary that branched into two alternative paths (right/left), leading them either to death or survival.

Luis F. Benedit, Laberinto vegetal (Plant Labyrinth, 1972). Cover page of Projects and Labyrinths, Whitechapel Art Gallery, London, 1975.

The disconcerting, even revulsive effect these works provoke had to do, it seems to me, not just with having living beings in museums and galleries (instead of their usual places of residence in the human environment such as laboratories, gardens or zoos). Rather, it stems from the provocative confusion between artistic and scientific modes of encompassing and containing those lives. The opposition that gives this work its constitutive tension is not, or not only, that of nature and artifice; rather, it is the distinction between different forms of artifice and their respective effects of nature. Biotrón is perhaps where this difference between regimes of artificiality is most clearly marked: the point here is not there, as art historian Carlos Espartaco (1978: 13) claims, about “making [the bees] fluctuate between a natural environment (gardens) and an artificial one (the biotron)” because a garden is of course no less an artificial medium than an electronic meadow, only it belongs to a different regime of administration of the living. Rather than a contrast between nature and artifice, the Biotrón stages a reflection on the senses of the natural that a certain artificial order entails. Between the artificial landscape of the garden and the electronic meadow, we move from a relationship mediated by representation as imitation to one of substitution of certain relations and functions, that is, to what Tom Mitchell calls “the age of biocybernetic reproduction” (Mitchell 2003: 483-84).

Luis F. Benedit, Proyecto Pirincho I (1977). Pencil and watercolor. Courtesy of ISLAA.

In his later work, Benedit would highlight this archaeological dimension of investigating the modern regimes of nature. After Laberinto vegetal, he effectively stopped working with living organisms to dedicate himself instead to their analytical “despiece” or “dismantling”: thus, in a series of drawings of Argentine birds, the pencil and watercolor technique of nineteenth-century naturalism is juxtaposed with the technical drawing, which “reconstructs” the flying organism through complex robotic mechanics. There is also a return to the objectual dimension as in Furnarius Rufus from 1976 –a wooden frame with an ovenbird’s nest containing an embalmed bird– and on to the collection or the museum as in Campo (1978), a kind of “Exposición Rural” or agriculture show documenting the human-animal assemblage of production mediated by biotechnology. In paintings, photographs, glass and wood containers and objects modeled in resin, this museum of Pampean biopolitics subjected to a similar kind of analytical “despiece” as the bird-robots an entire regime of human-animal life, broken down into individual elements such as a set of boleadoras, batons, stirrups, bridle and muzzle, castrating scissors and the photo of a dead pedigree bull next to the artificial insemination pills in which its frozen semen remains preserved.  In the following decade, Benedit would go even further back in his archaeological approach, turning to the pictorial production of the Pampa landscape and 'recreating' works by nineteenth-century artist León Pallière such as Un nido en la pampa, Indios del Gran Chaco and El payador (1984-85), among others. Rather than an expression of rural nostalgia, this return to “picturesque” landscape dismantles and reassembles it as one more technology for the administration of the living, an analytical “dismantling” to which Benedit subsequently also submits the Patagonian expedition of Fitz Roy and Darwin (1831-36) in his multi-installation and artist’s book From the Voyage of the Beagle (1987).

Luis F. Benedit, Tijera de castrar (Castrating scissors, 1978). Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires.

Following the path opened by Benedit, today’s bio and ecoartists are also frequently a kind of archaeologists of the scientific forms of capturing and transforming life. By introducing an aesthetic kind of self-reflexivity into the spaces, procedures and terminologies of the “natural sciences”, bioart and ecoart also call into question the founding biopolitical division of modernity, the divide between nature and culture according to which, as Bruno Latour has argued, the essential truth of nature can be revealed to scientific reason precisely on condition of remaining absolutely external to the cultural (Latour 1993: 104-05). Hence, Benedit’s early “invasion of the laboratory”, his reenactments of the scientific procedures of the experiment, the journey and the collection, also have a (bio)political dimension, in their production of unspecific discourses and statements: these works do not become science, but neither can they be clearly assimilated to art in terms of their procedures and formal affiliations, nor, finally, can they be reduced to political messages of ecological militancy or criticisms of biotechnology. Science, art and politics come into play here in a deliberate un-specification of the artwork’s objectual form and institutional location. Perhaps we should, in fact, think of its aesthetic dimension, if we still wanted to call it that, more than anything as that vector of unspecification the material and discursive arrangement of Benedit’s works project, which is why the dimension of irony and laughter is not coindicental but actually key here: it allows us to make light of the art-science border, to the effect that the living spills out over them.

References
Benedit, Luis Fernando. Plant- en dierhabitatten . Antwerp: Internationaal Cultureel Centrum, 1976.
Espartaco, Carlos. Introducción a Benedit. Buenos Aires: Ediciones Ruth Benzacar, 1978.
Latour, Bruno. Wer Have Never Been Modern. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1993.
Mitchell, W. J. T. “The Work of Art in the Age of Biocybernetic Reproduction,” Modernism/Modernity 10, 3 (2003): 481-500.

For a more extended discussion of Benedit’s work, see my Entranced Earth: Art, Extractivism, and the End of Landscape (2023).

Jose Alejandro Restrepo: Paso del Quindio I (1992)

Charla presentada en MoMA, 18 de julio de 2024

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (vision general). Foto J.A.

El paisaje fue la “entrada” de América Latina al arte occidental: en otras palabras, fue el aparato plástico, cultural, político y epistemológico que produjo al “Nuevo Mundo” como una tierra objetivada, disponible tanto para la mirada del observador externo al cuadro como para la acción extractiva del colonizador de ultramar.  De esta manera, la crítica del paisaje (como también la del cuerpo en tanto objeto de una mirada exotizante), en el arte latinoamericano contemporáneo ya es de por sí una operación metacrítica, en el sentido de reflexionar no solamente sobre las implicaciones de un género particular sino también sobre las tensiones entre “arte” y “Latinoamérica,” esto es sobre las condiciones de participación, a título de regionalidad subalternizada, en un marco institucional clave (junto con la escritura y la ciencia) de producir a las Américas como objeto colonial.

José Alejandro Restrepo, Musa Paradisíaca, 1994. (FLORA arts + natura, Bogotá, 2016)

La primera sala de Chosen Memories desafía en este sentido (como lo hace a su manera toda la muestra) a su propio entorno físico e institucional. Al poner en cuestión la forma del paisaje, también reflexiona críticamente sobre la inscripción de lo latinoamericano en un museo (este en particular pero también el “museo occidental” como forma y como marco más generalmente) que ha no dejado de ser un museo colonial en su manera de distribuir “regionalidades”.

Paso del Quindío I, la instalación de José Alejandro Restrepo realizada originalmente en 1992, forma parte de una obra que ha hecho de la escenificación de tensiones uno de sus ejes principales. Puede leerse en serie con obras como Musa Paradisiaca (1994) o El cocodrilo de Humboldt no es el el cocodrilo de Hegel (1994), ambos de los cuales también reflexionan sobre la producción, como idea y como realidad material, de la naturaleza tropical. Se trata de 17 monitores distribuidos en forma de pirámide y “en perspectiva”, armando unas líneas de fuga hacia atrás, que emiten en un loop de aproximadamente media hora imágenes grabadas en la sierra colombiana del mismo nombre.

La obra es, voy a argumentar, a un mismo tiempo una crítica y un homenaje: crítica del paisaje como aparato de captura y así también del lugar de América Latina en el museo colonial. Pero también homenaje a Alexander von Humboldt y al cruce multidisciplinario y multisensorial de prácticas estéticas y científicas que la “historia natural” en movimiento y en primera persona que practicaba supo movilizar forjando de manera precoz una suerte de estética ambiental que aún hoy mantiene su potencial innovador.

En el primer sentido, de crítica desconstructiva del paisaje como marco, la forma piramidal del conjunto y la fuga en perspectiva de los monitores parecieran duplicar la ilusión mimética subyacente a las imágenes en blanco y negro que proyecta cada pantalla: la montaña que se estaría atravesando. Pero al mismo tiempo, la revelan a ésta como efecto de un juego de perspectiva. El efecto de ruptura es así tan sencillo como eficaz, ya que el “paisaje” invocado por los monitores no coincide con el que éstos proyectan. Al duplicar su geografía montañosa, la instalación expone la artificiosidad de las propias imágenes, como un tipo de producción y no de reproducción del espacio.

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (detalle). Foto J.A.

En segundo lugar, los loops que proyecta cada monitor no coinciden exactamente: la imagen-paisaje se desconstruye también porque unos monitores están a destiempo respecto de los otros, aunque no siempre los mismos obligando a nuestra mirada a ir y venir constantemente de uno a otro. La visión simultánea, totalizante, del observador del paisaje-cuadro que el teórico de arte Norman Bryson ha llamado “la percepción fundante” está denegada aquí por la no simultaneidad de las imágenes en pantalla.

El tercer aspecto de esta desconstrucción del efecto mimético pertenece a la la musicalización, a la pista sonora que consiste en una edición electrónica de cuatro notas en clave menor tocadas por el violonchelista chileno Eduardo Valenzuela. El sonido propone así un contrapunto a la sucesión de formas y motivos en la pista visual: plantas, nubes, rocas. Como ha sugerido Restrepo, “el sonido como material plástico” agrega una dimensión no mimética, abstracta, a la secuencia visual. No se trata de música programática –a la manera de las sinfonías pastorales de Beethoven o de Smetana, músicas que narran el paisaje– sino que en su extrañamiento electrónico de la fuente sonora análoga (el violonchelo), la pista sonora más bien remite al acto expectatorial y oyente de presenciar la obra (remite a la instalación, no su contenido).

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (detalle). Foto J.A.

Y finalmente, la propia imagen-paisaje (la secuencia de vídeos en blanco y negro) se desbarranca, o se abisma hacia adentro, en forma de un segmento de 4 a 5 minutos que sigue a una pantalla en blanco más o menos en la mitad del loop y por tanto correspondiente al límite entre “subida” y “bajada,” al momento del “Paso del Quindío” propiamente dicho. Se trata de una secuencia de paneos laterales aceleradísimos sobre vegetación a ras del suelo, como si la propia mirada estuviese cayéndose hacia adentro de la imagen o desprendiéndose del soporte implícito de un cuerpo observador humano para convertirse más bien en visión abstracta, pura. Alguna vez, al estudiar el cine de Lisandro Alonso, una de cuyas tomas características son también unos “bailes” alocados de una cámara liberada de cualquier función diegética así como de la mirada antropomorfa subyacente al cine narrativo, traté de pensarla a esta secuencia como una puesta en trance de la relación entre cine y ambiente en que se abren líneas de fuga para una potencial mirada de un pájaro, un insecto o incluso del mismo viento. Es decir, ahí como en la obra de Restrepo habría algo así como una des-objetivación del entorno visible que se transforma en agente mirador.

Esta secuencia central me lleva a la dimensión del homenaje. El Paso del Quindío I referencia desde su título a la tabla número 5 de Vue des Cordillères et Monuments des Peuples Indigènes de l’ Amérique, “Passage du Quindiu, dans la Cordillère des Andes,” un diseño realizado en Roma por el pintor Koch sobre un bosquejo hecho por el propio Alexander von Humboldt diez años antes en Colombia y luego convertido en grabado en Stuttgart por el impresor Duttenhofer quien luego lo mandó a la imprenta F. Schoell en París. La imagen, uno de los 22 paisajes mexicanos y andinos que componen el libro junto con otras imágenes referentes a 23 obras precolombinas, es una de las más famosas de todo el volumen, acompañada además por un breve texto del propio Humboldt que oscila entre el desglosamiento de los aspectos geológicos, botánicos y socioeconómicos del área representada y la narración de la propia expedición de la cual el grabado representa una suerte de compendio o de síntesis visual.

Alexander von Humboldt, Passage du Quindiu dans la Cordillère des Andes, en Vue des Cordillères et Monuments des Peuples Indigènes de l’ Amérique (1810-13)

“Passage du Quindiu,” entonces, ya era (como después lo será El Paso del Quindío I) un ensamblaje multimedial que yuxtapone, en una coyuntura  tecnológica anterior a la de Restrepo, varios tipos de producción visual y textual, en función de rendir la experiencia del lugar, no como objeto monádico y disponible, sino como una suerte de archivo abierto y con múltiples niveles, o sea como “material de estudio”. Como propone Oliver Lubrich, “para Humboldt, los paisajes son simbólicos y políticos. Se vuelven objetos de apreciación estética y de precisión política. El paisaje representa un desafío a la interpretación post-disciplinaria. Se transforma en un ecosistema avant-la-lettre. Se torna acústico. Y genera la visión democrática de una instalación multimedial pública”.

“Passage du Quindiu,” más particularmente, según Lubrich es un dibujo multiperspectívico que permite al observador elegir uno de los diversos puntos de vista que sugiere: desde la información geobotánica sobre la prevalencia de ciertas plantas en relación a diferentes alturas a las formaciones orográficas de las rocas (aspectos sobre los cuales también enfoca el lente de Restrepo), a dimensiones climáticas como la línea de nieve. Pero el cuadro también focaliza sobre la situación política y social en que se inscribe el viaje –esto es, el contexto de producción de la propia imagen– en la figura de los cargueros y sus pasajeros sentados en la silla atada sobre sus espaldas. Mientras éstos últimos están vestidos con atuendos europeos y aparecen con la vista fija en un libro, estos andan casi desnudos, descalzos y mirando hacia adelante — sobre todo el segundo carguero de la fila cuya mirada se encuentra con la nuestra, esto es, con el punto de vista implícito de Humboldt quien se negó a viajar cargado en una silla y así puede ocupar un lugar externo, de observación de las relaciones de clase y poder entre cargueros y pasajeros.

Concluye Lubrich que “la imagen parece demandar una interpretación alegórica: si el hombre mirando hacia atrás quien está siendo cargado representa a la élite blanca reaccionaria o, como lector que permanece impermeable al mundo, a la percepción colonial de los viajeros europeos, entonces los cargueros son representativos de la población indígena subyugada.”

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (detalle). Foto J.A.

Sea como fuese, El Paso del Quindío I incluye, casi literalmente a modo de nota al pie, un homenaje explícito a Humboldt. Este tiene la forma de los dos pequeños monitores al pie y a cada costado de la pirámide dónde, contrastando con la secuencia de vistas que transcurren por las pantallas más grandes, se ve una serie de planos cortos (close-ups) sobre la vegetación cercana al suelo; sobre todo los tallos y hojas espinosas de caña que, como contaba Humboldt en su texto, prolifera en la barranca occidental de la cordillera y terminaba por destruir el calzado de los viajeros, obligándolos a andar descalzos como todos los que atraviesan de pie y no en silla de carguero la montaña. Y es este, el del caminante, el punto de vista que nos solicita ocupar también la obra de Restrepo: nos urge que caminemos hasta allí donde el paisaje se abisma.

#MileiNo

Carta abierta de investigadorxs internacionales por la democracia y los derechos humanos

Acabamos de lanzar una solicitada para defender el proceso democrático en Argentina, hoy en peligro grave ante la posibilidad de que un candidato negacionista de ultraderecha gane el balotaje presidencial del próximo domingo 19 de noviembre. Ya firmaron más de 800 colegas en cinco continentes resaltando las “políticas suicidas” de la fórmula neofascista y defendiendo los valores de verdad, memoria y justicia como pilares fundacionales del pacto democrático.

El texto completo y la lista de firmas puede consultarse aquí en versión castellana y aquí en versión inglesa, junto con la lista de firmantes, y con un enlace al formulario de adhesión.

Aquí se puede leer una nota que sacó Página/12 sobre la iniciativa: https://www.pagina12.com.ar/616362-no-a-milei-carta-abierta-de-academicos-de-todo-el-mundo

Aesthetics and the Planetary Turn

From: Handbook of Latin American Environmental Aesthetics, ed. Jens Andermann, Gabriel Giorgi, and Victoria Saramago (Berlin, New York: De Gruyter, 2023), “Introduction”

(…) What the contributions to this volume are after are the multiple reconfigurations of bodies and environments within the geology of late capitalism, the moment when, as Déborah Danowski and Eduardo Viveiros de Castro put it, the “transformation of humans into a geological force, that is, into an ‘objective’ phenomenon or ‘natural’ object, is paid back with the intrusion of Gaia in the human world, giving the Earth System the menacing form of a historical subject, a political agent, a moral person.” Such an entanglement of agencies, they conclude, also entails an “inversion of the relationship between figure and ground, the ambiented becomes the ambient […] and the converse is equally the case” (Danowski and Viveiros de Castro 2017, 14).

What we call environmental aesthetics is lodged in the very moment of inversion called out by Danowski and Viveiros de Castro. Aesthetics is a concept that, at least since its re-introduction into modern critical thought by Alexander Gottlieb Baumgarten in the early eighteenth century, has been deployed as both referring to the sensory and imaginative experience of beauty—and thus also to a mode of accessing truth by way of “sensible discourse” rather than logical reasoning, in Baumgarten’s (1954, 6-10) expression—and as the “science of perception” that asks, as Kant would posit, for the general principles underwriting individual aesthetic judgements. The artwork, as it arranges the sensory in ways that strive towards perfection, thus making it accessible to “taste” as an experience of truth that is analog to yet also distinct from, critical reason, is therefore also invested with an implicit epistemic power that the discipline of aesthetics is entrusted with drawing out and making explicit. (…) Going beyond the contemplation of nature in this tradition as a vehicle for the experience of beauty or the emergence of the sublime, the “environmental” in environmental aesthetics also complicates the idealistic baggage the term aesthetics carries with it.

“Environment” is a notion first used in systematic fashion by the nineteenth-century positivist thought of Auguste Comte and Herbert Spencer, who used it to describe “the circumstances of an organism” (Bonneuil and Fressoz 2016, 173)—before, it had been deployed colloquially to refer to the surroundings of towns and cities, i.e. “the countryside.” Ernst Haeckel, in 1867, coined the notion of “ecology” highlighting the symbiotic effects among living organisms and between those and their physical conditions of existence, in response to Darwin’s notion of the struggle for survival; in early twentieth-century biology, Johann Jakob von Uexküll further developed the biosemiotic dimension of the concept as an at once perceptive and life-sustaining entanglement between organisms and their surroundings. Yet, as David Arnold (1996) has shown, environmental determinism had already informed Western thought long before it became a systematic concept in its own right, underwriting and justifying imperial expansion and the enslavement and forced migration of non-Europeans, including in Montesquieu’s and Buckle’s climatology or the biological racism of Gobineau and Malthus.[1] Nonetheless, and despite having been trained by late twentieth-century strands of thought such as poststructuralism, deconstruction, feminism and performance theory to be suspicious of all appeals to “nature” as the ultimate cause of, and normative benchmark for, human action, the surge of the planetary as encountered in Williams’s film (and in myriad forms of environmental emergency) also forces us today to double down on this critique of “nature” and rethink the agentiality of the nonhuman in different ways. For if “Gaia,” the earth system, or the “more-than-human” are no longer just objects of perception and of sensory pleasure, as Danowski and Viveiros de Castro contend, but have shown themselves to be agential, and thus also perceptive, in their own right, do we not need now to rethink the aesthetic itself as the fragile and precarious field of encounter, or even of “sympoiesis” (in Donna Haraway’s expression), between diverse existents engaged in imagining and in crafting a shared “becoming-with” (Haraway 2016, 4; 58)?

The essays assembled in this volume take stock of the lines of critical revision and of the terms and concepts that have emerged in recent years in response to this question. Two principal tasks, in fact, seem to articulate the main coordinates at work in environmental aesthetics: on the one hand, to reconfigure the sensorium that allows us to imagine, perceive, narrate and think the passage from the global to the planetary; on the other, to re-conceptualize aesthetics—in a tradition that also involves the avant-garde as well as posthuman thinking—in a way that allows us to disrupt received notions of aesthetics and make room to other arrangements of the sensible that register the agency of the non-human and the non-living. Stengers’s “intrusion of Gaia” and the now-ubiquitous notion of the Anthropocene—referring to the “major and still-growing impacts of human activity on earth and atmosphere” (Crutzen & Stoermer 2000, 17) to the point of becoming the dominant geological force of our age—as well as rival ones such as Capitalocene, Plantationocene, Gynocene or Chthulucene (all of which attempt to call into question the residual humanism of Anthropocene theory) are challenging the very foundations of modern Western aesthetics, politics and theory as premised on the ontological distinction between humanity (and hence “culture”), on the one hand, and of nonhuman “nature”, on the other (Latour 1993, 10; 32). Whichever position we choose to take with regard to its key concept, “the Anthropocene debate”—as postcolonial historian Dipesh Chakrabarty (2021, 155) contends—“thus entails a constant conceptual traffic between earth history and world history,” and to help enable such traffic by way of new concepts and paradigms at a time of advancing deterioration of the biosphere and unprecedented mass extinction at a planetary scale is the urgent task that has been set for environmental aesthetics.

Such an endeavor must of necessity be at once critical and speculative. In the former sense, it has to revisit the archive of modern arts and literature as well as that of the responses aesthetic theory has crafted from these, in order to understand their impact on, and even complicity with, the establishment and policing of the modern nature-culture boundary. In a compelling, hard-hitting book, Indian novelist and literary scholar Amitav Ghosh suggests that canonical forms of Western modernism such as the realist novel and abstract art have been of fundamental importance for establishing the primacy of human “current affairs” over their cataclysmic, short as well as long-term, entanglements with cosmic forces. The exceptional, the wondrous, “the unheard-of and the unlikely [that] fiction delighted in” prior to the emergence of realism, he suggests, have been banished in modernity to the B-genres of sci-fi and fantasy, with abstraction upping the stakes even further in eliminating reference altogether and placing “human consciousness, agency and identity […] at the center of every kind of aesthetic enterprise” (Ghosh 2016, 16; 120). Yet ecocritical approaches, particularly in the realm of literature, have also sought to re-appraise the areas and forms of dissidence that have always accompanied these hegemonic frameworks, attempting to track—in Richard Kerridge’s early description of the field—“environmental ideas and representations [and] to evaluate texts and ideas in terms of their coherence and usefulness as responses to environmental crisis” (Kerridge 1998, 5).

However, in addition to the important and necessary project of re-assessing the androcentric founding premises of modern aesthetics, and thus also of the histories of literature, art and film that underwrite the critical frameworks of our academic disciplines, environmental aesthetics as the two-way traffic between artistic production and the critical thought that draws out its interfaces with wider, socio-cultural as well as earth-systemic developments, is also in the business of imagining things differently—of mobilizing the powers of speculation to imagine but also create other ways of inhabiting the planet. The arts, as environmental humanities scholar Carolyn Merchant contends, “are an essential part of creating the large-scale public awareness and understanding of climate change that can bring about policy change,” in challenging “the standard human/environment narrative, in which humans are both privileged over other species and separate from nature. Indeed, artists can change the way we think about the meaning of progress” (Merchant 2020, 46). An aesthetics of and in the Anthropocene, as literary critic David Farrier suggests referring to a line from Irish poet Seamus Heany, must open up and inhabit “the rift between what is going to happen and whatever we wish to happen […] In doing so, it can point us to a careful retying of the knots that bind us together, in deep time, with the fate of the Earth” (Farrier 2019, 128). Indeed, if the speculative efforts of the epistêmê aisthetikê—the “science of what is sensed and imagined,” in Baumgarten’s (1954, 86-87) definition—will now have to be re-oriented towards “reading for the planet,” in energy humanities scholar Jennifer Wenzel’s (2020, 1) powerful expression, such “world-imagining” through and with art might also require us to expand our very notion of the artistic beyond conventional genres and expressive languages and toward the “sites of expanded creativity” that are in the business of “the experimental practice of world-making,” in art theorist T. J. Demos’s words. The environmental aesthetics, Demos suggests, concern themselves with the expanded field of “creative ecologies—practices that make new sensible materializations and connections (aesthetic, practical, jurisgenerative) between otherwise discrete realms of experience and knowledge, and that cultivate worlds to come” (Demos 2020, 18). On this note, literary scholar Florencia Garramuño has put forward the notion of “unspecificity” as a way of thinking about how contemporary aesthetic production, in novel and heterogeneous alliances with other realms of social practice that modernist aesthetics had kept separate from the domain of art as distinctive and “autonomous” from these, imagines and thus calls into being, “worlds-in-common”: unspecific aesthetics, for her, is the elaboration of “a language of commonalitythat encourages the invention of diverse modes of disbelonging” as the shared condition of existents in thrall to planetary crisis (Garramuño 2015, 26). Anthropologists Marisol de la Cadena and Mario Blaser have suggested the notion of “the uncommons” to account for this paradoxical togetherness of diverse agents brought about by their shared exposure to climate breakdown and mass extinction, an allyship that necessarily relies on the creative faculty of humans and nonhumans alike to be willed into being. The uncommons, then, is “the heterogeneous grounds where negotiations take place toward a commons that would be a continuous achievement, an event whose vocation is not to be final because it remembers that the uncommons is its constant starting point” (Blaser and De la Cadena 2017, 19). In different ways, these voices resonate and dialogue with a persistent theme in the twentieth-century Latin American intellectual tradition.


[1] See also Bonneuil and Fressoz’s chapter on the “Polemocene” for a more nuanced history of proto-ecological ideas in the West beyond biological and climate determinism (Bonneuil and Fressoz 2016, 253 ff).

For more details on the Handbook, click here.

To visit the Table of Contents, click here.

To buy or access through a library, click here.

El giro fascista: cinco hipótesis

Texto completo en el Blog del Journal of Latin American Cultural Studies

integralismo

(Cartel de Ação Integralista Brasileira, años 30)

Como la explosión de un absceso purulento, la victoria con más del 55 % en las elecciones presidenciales brasileñas de un candidato abiertamente racista, misógino y homofóbico, defensor entusiasta de dictaduras y de la tortura de opositores, partidario de soluciones eugenésicas para indígenas y afrobrasileños a quienes ha tildado de hediondos, ignorantes y criminales –cuando no directamente de cualquier disidencia política, religiosa o cultural– produce al menos un efecto saludable de sinceramiento. Porque no solo, como era de esperar, no perdieron tiempo en celebrar la llegada a sus filas del Führer tropical los Trump, Salvini, Le Pen, Orban — la lista podría alargarse infinitamente. También las educadas y cosmopolitas “derechas democráticas” de nuestras republiquetas vecinas, cuyas loas cantaba hace apenas unos años el editorialismo de cuello blanco, se aprestaron por hacer constar, por si quedaba alguna duda, de que también ellas, por supuesto, habían militado desde siempre en la falange donde reviste el reservista vencedor. Era uno más del palo el verdeamarillento, sacaban pecho los Piñera, los Macri, los Cartes; verdadero visionario –se emocionaba el canciller argentino Faurie ya tras la primera vuelta– con el ojo puesto en el futuro y no en el pasado. Pero si era tanto el apuro de los hasta anoche vestales del republicanismo pampeano por probarse la camisa marrón antes de que se las arrebate el primer hijo de carnicero, ¿no se cae por su propio peso la teoría de los dos demonios, previsiblemente desempolvada por personajes nefastos como el ex-presidente FHC? En declaraciones a la Folha el ex-sociólogo hacía saber que, contrario a lo que las incontinencias del personaje parecieran indicar, los brasileños no habían depositado su fe en un nazi confeso, ni siquiera un fascista, no: apenas un “autoritario”, esa mágica palabra-coartada que ya le había rendido tan buenos servicios, a FHC y sus socios, en los viejos buenos tiempos de la “transición democrática”. Y cuyo diagnóstico, como seguramente no tardarán en rematar los Vargas Llosa, los Castañeda y otras viudas del neoliberalismo noventista, ¿no había sido comprobado, precisamente, por la reciente elección mexicana de otro demagogo carismático, no importa que de prédica diametralmente opuesta a la del capitán carioca? ¿La culpa no será, por tanto, y como era de esperar, del infame populismo, ese que ahora se lame sus heridas cuando había desatado él mismo la bestia que ahora lo devora? ¡Ya está en los quioscos! — solo que, por más que la repitan, esa tierna fábula liberal de aprendices de brujos no deja de chocar con el sencillo hecho de que los votantes del ex-militar y los del ex-alcalde de la capital azteca no son en su inmensa mayoría los mismos, como tampoco lo son los del ex-obrero metalúrgico: si fuera solo por el voto de los favelados, los nordestinos, los sectores de menos recursos –la plebe, en suma– Haddad habría ganado de manera contundente. En cambio, ya lo han dicho voces más calificadas, los problemas empiezan cuando los que ya no quieren pertenecer a ese pueblo populista, esas proverbiales cuarenta millones de ex-pobres, “la nueva clase media de Lula”, se desmarcan de esa alianza con la violencia propia de los conversos. Pero si ése es el eje por el que gira el giro fascista: ¿qué expresa la aceleración vertiginosa de su espiral violenta? ¿Hacia donde apunta su odio?

Leer texto completo en blog del Journal of Latin American Cultural Studies

The end of transition: working notes

I wrote the following notes for the closing round-table of the symposium “Performing Human Rights: Contesting Amnesia and Historical Justice in Latin America and the Middle East”, University of Zurich, June 28-29, 2018. Because of the quite lively discussion these remarks provoked, I share them here as an invitation to think and discuss further. I thank the conference organizers, Liliana Gómez-Popescu and Bettina Dennerlein, for challenging me to return to the question of transitional justice and human rights.

Screenshot 2018-06-30 19.20.12

Anti-PT manifestation, Brazil, 2015 (photo: blog União da Juventude Socialista)

Coined in the legal and political sciences in the 1980s and 1990s, especially in the ambit of international organizations, the concept of transitional justice was tasked with managing governance in contexts of negotiated handovers of state power from “authoritarian” to “democratic” governments, in contexts that ranged from Latin America’s Southern Cone to the end of apartheid in South Africa to the rapidly disintegrating map of post-Soviet Eastern Europe. The very notion of a “return to democracy” frequently associated with discourses of democratic transition also framed the latter as a universal, normative standard that had been interrupted by authoritarian exception. Transitional justice, a label that was quickly being applied to postgraduate programs and government agencies the world over, offered a framework for comparing –that is, for measuring the relative success or failure within the quantifiable parameters of benchmarks, indices and goalposts held dear by governments and international institutions– processes of compartmentalizing the political contingencies of these “transitions” into discrete, and partially autonomous, institutional realms. Transitional justice, in short, ensured the reconfiguration of politics as administration, and it did so, centrally, in parsing out, on the one hand, more or less limited forms of legal prosecution of human rights violations (frequently reparative rather than retaliatory), and on the other hand the opening-up of institutional settings for the productions of testimony, where victims’ memory performances could be played out within “safe spaces”.

Admittedly, I’m offering a schematic, even caricaturesque, summary here of processes which, at a national or even local level always played out in much more complex and contradictory ways — but the point here is, precisely, that transitional justice, as an imaginary gold standard of such diverse processes, openly promoted itself as an enabling fiction, one to which the political itself had to succumb, it was suggested, in order to be able to unleash its potentiality and contingency once again once the “transition process” had been successfully completed.

In Latin America, this notion of transition and the historical narrative of normalcy and aberration it implicitly subscribed to, have been submitted from very early on to a radical critique and counter-narrative that has been associated with the concept of postdictatorship, that is, with the various modes of dictatorial afterlife the idea of transition both obscured and enabled. For what if not dictatorship has been the “transitional” moment that violently separates, in Latin American late modernity, the increasingly radicalized national-popular movements and governments of the 1960s and 1970s from the neoliberal regimes that succeeded, or perhaps rather, were ushered in by, military State terror? Against the origin myth of democratic continuity interrupted by authoritarian exception, tantamount to emptying history of politics, postdictatorship proposed a narrative of catastrophic defeat, of which the discourse of democratic transition was itself symptomatic: transitional justice, as the legal-institutional administration of (neoliberal) governance “after terror” confirmed the successful violent destruction, and inability to suture or reconstruct in the present, of the languages of decolonizing emancipation the dictatorships had violently cut short.

The rise and fall of center-left governments in Latin America after the millennium (the so-called pink tide) can thus also be understood, in retrospect, as a failed attempt to re-introduce the political into the empty time of neoliberal administration, constituted upon the discursive and institutional frameworks of “democratic transition”. Yet what this failure has presently unleashed is a wave of necropolitical vengeance that far exceeds the mere reinstatement of the neoliberal status quo ante. Instead, I suggest, the open instrumentalization of lawfare for political ends and the cynical tweaking or outright violation of constitutional norms (as in Honduras, Paraguay or Brazil) on behalf of a resurgent right mark the true “end of transition”, in the sense not just of the completion of a cycle but also, and foremost, as revealing the political and historical ends the former was always already transitioning towards.

The end of transition, if indeed we were to think of the present moment in Latin America under this heading, would then imply a range of challenges to critical thinking and the politics of resistance alike. I want to sketch out just two: firstly, beyond the critique of the political and legal underwritings of transitional governance the notion of postdictatorship has allowed us to perform, we would urgently need to expand our frameworks today towards a more systematic, longue durée point of view that would allow us to encompass (as fundamental) the economic dimension of “transition”. What “transition” will have turned out to have transitioned towards, what it literally prepared the ground for, would then take shape as a violent, even genocidal, neo-extractive cycle currently rolling across the Global South and beyond, and of which the racist, misogynistic, and homo/transphobic necropolitics of the dominant neofascism in the Americas are part and parcel. What we need is a reframing and retooling of our critical instruments in order to be able to name the way in which dictatorial terror and neoliberal accumulation-through-dispossession alike participate of an extractivist matrix that takes bodily and earthly surfaces –the living and the material– as “overburden” and as targets of its extractive bio- and necropolitics. It is no accident, after all, that indigenous persons and women have presently emerged as the principal agents of resistance, and as the main targets of fascist violence, as the assassinations of Heather Heyer, Bertha Cáceres and Marielle Franco in the United States, Guatemala and Brazil, or the illegal imprisonment, torture and assassination of Kolla and Mapuche leaders in Argentina and Chile show all too eloquently.

Secondly, perhaps the field of memory studies as presently configured has neglected for too long, and to its own peril, the way in which the neofascist resurgence has itself been underwritten by “memory performances”, from the various kinds of ritual homage paid to icons of white suprematism and slavery in the U.S. South to the mobilizations of perpetrators’ relatives and their political and mediatic allies in Brazil, Argentina and Chile, which once more openly defend military tortures and assassinations perpetrated, the story now goes, in the sacrificial defense of the nation against leftist “corruption”. In what ways, we need to ask, have the “subjective” and “performative turns” in memory studies, as developed within ethical imperatives of empathizing with the experiences and demands of victims, been neglecting these memory performances of the enemy? Has the privileging of memory over history, however important in contexts of recovering experiences of suffering and resistance, suddenly left us exposed against the fascist rewriting/reperforming of the past? The challenge for the Left today, it seems to me, is then about moving beyond extant critiques of the transitional consensus as outlined above, and towards a more comprehensive engagement with what transition was actually heading towards.