Billetes falsos: intercambios y confrontaciones entre el «cine de autor» y el «cine comercial»

Seguimos con los posteos de textos de archivo sobre cine argentino. Hoy, la versión original de un capítulo publicado originalmente en francés con el título “Faux monnayeurs: échanges et confrontations entre ‘cinéma d’auteur’ et ‘cinéma comercial’ ” e incluído en el número especial ‘Le nouveau du cinéma argentin’ editado por ed. Pietsie Feenstra y María Luisa Ortega, CinémAction 156 (2015): 36-42. (enlace al índice del número especial)


‘La producción es la forma’

La recepción del ‘Nuevo Cine Argentino’ tanto por parte de la crítica nacional como de los jurados y audiencias del circuito internacional festivalero, resaltaba desde el comienzo la contemporaneidad casi tangible de sus films. Era un cine que, al sufrir la crisis del modelo neoliberal en la realidad diaria de la producción, se habría vuelto también un documento del presente, no sólo en calidad de un objeto narrativo sino incorporándolo en la propia expresión cinematográfica. Hacer cine, sugería Alan Pauls en una intervención muy citada, en tanto emprendimiento tecnológico-financiero era exponerse de manera directa a los vaivenes del mercado; por lo tanto, en el nuevo cine argentino, “pensar sobre la forma es pensar sobre la producción.”[1]

Dos premisas –una de tipo estético, la otra de tipo político— sostenían esa lectura de la producción de los últimos Noventa y primeros 2000 como sintonía absoluta entre el cine y su contorno social y político, ambas apelando a la idea de un “retorno de lo real”. Por un lado, la crisis monetaria cada vez más aguda que hacia fines del 2001 llevó al gobierno aliancista a decretar la confiscación de los depósitos bancarios, fue leída como estallido de una burbuja especulativa que exponía el carácter ficticio e insustancial de la economía neoliberal y su promesa de elevar la Argentina al “Primer Mundo”.  La crisis del 2001 habría puesto en primer plano la cruda realidad de la exclusión, la miseria y el hambre que subyacían a la superficie esplendorosa de la farándula televisiva: el secreto a voces de la globalización neoliberal. Y es en esa perforación conjunta de la burbuja inflada por la ficción del crédito y por una cultura del espectáculo en la que habrían encontrado su objetivo común el cine y las movilizaciones sociales en la Argentina del milenio.

Es difícil, por cierto, objetar el impacto y la sensación de inmediatez que despertaron en su momento ciertas imágenes de Pizza, birra, faso, Mundo grúa o La ciénaga. Sin embargo, a casi dos décadas de distancia la idea de una marca indicial que hubiese impregnado estos films con una contemporaneidad absoluta con el presente neoliberal en crisis —idea cara, como se sabe, a las poéticas del “Nuevo Cine Latinoamericano” de los Sesentas— aparece más discutible. Como veremos, la recuperación del mercado cinematográfico en Argentina, por contradictorio que fuese, antecedió por varios años a aquella de la economía nacional en su conjunto, encontrándose por lo tanto ya en un momento de expansión cuando el país todavía estaba por sufrir de lleno el impacto del default financiero. Habría que pensar, entonces, no solo en la dimensión contemporánea sino también en la no-simultaneidad entre el proceso cinematográfico y la trama social y económica, para entender la particular constelación entre ‘realismo’ y ‘no-realismo’ en el cine de esos años. El cine de género, sugiero, trabaja precisamente esa tensión entre una contemporaneidad ineludible y el desfasaje entre la temporalidad social y la coyuntura del mercado cinematográfico.

El ciclo anterior del cine argentino, relacionado con la ‘transición democrática’ tras el fin de la dictadura militar en 1983, se había agotado en la primera mitad de los años Noventa. En 1992, el número de largometrajes producidos había decaído a diez, y aún esta cifra se reduciría a apenas la mitad en 1994 — el número más bajo desde la introducción del cine sonoro en 1930. El tiempo de pantalla de estos films en las salas del país representaba un mero dos por ciento. En 1984, los números respectivos eran 23 largometrajes y un 18 por ciento de tiempo de pantalla — un promedio que el cine argentino supo mantener, con pocos altibajos, a lo largo de la década de los Ochenta, decayendo solamente con la hiperinflación de 1989 que evaporaba los subsidios estatales aún antes de que un proyecto aprobado entrase en producción (Getino, 2005: 177).

Paradójicamente, fue durante el régimen de austeridad fiscal impuesto por las administraciones de Carlos Menem (1989-99) cuyas consecuencias sociales devastadoras habrían de convertirse en una preocupación central del nuevo cine, que la producción resurgió desde las cenizas de la década anterior. En parte esta recuperación se debía, precisamente, a la convertibilidad económica introducida en 1991 vinculando la moneda nacional al dólar. El factor principal, sin embargo, fue la nueva Ley de Cine aprobada en 1994, que introducía un impuesto sobre la emisión televisiva y los alquileres de video además de la exhibición de películas en salas, cuyos ingresos serían devueltos a la producción cinematográfica. El nuevo sistema de subsidios, con su combinación de fondos iniciales para incentivar proyectos nuevos y un subsidio pos-exhibición calculado en base a la cantidad de entradas vendidas y emisiones televisivas, resultó atractivo para los conglomerados de medios privados que habían surgido tras la privaticación de la TV estatal. Éstos, con su capacidad de garantizar un lugar en la grilla de programación para films previamente exhibidos en cine, se aprovechaban de la financiación estatal para producir películas exitosas de acción y animación como el film infantil Dibu – la película (1997, basado en una serie televisiva) que fue visto por más de un millón de espectadores. El grueso de la producción nacional creció paulatinamente desde 1994, superando el histórico umbral de cien películas por año en 1997 (Minghetti, 2007: 8).

Críticos de la nueva ley han argumentado que a pesar del aumento en el total de films lanzados, el sistema de subsidios estatales introducido en 1994 no habría contribuido sino efectivamente frustrado la recuperación de un cine nacional que supiera combinar calidad artística y éxito taquillero. Según Octavio Getino, la combinación de pequeños subsidios para estimular la producción de obras experimentales con pagos basados en el éxito comercial y la exposición televisiva habría generado el efecto perverso de alimentar una producción inflada de cine-arte dirigida exclusivamente a los circuitos limitados de aficionados y a los festivales internacionales al mismo tiempo que el grueso de los fondos estatales fuera embolsado por blockbusters que son en realidad producciones transnacionales. Efectivamente, las compañías audiovisuales más importantes hoy en día forman parte de conglomerados cuyo capital proviene principalmente de Europa y los Estados Unidos: Patagonik, por ejemplo, pertenece en una tercera parte a Walt Disney Productions, en otra tercera parte a Telefónica de España, y en la parte restante al Grupo Clarín, la empresa mediática más grande de Argentina que asimismo controla una tercera parte de la productora Pol-Ka, siendo ella misma propiedad, entre otros, del grupo español Prisa. Frente a esa alianza hipócrita entre la industria transnacional y una vanguardia efímera y decorativa, sugiere Getino, se habrían diluído las bases para un cine nacional sostenible que, como en los Ochenta, hubiera sabido cuidar la calidad artística y el enfoque crítico sobre la realidad nacional sin dejar de atraer audiencias (Getino, 2005: 313).

Si bien la ley de cine indudablemente tuvo un impacto considerable sobre la producción, las transformaciones del mercado audiovisual tal vez no puedan pensarse ya tan exlusivamente en relación a las políticas estatales de fomento. Más bien, habría que considerar las condiciones estructurales en las que operan tanto el cine de entretenimiento como las diferentes apuestas del cine-arte, resultando en ambos casos en una secuencia de agotamiento de un modelo prevaleciente hasta finales de los Ochenta y la emergencia de otro a partir de la década siguiente.[2]

Hay, en suma, un ritmo relativamente paralelo entre la caída y el resurgimiento de la producción cinematográfica, la infraestructura de proyección y los números de espectadores los cuales, además, si bien responden a los vaivenes macroeconómicos del país en su totalidad también se apartan de éstos gracias a su imbricación particular con un mercado audiovisual globalizado. Si el declive del cine nacional a finales de los Ochenta y principios de los Noventa estuvo claramente relacionado con la hiperinflación de estos mismos años, el default financiero de 2001 apenas afectó la curva ascendiente en el número de lanzamientos y espectadores. De todas formas, la concentración de audiencias en las grandes ciudades y en ámbitos frecuentados en forma casi exclusiva por las clases medias y altas como los shoppings, en complejos multisala con diez o más pantallas funcionando a un mismo tiempo, así como la disponibilidad cada vez mayor del cine internacional en forma de VHS y DVD o a través de los canales privados de televisión por cable y satélite, aumentaron la presión sobre un cine nacional ‘de calidad’ que hasta pocos años antes todavía podía imaginar dirigiéndose a una audiencia nacional relativamente homogénea y que accedía al consumo audiovisual únicamente a través de las boleterías de cine. Como afirma Gustavo Aprea, ‘nos hemos desplazado de un modelo de producción masiva de escala nacional a una fragmentación que puede conectar elementos de la producción local con determinadas clases de público en el plano internacional. […] Quizás el elemento más fuerte de la crisis que vivió el cine argentino desde fines de los ochenta hasta mediados de los noventa fue el intento de seguir pensándose como un espectáculo de convocatoria universal en un momento en que el modo de ver y entender el cine estaba cambiando’ (Aprea, 2008: 94).

El corralito de los géneros: formas globales y figuras nacionales

Por ser formas globales, los géneros cinematográficos han proporcionado uno de los ejes de disputa sobre el significado de determinados films y su manera de responder a las demandas de públicos y mercados múltiples. Pero mientras la crítica nacional solía concentrarse en aspectos formales, analizando el uso de elementos genéricos como un tipo de intervención autorial, el debate extrajero giraba más bien en torno de cómo éstos anticipaban de manera autorreflexiva la recepción y distribución de un film en el mercado transnacional.  En Argentina, la versatilidad en el empleo de los géneros cinematográficos fue saludada como un modo de sortear el cerco del cine-arte de los Ochenta —criticado ahora por sus supuesto carácter pretensioso, discursivo y auto-exotista— reemplazándolo con un cine a un tiempo popular, contemporáneo y técnicamente hábil (Schwarzböck, 2009). Otros han insistido, en cambio, en el carácter conservador y hasta reaccionario de narraciones genéricas ya no en función, como en el cine moderno de los Sesenta, de exponer su carácter ideológico sino de re-autorizarlas como productoras de sentido (Oubiña, 2003). Irónicamente, fuera del país y siguiendo las pautas establecidas en los Ochenta, las narrativas inscriptas parcial o enteramente en fórmulas de género como Un oso rojo (Adrián Caetano, 2002) —el western—, El bonaerense (Pablo Trapero, 2002) —el police procedural— o El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2001) —la comedia romántica— fueron vistas ante todo como un modo de alegorizar las dimensiones nacionales y globales de la crisis neoliberal, explicitando a través del uso refractado de modelos genéricos la implicación del propio cine, como mercancía audiovisual, en el régimen de flujos materiales y simbólicos que había llevado el país a la ruina. De esta capacidad de subvertir y apropiarse de los protocolos del cine de género, el cine habría extraído una capacidad de resistencia que ya señalaba la potencial reconstrucción de comunidad nacional.

En su discusión de Nueve Reinas (2000), el film de Fabián Bielinsky que fue uno de los mayores éxitos taquilleros del nuevo cine, Gabriela Copertari propone que la gran mayoría de películas producidas alrededor del milenio son ‘narrativas de desintegración’ que ‘articulan experiencias de pérdida’ (Copertari, 2005: 279). La apropiación de fórmulas genéricas representa para Copertari una suerte de venganza simbólica contra el saqueo del país por parte de capitales transnacionales. De esta manera, la exaltación del bandido social encuentra su correlato en la apropiación ‘artesanal’ del género por parte de los nuevos cineastas. El propio Bielinsky, en un reportaje realizado en ocasión del lanzamiento de Nueve Reinas, sugiere ese parentesco: ‘Para armar la trama de esta película utilicé estructuras propias de la estafa. El hecho de que yo pueda usar esos elementos como forma cinematográfica, obliga a una reflexión acerca de qué es el cine, y cuán cerca está el cine de la estafa, de hacerle creer a alguien cosas que no son’ (Bielinsky en Sabat, 2004).

En una rápida sucesión de eventos acontecidos en un solo día, Nueve Reinas relata los intentos de dos pequeños criminales que se acaban de conocer, Marcos (Ricardo Darín) y Juan (Gastón Pauls), por venderle a un sombrío empresario español una serie de estampillas falsificadas — eventualmente involucrando también a la bella Valeria (Leticia Brédice), hermana de Marcos, cuyos favores exige el filatelista español como parte del negocio. En una virtuosa vuelta de tuerca final, tras haber dejado a un desesperado Marcos en las puertas del banco donde éste esperaba cobrar su cheque (pero que acaba de confiscar los fondos de sus ahorristas), Juan entra en un viejo teatro a reunirse con Valeria —en realidad su novia— y el elenco de actores con quienes acaban de armarle un trampa fenomenal a su suegro, recuperando así la herencia familiar que éste les había extraviado a Valeria y su hermano menor. Es el propio estafador quien termina siendo estafado, y lo mismo acontece —como sugiere el film y concuerdan la mayoría de los críticos— con el cine industrial, cuyos trucos apropia, expone y trafica la película a los dominios de un cine autorial dotado de reflexividad artesanal. Para Diego Lerer, Bielinsky, ‘en una de las películas más redondas que el cine argentino dio en mucho tiempo, […] juega varios juegos y los gana casi todos. Si su película (como sus personajes) es puro engaño, la ilusión de verdad triunfa casi siempre. Es un juego de trucas, de trampas y de ilusiones: el espectador entra en casi todos’ (Lerer, 2000). Una de las pocas voces en discordia fue la del crítico y cineasta Raúl Beceyro, para quien ‘la última estafa de Nueve Reinas […] es la que efectúa el propio film con los críticos [al] hacerles creer que es, al mismo tiermpo, “milagrosamente” […] un producto industrial y un gran film’ cuando es en realidad ‘un brutal exponente del cine de mercado [que] tiene como cuestión básica dejar tranquilo a sus espectadores, una vez que ha terminado la proyección’ (Beceyro, 2000: 3).

Contra este y otros juicios que lo encuentran culpable a Bielinsky de insuficiente realismo en el abordaje de su presente cataclísmico, Gabriela Copertari defiende a Nueve Reinas en cuanto ‘película doblemente delusiva’ que, ‘al mismo tiempo que produce un efecto compensatorio y una reparación simbólica para la experiencia social de pérdida que narra’ —a través de la trama de venganza ejercida sobre Marcos—  también ‘desestabiliza ese efecto y lo torna indecidible, declarando en última instancia la imposibilidad radical de tal reparación. O, en los términos de Beceyro, el film satisface a sus espectadores, pero los deja intranquilos al mostrarles una complicidad social colectiva en el proceso de desintegración nacional que proporciona el contexto histórico y narrativo del film’ (Copertari, 2005: 280). Copertari tiene razón al insistir en el modo performativo antes que mimético que caracteriza la representación de lo social en el cine de género. Nueve Reinas, efectivamente, encuentra una solución formal para las sensaciones contradictorias de pérdida y complicidad que caracterizaban la experiencia de la crisis neoliberal por parte de los cine-espectadores a finales de los Noventa. El ‘placer’ de ver estas tensiones imaginariamente resueltas en el marco genérico del ‘grifter movie’ —como trama del engañador engañado por la comunidad— es literalmente un placer culposo. No queda finalmente en pie ningún lugar ‘moral’ de enunciación, sea por dentro de la diégesis, sea a nivel formal, en la apropiación lúdica y autoconciente de un modelo ‘industrial’.

Han sido frecuentes las lecturas de Nueve Reinas en clave de anticipación lúcida (en particular por la secuencia frente a las puertas cerradas del banco) de la ola de protestas provocada por la congelación de cuentas bancarias declarada en diciembre de 2001 por el ministro de economía Domingo Cavallo. Quizás sea más provechoso leerla como expresión acabada del crepúsculo menemista, época en que fue escrita y filmada: un contexto que permite leer al supuesto cinismo del film como un juego complejo de referencias y espejismos — y es esta dimensión alusiva que recién lo provee al marco genérico de una textura rica en ‘comentario social’, a diferencia de su insípida secuela hollywoodense (Criminal, Gregory Jacobs, USA 2004) donde ese subtexto brilla por su total ausencia. El discurso político argentino durante el, finalmente breve, interludio de Fernando de la Rúa, el sucesor de Menem, estuvo caracterizado por el énfasis en la continuidad del modelo neoliberal de austeridad, pero ahora ‘sin la corrupción’ (discurso que, lo sabemos, en estos días está dando la vuelta por Europa como retorno farsesco). La idea vendida al electorado (y ávidamente comprada) fue que la década pasada, de redistribución feroz desde los sectores más vulnerables al capital transnacional, todavía podía ser blanqueada y revertida en un ‘buen neoliberalismo’ sometiendo sus excesos al control de administradores aburridos pero honestos.

No es aventurado pensar que el éxito comercial y crítico de Nueve Reinas se debió a su capacidad por ofrecer una alegoría política factible de ser leída de modos diferentes y hasta contradictorios. Podemos efectivamente leer al personaje de Marcos, como sugiere Copertari, ‘como figuración de los emisarios estatales que remataron la herencia nacional’ (Copertari, 2005: 287). En esta lectura, Marcos —léase: Menem, Cavallo, etc.— podría apuntarse como el traidor a la familia nacional sobre quien ésta ejerce su justa venganza. Pero esta misma ‘resolución’ también podría entenderse en términos de continuidad entre un régimen político y el que lo sucede (encarnados en el dúo Marcos/Sebastián), con la implicación de que este último sea aún más hábil en el arte de engañar que el anterior. Nueve Reinas, en otras palabras, encuentra en el modelo narrativo y en las convenciones de actuación y mise-en-scène propias del cine de género una expresión figurativa del modo en que la globalización capitalista es experimentada desde una locación y una posición de clase particulares. Al mismo tiempo, esta y otras apropiaciones localizadas de formas globales por parte de un cine en la periferia del sistema-mundo cinematográfico centrado en Hollywood, también reflexionan sobre, y performatizan, en las vueltas y pliegues que le infligen a este modelo, el modo en que la Argentina está inscripta (como socio menor) en las redes globales de intercambio.

Bibliografía citada

Aguilar, Gonzalo. 2006. Otros mundos. Un ensayo sobre el nuevo cine argentino. Buenos Aires: Santiago Arcos.

Aprea, Gustavo. 2008. Cine y políticas en Argentina. Continuidades y discontinuidades en 25 años de democracia. Buenos Aires / Los Polvorines: Biblioteca Nacional / Universidad Nacional General Sarmiento.

Beceyro, Raúl. 2000. ‘Nueve Reinas: la última estafa,’ El Amante de Cine 103: 2-3.

Beceyro, Raúl; Filipelli, Rafael; Oubiña, David; and Pauls, Alan. 2000. ‘Estética del cine, nuevos realismos, representación. Debate sobre el nuevo cine argentino,’ Punto de Vista 67: 1—9.

Copertari, Gabriela. 2005. ‘Nine Queens: A Dark Day of Simulation and Justice,’ Journal of Latin American Cultural Studies 14, 3: 279-293.

Di Núbila, Domingo. 1998. “Argentine Pix Heat up at Home,” Variety, 23—29 March 1998, p. 48.

Eseverri, Máximo y Luka, Ezequiel. 2003. “Introducción,” en Generaciones 60/90: cine argentino independiente, ed. Fernando Martín Peña. Buenos Aires: Fundación Eduardo F. Constantini, pp. …

Falicov, Tamara. 2007. The Cinematic Tango: Contemporary Argentine Film. London: Wallflower.

Getino, Octavio. 2005. Cine argentino: entre lo posible y lo deseable. Buenos Aires: INCAA/Ciccus.

Maranghello, César. 2004. Breve historia del cine argentino. Barcelona: Laertes.

Minghetti, Claudio D. 2007. ‘Todo el cine argentino que se verá en 2007,’ La Nación, 10 de enero de 2007: 8.

Oubiña, David. 2003. ‘El espectáculo y sus márgenes. Sobre Adrián Caetano y el nuevo cine argentino,’ Punto de Vista 76: 28-34.

Sabat, Cynthia. 2004. ‘El ilusionista del millón,’ Holacine, septiembre de 2004. Recopilado en: ‘Archivo de Cine de MCI’, visitado en octubre de 2013: http://archivodecine.blogspot.ch/2009/05/sobre-fabian-bielinsky.html

Schwarzböck, Sílvia. 2009. Estudio crítico de Un oso rojo. Buenos Aires: PicNic.


[1] Intervención de Alan Pauls, en Beceyro, Filipelli, Oubiña y Pauls, 2000: 1.

[2] La segunda mitad de los Ochenta vió el cierre de más de la mitad de los cines del país por presiones económicas: de las 900 salas todavía en funciones en 1986 solamente restaban 427 en 1989, con un declive especialmente pronunciado en el interior del país y entre los cines de barrio. El punto más bajo fue alcanzado en 1992, con apenas 280 salas todavía en operación. En años subsiguientes, esta tendencia se invertiría paulatinamente gracias a la expansión de los multiplex, propiedad de compañías como Hoyts General, Village y Cinemark que aprovechaban la proliferación de los shoppings — resultando también en una mucho mayor concentración de salas en los distritos comerciales de los grandes centros urbanos que en la década anterior (Aguilar, 2006: 195-197).

Milagros del ajuste

Cada semana, acá voy a postear un fragmento o la versión completa de algún texto reciente (y a veces no tanto) con el enlace a la versión completa. Hoy, en conmemoración del vigésimoquinto aniversario de La ciénaga de Lucrecia Martel, comparto un artículo originalmente publicado en 2009 en la revista Pensamiento de los confines (enlace a versión original).

Pongamos por caso que, además de una marca registrada en el circuito transnacional de imágenes y sonidos, el llamado “Nuevo Cine Argentino” –al menos en un momento inicial talvez ya lejano– haya cargado también con el significado de una apertura, una ruptura hacia la posibilidad de nuevos sentidos, un acontecimiento. Para acceder a tal dimensión quizás sólo hipotética, habría que someterlo a este cine a una crítica no tanto de los relatos sino de cómo éstos reposan sobre la construcción de una mirada reveladora. Quiero decir, si el cine es hoy esencialmente un archivo de convenciones y procedimientos de encadenamiento de imágenes-sonidos que se aúnan en unidades espacio-temporales a partir y en función del aparato sensorial de un público interpelado como sujeto individual y como colectivo anónimo, una mirada reveladora sería aquella que surgiese de un uso novedoso de ese ensamblaje propio de la modernidad del siglo pasado, a fin de convertirla en una intervención crítica en el presente (eso que delimita el espacio-tiempo de la proyección y que suele referenciarse oblicuamente en éste como fuera-de-campo). En éstas líneas propongo analizar los modos en que algunos filmes argentinos recientes intentaron construir una crítica del presente a través de la incorporación “contrariada” de regímenes de la mirada propios de una era caracterizada por la especularización exhaustiva de lo social. En La ciénaga de Lucrecia Martel y Ciudad de Maria de Enrique Bellande, el milagro como “acontecimiento escópico” doble (la visión íntima concedida al creyente, o forjada por su voluntad histérica, y su reconversión inmediata en espectáculo barroco a través de los medios audiovisuales y digitales masivos) sirve de reflejo y contraste a un cine que, gracias a esa incorporación contrariada, puede solicitar una mirada crítica. Lo cinemático es entonces aquello que interviene entre las dos visiones –la “aparición” original y su sustitución por el espectáculo audiovisual–, con el efecto de quebrar su ilusoria identidad e inmediatez. Surge así una imagen que es al mismo tiempo crítica de la imagen – crítica que es, por supuesto, también la del propio cine, al reconocer éste en las dos magias sobre las que se impone, una vez más la suya propia.

Fe y fluidez

El milagro es el origen de la fe y también su horizonte. Suspensión momentánea del tiempo, induce a un estado de gracia que remite al comienzo y al fin de las cosas permitiendo precisamente así el recomienzo de una sucesión que ya se sabe cargada de otra temporalidad. El milagro anuncia la inminencia de la redención a través de su postergación indefinida. En eso se parece al dinero: el no-objeto metafísico que facilita la expansión inifinita del intercambio material a través de su interrupción perpétua, al introducir en aquél un tercer término que permite contabilizar, “encarnado en una sustancia tangible,”[i] la misteriosa relación entre valores que, de otra manera, permanecerían inconmensurables uno al otro. No es sorprendente, por lo tanto, la íntima asociación entre las creencias milagrosas y una modernidad que ha ido paulatinamente extendiendo la mediación trascendental de la relación de capital hasta la última fibra del tejido social, instalando lo sagrado hasta en lo más íntimo de la cotidianidad. Como afirma el historiador Jaroslav Pelikan, entre el comienzo de la década de 1980 y mediados de los noventa, se han registrado mayor cantidad de apariciones de la Virgen María, en lugares tan diversos como Ruanda, Australia, Nicaragua, Estados Unidos y Argentina, que en todo el lapso entre 1830 y 1930, conocido entre los especialistas como el “gran siglo de apariciones marianas”.[ii] Pero si éstas, movilizadas por el aparato eclesiástico, insertaban la doctrina católica y sus dramaturgías rituales de peregrinaje y expurgación en la construcción de un espacio ideológico y territorial de la patria, en contestación directa a las corrientes secularistas y anticlericales del nacionalismo moderno,[iii] la proliferación milagrosa de los últimos tiempos ocurre por el contrario en un contexto de debilitamiento de los estados y de transnacionalización de los flujos materiales y simbólicos de capital propios de la globalización y del eufemísticamente llamado proceso de ajuste estructural de las economías nacionales.

Cabe preguntar, entonces, por los vínculos y correspondencias entre la monetarización especulativa impuesta por la “revolución conservadora” desde principios de los años 70 –el milagro económico– y esa reemergencia masiva de formas arcáicas de devoción. Desde luego que no puede evitarse, ante el derrumbe actual de la soberbia casa de naipes construida por los ideólogos neoliberales, cierta sensación de que el capitalismo tardío se haya aprestado a cumplir al pie de la letra los sombríos presagios borroneados por Walter Benjamin en el fragmento “El capitalismo como religión,” donde especulaba sobre la pulsión destructora de un culto al endeudamiento inexpugnable, regido por “la desesperación creciente hasta convertirse ésta en estado religioso del mundo, del que se espera la redención.”[iv] Por otra parte, el culto mariano actual es sólo una faceta de la galaxia de esperanzas y clamores depositados en un vasto elenco de santos y espíritus de creciente híbridez y alcance gracias a las posibilidades difusoras de los medios audiovisuales y digitales, con los que deben competir hoy las iglesias católicas y protestantes, incluyendo en su abanico de sincretismos los cultos emergentes a estrellas difuntas de la telenovela, la cumbia y la crónica policial.[v]

Como sugieren Manuel A. Vásquez y Marie F. Marquardt, apariciones y milagros participan hoy de un proceso complejo de “creación global de lo local,” proceso que envuelve dinámicas micro- y macropolíticas entremezcladas: entre otras, los cambios introducidos por la transnacionalización del capital en el tejido de jerarquías y dependencias de clase, género, étnia, etc. que conforman una localidad; el ajuste de prácticas y objetos devocionales impulsado desde el Vaticano en el marco del “Proyecto Nueva Evangelización”; la diseminación y el desplazamiento de prácticas simbólicas a través de migraciones intercontinentales y la posibilidad de acceso virtual entre espacios-tiempos lejanos brindado por internet y los canales internacionales de televisión satelital.[vi] Lo sagrado, entonces, resurge hoy desde las entrañas mismas del “híperespacio” producto de una compresión espacio-temporal que instala a la virtualidad como condición primaria y nivelizadora de sociabilidad globalizada.[vii]

Tiempos cautivos

Ante esa virtualización comprehensiva de las relaciones económicas y sociales, la fe y el dinero encuentran su suelo común en el espectáculo. Así, en La ciénaga (2001), primer largometraje de Lucrecia Martel, es la pantalla televisiva donde originan milagros y apariciones de diverso orden. En una escena, Mecha –el personaje de Graciela Borges– mira en la tele una publicidad de refrigeradoras “Upsala”; en el próximo plano de su dormitorio el mismo aparato se ha materializado como por acto de magia (el filme nos permite reconstruir el origen técnico de esa aparición, al entregarnos antes de cortar la imagen televisiva del número al que hay que llamar para comprar la refrigeradora a crédito).  En otros momentos, la pantalla entera está tomada por sucesivos noticieros de la televisión local, entrecortados con tomas de las habitaciones donde distintos habitantes de la finca La Mandrágora asisten al programa, que relata un “caso” de aparición de la Virgen en la vecina ciudad de La Ciénaga. Junto con otros motivos o tópicos –el viaje eternamente postergado de Mecha y Tali a Bolivia; el cuento del perro-rata que asusta al niño Luciano; la llegada varias veces anunciada y desmentida de Mercedes– los noticieros participan del “sistema de pivotes” narrativos que movilizan una trama de acciones estancadas y desconexas. Como sugiere David Oubiña en un análisis agudo del filme, más que una sucesión hay en La ciénaga un tejido de acontecimientos cuya irresolución es incrementada todavía por la composición del plano a destiempo y contrario a las reglas clásicas de organización espacial de la toma. Esa dislocación en tiempo y espacio, mimetizándose con un tipo de percepción infantil, produce un efecto de amenaza y exposición a lo desconocido, un “régimen de inminencia” permanentemente cargado de amenazas. Como bien lo resume Oubiña: “La sucesión de pequeños accidentes y de situaciones de riesgo nunca modifica el comportamiento de los personajes; pero la alternancia entre peligro e inacción […] produce una acumulación conflictiva y, por consiguiente, un crecimiento de la tensión dramática que sólo puede resolverse en una catástrofe.”[i]

Ahora bien, ante esa pérdida de anclajes espacio-temporales que padecen los personajes, y que la película le impone a su audiencia a través de la composición y del montaje de planos, los “pivotes” ofrecen el refugio mínimo de una obsesión o angustia compartidas; un tópico donde coincidir momentáneamente para posibilitar el encuentro y la conversación, tal y como la habitación (y la cama) de Mecha se convierte en lugar de reunión familiar tras el accidente de su ocupante principal.  Pero si la serie de noticieros acerca del “milagro” participa de la función estructural de estos lugares comunes, también se diferencia de éstos al remitir a un “afuera” del espacio casero de la finca y sus ramificaciones (la casa de Tali, el apartamento de Mercedes en Buenos Aires). La noticia televisiva proporciona así un horizonte o punto de fuga, una exterioridad virtual donde por una vez pueden confluir las miradas de los personajes dispersos por ese interior laberíntico y absorbente que es la casa familiar. Pero no sólo las de ellos; también las miradas de toda aquella población despreciada y temida de “kollas”, “chinas” e “índios” con la que los familiares de Mecha y Tali, representantes de una oligarquía local en terminal declive, sólo interactúan por vía del servicio doméstico, de las incursiones infantiles en el monte o de esporádicos estallidos de violencia, confluyen en la pantalla chica, como demuestra la aparición en cámara de los primeros “peregrinos,” hombres humildes de vestimenta y dicción campestre. Es, también, mirando las emisiones televisivas tiradas en la cama a la hora de la siesta, que se dan los momentos de mayor intimidad entre Momi e Isabel (la hija menor y la sirvienta), las únicas que por momentos parecen capaces de transgredir el cerco familiar de repeticiones compulsivas y de reproducción del sistema afectivo racista, patriarcal y clasista en el que permanece cautivo todo el personal dramático.  En suma, entonces, la noticia del milagro proporciona una suerte de centro externo o liminal que organiza desde la virtualidad de la pantalla chica la comunalidad de los lugares y situaciones desde donde se lo mira. Esa función de exterioridad interna se repite a nivel formal, ya que la imagen de la “pantalla en la pantalla” instala al interior del espacio visual de la toma un otro espacio visual. De un modo extraño y trastornado, esa visualidad interior, sin desmentir en momento alguno la cohesión interna de la diégesis, funciona también como reflejo de la exterioridad de nuestra mirada, desestabilizando la ya habitualizada operación de sutura que todos sabemos realizar en una sala de cine, restituyendo con nuestra presencia de videntes un fantasmagórico espacio de plenitud.[ii]

En otras palabras, la crónica visual de la aparición mariana en La ciénaga es al mismo tiempo el punto de fuga interno de la diegesis –el horizonte vacío en el que convergen todos los vectores visuales–  y el relato interno de la relación que el filme construye con la mirada del espectador, al frustrar a través de la fragmentada composición y montaje de planos el deseo de cohesión imaginaria de esa mirada. Para entender cabalmente esa compleja función (auto)crítica, precisamos analizar en detalle la secuencia. Secuencia, a su vez, discontínua porque, como veremos, en sus entregas sucesivas es cortada una y otra vez por la perforación sonora desde otro espacio “otro,” la llamada telefónica desde el departamento de Mercedes en Buenos Aires, el verdadero centro económico del que depende el ingreso familiar y al que, en cambio, se le debe rendir un tributo sexual en forma de sucesivas generaciones de amantes varones. La fuga imaginaria se frustra una y otra vez por el arrastre de lo real: relación que, nuevamente, pone en juego la tensión entre espectáculo, deseo y dinero que introdujimos al comienzo.

Pero vamos por partes. La secuencia comienza con una pantalla televisiva ocupando por entero el espacio de la toma, y donde se muestra a una señora de barrio dirigiéndose a la cámara: “Ahora que estoy mirando, sinceramente no veo nada…” Desde fuera del encuadre, irrumpen otras voces: “Pero mire, ahí está la dueña de casa…” “¡Pero ahí se ve!” “Sinceramente no veo nada. Hace dos horas que estoy acá.” Corte sobre Momi e Isabel en la cama de ésta última, iluminadas por los rayos azules de la pantalla, comiendo nueces o maní (la escena es vagamente erótica, a la vez que invoca a la ceremonia eucarística: Isabel, sentada, le da de comer a Momi tirada en la cama a su lado; la cámara cortando desde un plano mediano a un close-up sobre la cara de Momi al recibir la dádiva de su amada). Sigue la pista sonora del noticiero: “¿Está su hija?” “¿La llamo?” “Sí, por favor.” Vuelve a aparecer en pantalla la imagen del noticiero, ahora mostrando a una mujer joven, morocha, emergiendo desde los fondos oscuros de una modesta casa de barrio: “¿Vos viste a la Virgen” “Sí, sí…” “¿Cómo la viste?” “Yo estaba colgando la ropa, y arriba del tanque vi una luz y bueno, me puse a mirar y vi la Virgen.” La cámara, como para confirmar lo dicho, sube en un paneo héctico por el techo hasta encontrar el tanque de agua, para cortar después contra un close-up de las caras de vecinos y transeuntes, gente humilde de facciones mestizas, cuyas miradas repiten el movimiento mientras la periodista insiste: ¨¿La viste alguna otra vez? ¿Es la primera vez? ¿De cerca o de lejos?” Corte sobre la cara de la joven: “Y, más o menos, yo estaba ahí en el patio y la vi en el tanque…” Empieza a sonar el teléfono; nuevo corte sobre la habitación de Isabel mientras se siguen escuchando voces desde la tele (un hombre: “…me dijo que la veía…”), hasta que, al final, Isabel atiende la llamada. Corte sobre José en el departamento de Mercedes en Buenos Aires.

En esta primera “entrega” de la serie de noticieros ya están desplegados los elementos que, después, serán repetidos con mínimas variaciones (como el punto de vista diegético, que oscila entre las camas de Isabel y Mecha): el inquirir persistente de periodistas y vecinos por reproducir, en palabras, la indecible “verdad” de la visión, redoblado por un manejo burdamente intrusivo de la cámara que a pesar de carecer también de una demarcación rigurosa de tomas difiere notablemente de la composición visual del resto del filme. En lugar de un encuadre que curiosea las acciones pero parece ignorar desde y hacia donde irán (esa visión “mimetizada con un tipo de visión infantil”[iii] que predomina en la composición de la mayoría de tomas), aquí la cámara pretende ocupar un lugar de autoridad omnisciente, de control absoluto sobre el tiempo y espacio, manifestado en el soberbio zoom-in rápido que penetra las caras y pone objetos y lugares a su alcance. Aquí, ese uso torpe de las técnicas afectivas propias del melodrama, esa mútua y tautológica confirmación entre palabra e imagen, sugiere nada menos que la inminente reproducción del milagro en pantalla. Obviamente, esa re-aparición se posterga una y otra vez para más allá del próximo corte publicitario, ya que es así, precisamente, como coinciden y se retroalimentan las temporalidades de la fe y de la mercancía.

En las últimas emisiones, la máquina del espectáculo termina por adueñarse por completo del “milagro”, desmentido ya por su testiga inicial (la escena es notable: sobre un plano mediano de la joven, se escucha la voz de su madre: “Mi hija no quiere hablar, está muy cansada. La verdad que no quiere hablar con nadie.” Zoom-in sobre el rostro de la chica, la cámara penetrando en la penumbra del cuarto, esquivando el cuerpo protector de la madre. Periodista: “¿Miriam? ¿No aparece más la Virgen?” La joven mueve lentamente la cabeza en signo de negación. “Bueno.” La madre cierra la puerta. Empieza a sonar un teléfono. Periodista: “En esta intersección del barrio San Francisco hay algo que no deja de preocupar…” Corte sobre Mecha en la cama, contestando la llamada –”hola Mercedes … no, son esos índios que nunca saben atender las llamadas … ¿qué?” Entra José a atender; desde la televisión se escuchan rezos, la voz de la periodista: “La aparición se ha producido justamente en el tanque de agua…”).

Lo que estudia la secuencia de noticieros es entonces la dislocación del “milagro” desde la intimidad epifánica o psicótica de la chica de barrio hacia la publicidad melodramática del espectáculo televisivo donde termina por realizarse de veras: la aparición “se ha producido” precisamente cuando se ha fusionado completamente con el espectáculo, cuando se ha logrado producirla como espectáculo, cuando espectáculo y aparición se han fundido como por milagro. Es por eso que se frustra el intento de Momi por restituir la felicidad perdida (el tiempo anterior a la partida de Isabel y la muerte de Luciano) acudiendo al sitio sagrado: “Fui adonde se aparecía la Virgen. No vi nada.” Porque, “justamente”, ahí ya no hay nada para ver desde que la visión se ha fundido con la televisión, que es visión postergada: visión después –y también más allá– de la visión.

Los críticos principales del filme se han apresurado a leer en la afirmación de Momi el momento de desencantamiento productor de conciencia propio de la novela de iniciación moderna: “Quizás ella, finalmente, ha entendido,” dice David Oubiña, refiriéndose a una posible comprensión de “lo falso y artificioso,” “la torpe manipulación” que ejerce el espectáculo televisivo.[iv] Quizás efectivamente sea así; pero me parece que esta lectura desatiende la peculiar relación de intimidad personal que Momi ha sabido construir hasta ahí con “el milagro,” relación cuya emergencia habíamos presenciado precisamente a través de la serie de noticieros que también eran la cifra visual de los momentos de cercanía entre ella e Isabel. Coincidencia, por supuesto, que Momi desde el comienzo mismo del filme había traducido en un lenguaje religioso (uno de los primeros planos la muestra rezando en voz baja, acostada al lado de Isabel, y dándole las gracias a Dios por el don de su amada). Quiero decir, el “peregrinaje¨ de Momi antes que como un episodio de desilusión religiosa tal vez deba leerse más bien como un ritual de duelo amoroso, tal y como la asistencia a las entregas del milagro-espectáculo había proporcionado para ella el lenguaje ritual de un estado de felicidad –de gracia– nunca antes experimentado. De este modo, su historia entronca con la de Amalia en La niña santa, quien también se adueñará de una figura del ideario católico –el llamado– para construir a partir de ella su emergente subjetividad sexual. En Amalia como en Momi, esa apropiación del milagro para construir con él un lenguaje ritual altamente personal, vehiculiza procesos de subjetivación que pueden o no terminar en el desencanto secularizador que sugiere Oubiña. Pero antes que eso, apuntan hacia una multiplicidad de usos íntimos del milagro-espectáculo, visión vacía que se torna fetiche y que, como éste, puede ser investida de significados y poderes diversos y contradictorios.

Ahora bien, en ambos filmes el milagro, como el no-acontecimiento cuya inminencia eterna escande la temporalidad de los personajes, es también una especie de figura-reflejo de aquel otro que, a pesar de sufrir también interminables prórrogas y postergaciones, eventualmente sí ocurre: el accidente.[v] Como ha sido notado ampliamente por la crítica, la temporalidad de repetición y estancamiento de La ciénaga es un tiempo cautivo entre dos accidentes, la caída inicial de Mecha y la última y fatal de Luciano; pero adentro de ese tiempo muerto significado por las siestas interminables está también la catástrofe más íntima y personal para Momi del embarazo de Isabel que ya augura la partida de ésta. La secuencia de esa revelación es filmada con una sutileza tierna, apoyándose en la visión de Momi tras el umbral de una puerta interior del boliche donde Isabel acude en procura del Perro; como Momi, no escuchamos las palabras de los novios por debajo de la música cumbiera de fondo, pero podemos leer en la cara tensa de la chica y en el encuadre que la muestra cada vez más aislada en el ambiente extraño, la comprensión naciente de una ruptura. A esa imagen-afecto, uno de los pocos momentos de intensidad emotiva del filme, sigue un corte abrupto al tanque de agua del noticiero televisivo, y luego la entrevista final a “Miriam” donde se confirma el final de las apariciones. A su vez, en La niña santa, milagro y accidente se confunden en el relato del bebé salvado por la intervención de su madre muerta en un accidente de tránsito, que se cuentan las chicas al visitar el sitio donde “ocurrió el hecho”: pero es también, nuevamente, un lenguaje cifrado del deseo el que emerge del cruce entre esas dos figuras de ruptura, un estado de excitación que estalla en gritos y correrías por el bosque, perdiendo y encontrándose las chicas entre chillidos y rezos, amplificados súbitamente por el peligro real de unos tiros que perforan el silencio del monte.

Accidente y milagro son, en ambos filmes, las figuras de transformación que condensan las experiencias de metamorfosis de aquellos personajes que son los portadores de la mirada: las adolescentes. Lenguajes del deseo, enmarcan un espacio-tiempo libidinal donde la transgresión y la salvación se confunden. Pero sobre todo, corresponden a un tipo de experiencia que tiene al personaje como espectador más que como actor de una situación que excede sus facultades de protagonizar y así reconvertirla en movimiento narrativo, en imagen-acción: experiencia que tiende a la “situación puramente óptica y sonora” que Deleuze atribuía a los personajes niños del neorrealismo y de la nouvelle vague, pero también la ingenuidad crítica del “niño-director” de Rancière.[vi] A lo que voy es que, en ambos filmes de Martel, esas actitudes propias de las adolescentes, de procesar y verosimilizar experiencias de transformación que les sobrevienen sin que ellas puedan controlarlas (aunque, precisamente, la creencia milagrosa proporciona una suerte de control, si bien dentro de una lógica fetichista), no sólo no contrastan sino que se confunden con la pasividad y el des-control sufrido por el mundo adulto. Señalan a un estado de experiencia histórica que también sólo conoce al milagro y al accidente como móviles de cambio, una vez perdidas las riendas del propio destino: un tiempo enmarañado, como en la terrible imagen de la vaca atrapada en el lodazal de La ciénaga, cada uno de cuyos movimientos ya sólo acelerará su hundimiento. Tiempo signado, pues, por la pérdida de espacios de maniobra que convierte a todos los personajes en espectadores más que actores de su propio quehacer, portadores de miradas agonizantes postrados en camas y reposeras. Temporalidad barroca que, sugiere Idelber Avelar, sintomatiza antes que nada el estado de posdictadura, “no tanto la época posterior a la derrota (la derrota todavía circuscribe nuestro horizonte, no hay posteridad respecto a ella), sino más bien el momento en el que la derrota se acepta como la determinación irreductible de la escritura”.[vii]

El milagro de la historia

Pero si, para Avelar, sólo esa escritura que se construye desde el corazón mismo, la crípta, del estado de derrota, puede alcanzar una fuerza crítica volcada en contra de su propia materialidad, esa misma fuerza, en el cine, pareciera resultar de la incorporación de la mirada ingenua solicitada por el espectáculo y el milagro, pero para construir a partir de ella una “fábula contrariada”. Es ahí, sugiero, donde confluyen los ejercicios martelianos de exposición a través de la mirada infantil o adolescente y el trabajo sutil de encuadre y edición de Ciudad de María (Enrique Bellande, 2003), documental notable sobre la transformación de San Nicolás, provincia de Santa Fe, de la ciudad-fábrica del acero en la ciudad-santuario de la neorreligiosidad posindustrial. En Martel como en Bellande, la fuerza crítica del relato cinematográfico es producto de la incorporación, como principio de composición del plano, de la mirada “inocente” o “ingenua” que solicitan el espectáculo y la fe (y el espectáculo de la fe). Ésta se vuelve una forma de exposición crítica justamente al empezar a formar parte de un relato visual que no comparte su lógica. Al someterse al trabajo cinematográfico de edición y montaje, la imagen generada por la mirada ingenua es contrariada por aquello que ha buscado suprimir en su pretensión de inmediatez sensible. Hay contrariedad, en otras palabras, porque la imagen pertenece a otro modo de experiencia histórica que la trama cinematográfica en la que se encuentra inserta, modos de experiencia que en el caso argentino –como demuestra Ciudad de María– están íntimamente vinculados, por un lado, con los avatares sucesivos del peronismo entre 1945 y 1973, y por el otro con el menemismo como culminación del barroquismo posdictatorial.

El “relato” de Ciudad de María avanza en dos ejes que recrean en la materia fílmica misma el movimiento espacio-temporal propio de la devoción mariana: por un lado, acompaña a los peregrinos quienes, desde distintos lugares y por distintos móviles, se van acercando paulatinamente al sitio sagrado; por el otro, vuelve a hurgar en la historia del “milagro” (vuelta a contar todos los años, como vemos al acompañar al periodista local en su rutina de entrevistas a testigos y autoridades, trabajo que ha realizado –explica– desde que le tocó “destapar” la aparición de la Virgen a Gladys Motta, vecina de la localidad). Ambas tramas, el viaje en el espacio y el viaje en el tiempo (hacia el “origen” y de ahí nuevamente al presente), finalmente confluyen en el rito extático de la procesión, realizada precisamente en el aniversario de la primera aparición. Ese tramo final, donde el ritmo de la película parece coincidir por entero con el de su objeto, ha sido criticado como una “deposición de armas” por parte del cineasta, en “reconocimiento de que no es posible resistirse a la seducción del espectáculo”[i]. Sin embargo (como termina sugiriendo el mismo crítico), en realidad la secuencia admite también la lectura opuesta ya que, al encontrarse inserta no sólo al final del trayecto ritual sino también de su incorporación como el doble eje de una narración cinematográfica, esta secuencia ya está irremediablemente saturada de historicidad. La multitudinaria expresión de fe, intervenida por el cine, no puede sino volverse expresión histórica. Y la secuencia donde celebra su triunfo el espectáculo del milagro es en realidad el triunfo del trabajo cinematográfico sobre ese mismo espectáculo, al que ha logrado imponer nuevamente su rigor narrativo de fábula contrariada.

Ese triunfo está simultáneamente marcado y renegado por los dos paneos que abren y cierran el filme. En el primero, la cámara abarca, en un largo travelling de izquierda a derecha sobre la ciudad, el río con las instalaciones fabriles y el centro con sus torres de departamentos y oficinas, hasta pararse en la basílica en construcción. En el último, el encuadre se abre desde el templo a una panorámica de la ciudad, inundada por la luz violácea de un atardecer kitsch. Ya no se ven ni el río ni las fábricas. El movimiento narrativo del primer paneo ha sido cancelado por el movimiento radial del acontecimiento milagroso que borra la historicidad de aquél como también la propia. Su triunfo, sin embargo, viene demasiado tarde: ya el filme nos ha mostrado la historia de esa imagen, que no es otra que la del reemplazo paulatino de la imagen inicial. Ciudad de María, en otras palabras, es la historia del traspaso de una visión a otra: y es así como, a su pesar, la imagen radial de la ciudad-santuario es forzada a decir su propia historicidad, a volverse ella misma visión histórica, figura del momento histórico que ha pretendido ofuscar. Su victoria, gracias al trabajo sutil y paciente del cine, se ha vuelto pírrica.

Todo el filme, de hecho, puede leerse como un despliegue de esa gran tensión entre dos imágenes que remiten a dos regímenes de visibilidad distintos. Lucha que queda instalada desde las primeras tomas que siguen a la panorámica del comienzo: una “movilera” de un canal privado de televisión, preparándose a filmar una nota frente a la casa de Gladys Motta, rodeada de una multitud de peregrinos (ella aparece filmada por la cámara de Bellande que –aquí como en otras tomas que muestran el trabajo de producción de la noticia– cancela el efecto de inmediatez televisiva): “Ésta es la casa de Gladys Motta. Según la tradición, la Virgen se le apareció por primera vez el 25 de septiembre de 1983…”[ii] Corte a una cámara móvil que, entre los créditos de producción del filme, se inmersa en la multitud, aprovechando las entrevistas que la movilera saca a varias mujeres (“…nunca se la ve en fechas como ésa…” “¡No sale!” “Si siempre viene a saludar a los peregrinos…” “Sí, la vieron, la vieron…”). Terminan los créditos, y la cámara ha llegado, como si se hubiese escondido entre ellos, al zaguán de la casa, enfocando a un hombre anciano levantando los montículos de cartas que han dejado los peregrinos. El hombre repara en la cámara y se abalanza sobre ella: “Che pelotudo, qué me venís filmando acá…” La cámara retrocede, empiezan a intervenir los peregrinos: “¡Andá!” “Así no se hace…” “Si están las cámaras presente es imposible…” (una mujer de rostro gastado, asumiendo un improvisado papel de portavoz:) “Por una cuestión de privacidad de la señora. Se pide que se respete. Es lo único que se solicita. Que se retiren del sector con las cámaras. Es por el bien de todos.”

Una y otra vez, a lo largo del filme, la cámara pierde la batalla contra los fieles quienes, en una ocasión, hasta llegan a improvisar una manifestación espontánea (“¡Qué se vayan! ¡Qué se vayan!”) a fin de impedir que el equipo de Bellande filmara a la vidente, ahuyentándola de sus miradas. Pero esa hostilidad violenta a que se grabe a Gladys, como si la captura fílmica pudiera interponerse irrevocablemente a su contacto personal, su propia visión de la vidente, contrasta con la proliferación barroca de imágenes generada por el culto: desde las estatuas, medallones y pañuelos de la Virgen de todo tamaño y valor que se comercializan por toda la ciudad (incluyendo a varias actrices que se ganan la vida haciendo de “estatuas vivas”, sacándose fotos con los peregrinos, besando bebés y descapacitados a cambio de contribuciones módicas) a la cobertura periodística y televisiva non-stop de los rituales peregrinos. Entre el secreto y el exhibicionismo, la cámara de Bellande revela un régimen de visibilidad doble que remite a una duplicidad al interior del propio culto mariano, una doble puesta en escena del milagro: por un lado el “santuario”, de dimensiones babélicas, donde se adora a la imagen de la Virgen en rituales múltiples que van del acto de besar su casco de vidrio al suministro de agua bendita; por el otro, la casa barrial de Gladys Motta donde los peregrinos le dejan a la vidente sus pedidos escritos. Pero de esta manera Gladys, esa ama de casa humilde que volvió oportunamente a su encierro doméstico para dejar protagonismo a Dios y a la Virgen, en palabras del Padre Pérez, el cura parroquial transformado en “rector de la Basílica de la Virgen del Rosario”, se convierte como ésta última en mujer hablada por una multitud de locutores, eclesiásticos y televisivos.[iii] Y el filme muestra que recién a partir de esta cobertura mediática de la mediación inicial surge “el milagro” como acontecimiento y como espectáculo, al mismo tiempo que su poder de atraer a los fieles depende crucialmente de esta presencia muda de la vidente original por fuera de la visibilidad ritualística oficial.

En otras palabras, el doble régimen de visibilidad del “milagro” está basado en dos sistemas espacio-temporales: por un lado, la virtualidad “glocalista”[iv] del milagro-espectáculo cuyo acontecer ritual –como en La ciénaga– tiene lugar en y para los medios audiovisuales (y digitales) masivos; por el otro, el contacto personal e íntimo (no importa aquí si real o imaginario), a través de la escritura, con la vidente quien debe permanecer off camera justamente para preservar la posibilidad de un anclaje material, una localidad en tiempo y espacio que el régimen del espectáculo ya sólo conoce como “tradición” o mito fundador. Que la escritura epistolar intervenga justo en este nivel de ritualidad es interesante ya que ella remite a la materialidad y secuencialidad narrativa de una memoria mediada por la historia; un modo de experiencia cuyo ápice la película identifica entre nostálgica e irónicamente con el estado de bienestar nacional-fordista. Es decir, propulsada por la “tradición” milagrosa a hurgar en el archivo, el filme de Bellande se encuentra con su propia tradición, la tradición del cine como operador del sueño de la modernidad. Marcado en la película por los números que indican el comienzo de la cinta fílmica, Bellande inserta en su relato un clip publicitario de la empresa metalúrgica Somisa que presenta una imagen de contenido y textura radicalmente distinta de las anteriores (filmadas en vídeo digital): una suerte de edad de oro del estado nacional de bienestar – un amanecer en el río; obreros en la fábrica, con música de orquesta de fondo y un eslógan que resume: “Todo es acero.” Pero antes de proseguir a mostrar los múltiples beneficios del progreso industrial en una ciudad “identificada con la empresa,” “preparándose para el mañana” en pos de “alcanzar un mejor nivel de vida,” de manera que, de hecho, “acero es vida” (un bebé recién nacido; corte a un close-up de la cara feliz de su madre joven), Bellande interrumpe la continuidad del clip insertando una imagen del centro urbano actual. Atrás, una voz de noticiero hace memoria: “La centenaria San Nicolás de los Arroyos era una ciudad rebosante de industrias y trabajo, con gentes de mucha fe religiosa…”

Contra ese relato consolador de una fe de acero que pudo superar hasta la desaparición del mismo, intervención divina por mediante, Bellande edita una secuencia fragmentada de noticieros que cuentan la historia de despidos, luchas y derrotas que causó el cierre de Somisa en 1991. Repasando esas instantáneas del pasado reciente, el filme encuentra el momento exacto en que el reclamo sindical y la lucha política por las fuentes del trabajo se transformaron en petición religiosa; momento en que se pasa del desafío a la desesperación. Es entonces cuando, entre los obreros despedidos manifestándose ante las puertas de la empresa, empiezan a aparecer pancartas con la figura de la Virgen (Un obrero: “!Tengo cinco hijos y me quedo sin trabajo en San Nicolás! ¡Tengo cinco hijos!” Levantando una imagen de la Virgen: “!Yo soy católico igual que vos! ¡Dios te salve María, llena eres de gracia! ¡Vamos!” Empiezan a rezar; voz de movilero: “Los obreros enarbolan imágenes de la Virgen del Rosario, recientemente entronizada en San Nicolás a partir de las visiones que tuvo una habitante de la población…” Corte sobre la calle del Santuario actual, un vendedor ambulante ofreciendo alfajores con el rostro de la Virgen: “Dos pesos los alfajores…”). O sea, recién a partir de la derrota de 1991 empieza a convertirse en acontecimiento público y colectivo la aparición, en 1983, de la Virgen a Gladys Motta, hecho que, al parecer, hasta ahí sólo era promovido por un pequeño y oscuro grupo de personajes cuyos vínculos con la dictadura militar la película deja sin explorar (así, “el psiquiatra” a quien el Padre Pérez encomienda el estudio clínico de Gladys Motta, afirma que “yo creí desde el primer momento en que ésto era realidad por lo que ya nos había sucedido…”). Pero lejos de constituir una falla, esta falta de énfasis en el vínculo entre iglesia y genocidio, a fin de poder mantener la actitud documental de muda y aparentemente ingenua observación, es tal vez lo que le permite al filme revelarnos algo más importante aún, a saber, que recién los noventa eran el momento en que la temporalidad barroca de la posdictadura pudo encontrar su realización plena.

Pues es ésta, a mi entender, la proposición que construye el filme al proceder hacia el final (“la procesión”) en un montaje paralelo entre la reconstrucción histórica y el viaje espacial de los peregrinos que vienen acercándose al sitio sagrado. Este último también tiene como hilo conductor a una serie de noticieros, esta vez del canal católico Telefé, cubriendo el viaje del ciclista ciego Cristian Reboa (viajando en una bicicleta tandem compartida con su primo vidente) de Buenos Aires a San Nicolás, a entregar a la Virgen los pedidos de niños hospitalizados en la Casa Cuna. Utilizando todo un arsenal de técnicas afectivas, desde la música sentimental de fondo a los repetidos close-ups en cámara lenta de los niños que Cristian había visitado en la nota inicial, la serie exhorta al público a la identificación emotiva, apoyándose también en los dotes actorales nada despreciables de su personaje central: “Hasta San Nicolás no paramos… y pedimos a todo el pueblo argentino que recen con nosotros … y bueno: ¡síganme juntos, por Telefé!” “Lo estoy haciendo por ustedes y no se olviden de rezar por mí. ¡Chau!” El mensaje es reforzado por “Milva”, la rubia presentadora en el estudio (“¡Y claro que la Virgen lo va a escuchar! La Virgen lo está esperando a Cristian. ¿Y saben por qué lo está esperando? Porque va por los débiles, por los chicos… va por la vida, y con eso alcanza.”), por los movileros cubriendo la nota y por la sucesión de subtítulos que ofrecen aún más variaciones sobre el mantra central: “Con los ojos del corazón. El no vidente Cristian Reboa partió a San Nicolás”; “Cristian por los chicos. Acompañamos su viaje a San Nicolás”; “Cruzada por los chicos. La emoción de Cristian Reboa”; etc. Sobreabundancia de imágenes y sonidos, de frases dichas y escritas repitiendo una y otra vez lo mismo, y a cuyo centro el “no-vidente” proporciona una suerte de objeto ideal para que puedan converger sobre él todas las miradas, la serie es también una suerte de espejismo, de versión negativa, de la visita una y otra vez frustrada de la cámara de Bellande a la casa de la vidente elusiva. Frente a la invisibilidad y el misterio de ésta, el bombardeo de imágenes, evidentes hasta la vaciedad.

Como puro espectáculo, el peregrinaje del ciego no puede sino culminar en la basílica del Padre Pérez y no ante la casa de Gladys. La secuencia es una suerte de crescendo extático donde la exaltación mística del flagelante se combina con el exhibicionismo feroz del reality show: un movilero trajeado y con micrófono lo recibe al ciclista exhausto y acechado por una multitud frenética (subtítulo: “Cristián por los chicos. Emotiva llegada a San Nicolás”), oficiando de mediador entre éste, los presentadores en el estudio y nosotros los espectadores. “¡Llegaste, Cristian, llegaste! ¡Mirá quien está por acá! ¡Está papá Mario, mamá Rosa¡” Se abrazan llorando, la voz del presentador desde el estudio comentando: “Es la mamá de Cristian, precisamente. La mamá también es no-vidente, el papá también.” Interviene Milva, la presentadora: “Y ella es Mirta, la esposa de Cristian, quien lo acompaña en cada uno de sus emprendimientos por la vida, por los chicos, por Telefé.” Jorge, el otro presentador en el estudio: “Es un reencuentro más que emotivo. Con el papá, la mamá, la esposa…” Vuelve a intervenir el movilero, alcanzándole el micrófono a Cristian: “¡Emocionante recibimiento! Cristian, te están escuchando Jorge y Milva desde el estudio.” Cristián, el auricular contra la oreja junto al rosario, con voz moribunda: “Hola… no puedo escuchar, no puedo escuchar…” Enseguida aparece el Padre Pérez, ensotanado, besando y abrazando a Cristian (el movilero acerca su micrófono para que escuchemos la conversación); empiezan a entrar en el templo mientras el movilero lo entrevista al ciego: “Es un momento feliz pero no puedo más, me duele mucho la pierna, se me tiró la gente encima, Jorge…” Llora, rengeando; vuelve el movilero: “Estamos entrando al santuario, Jorge, le cuesta mucho entrar, hay mucho dolor en la pierna.” Así, entre llantos, gritos y aplausos de la multitud, llegan al casco vidriado de la Virgen (“fuerza, Cristian… ¡la última fuerza!”), el movilero comentándole a Cristian y a nosotros cuantos pasos faltan, ayudado por el Padre Pérez, hasta que el ciego toca y besa el vidrio y todos se ponen a rezar; Cristian interrumpiéndose cada tanto y amenazando con desmayarse: “No doy más… no doy más, loco … Santa María madre de Jesús…”

Ante la imposibilidad de filmar a Gladys Motta, la mujer que vió a la Virgen, la televisión toma el camino inverso del cine: construye su propio milagro, modelado lejanamente sobre la pasión de Cristo, para generar así un espacio-tiempo de pura autorreferencialidad, un efecto de inmediatez que no conoce fuera-de-campo. El rosario que coincide con el auricular en la mano del ciego, facilitando la unión mística con María y con Milva y Jorge al mismo tiempo, es la figura a la vez alegórica y literal de esa fe en el espectáculo. En su barroquismo apresurado, el lenguaje espectacular debe sobrecargar a cada instante hasta el desborde, en un exceso estimulativo que no puede dar cuartel para que no afloje el estado de excitación antes del próximo corte publicitario. Consecuentemente, en su traspaso a la pantalla grande del cine, ese lenguaje es expuesto en su carácter intrínsicamente grotesco y la imitación que hace Cristian de los suplicios de Cristo aparece apenas como una torpe y falsa sobreactuación: la farsa radical del retorno inauténtico del teatro en el cine a través de la televisión. Porque la intervención del cine de Bellande es precisamente esa: interponerse, como el lenguaje discontínuo de la modernidad audiovisual, entre el arcaísmo de la videncia y el futurismo de la fe en el espectáculo, entre la casa de Gladys Motta y el templo con sus ramificaciones infinitas por TV e internet, entre el teatro y la televisión (para citar la fórmula de Rancière). El cine interviene entre ambos precisamente al cancelar el efecto de simultaneidad, de revocación del devenir temporal, generado por la unión entre milagro y espectáculo. Pero esa victoria del cine no deja de ser un triunfo amargo. Al final de Ciudad de María, el milagro ya es historia; pero en cambio es la historia la que, restituida a través del montaje cinematográfico, nos afronta como eso que sobrevino desde la exterioridad del milagro y del accidente, y que no cesa en su implacable acontecer.


[i] Aguilar, Otros mundos: 159.

[ii] Desde luego, el uso de la voz “tradición” es otro ejemplo cabal de esa implosión de historicidad en manos del aparato massmediático, no sólo por el extraordinario achicamiento de la memoria que manifiesta al remitir al orden de la leyenda y la tradición oral un “hecho” acontecido a menos de dos décadas de distancia, sino también, y sobre todo, porque es en realidad completamente autorreferencial: la “tradición” es de tan poca duración porque es la tradición de la televisión; una tradición producida en y por los medios masivos posdictatoriales (o sea, privados) para quienes, de hecho, un lapso de quince años equivale a un salto a la lejana prehistoria, a los tiempos míticos de fundación.

[iii] Para más imágenes y datos sobre la extensa obra del Padre Pérez, verdadero autor del milagro de San Nicolás y de un libro titulado, inverosimil pero previsiblemente, Soy tu madre, consúltese el website oficial del santuario de San Nicolás, que incluye oportunidades para realizar un peregrinaje virtual a través del enviado de peticiones por email o del firmado de un pedido electrónico de canonización del milagro santafesino: http://www.virgen-de-san-nicolas.org/default.asp

[iv] La noción de glocalization surgió en el ámbito empresarial, en referencia al modelo de producción introducido originalmente por empresas manufacturadoras japonesas en los años ochenta (el dochukuka). Combina el micromarketing dirigido a multiples públicos locales con un alto grado de flexibilización y descentralización en la producción y distribución, de modo que permite una respuesta rápida a fluctuaciones en la demanda local. Al mismo tiempo que refuerza los efectos de localización a través del monitoreo y la estimulación de prácticas de consumo, contribuye de hecho a la centralización de ganancias y poder en la red de “ciudades globales” de un emergente híperespacio financiero que se ubica por encima de las localidades que distribuye. Ver David Harvey, The Condition of Postmodernity: an Enquiry into the Origins of Cultural Change (Oxford: Blackwell, 1989); Saskia Sassen, The Global City: New York, London, Tokyo (Cambridge: Cambridge University Press, 1988).


[i] David Oubiña, Estudio crítico sobre La ciénaga(Buenos Aires: Picnic, 2007), 27.

[ii] Sobre la economía afectiva de la sutura en el cine clásico, la referencia obligatoria es el famoso artículo de Laura Mulvey, “Visual Pleasure and Narrative Cinema,” in Screen 16, 3 (1975): 6-18.

[iii] Oubiña, Estudio crítico: 16.

[iv] Oubiña, Estudio crítico: 44. Ver también Ana Amado, “Velocidades, generaciones y utopías: a propósito de La ciénaga, de Lucrecia Martel,” ALCEU 6, 12 (2006): 48-56 (esp. p. 52).

[v] Gonzalo Aguilar ha resaltado la importancia del accidente en la organización narrativa de muchos filmes argentinos recientes donde, afirma, “el accidente pone en movimiento a la historia” y donde los cuerpos aparecen abrumados por “un exceso de lo real aleatorio”. Ver Aguilar, Otros mundos. Un ensayo sobre el nuevo cine argentino (Buenos Aires: Santiago Arcos, 2006): 47.

[vi] Gilles Deleuze, Cinema 2: The Time-Image (London: Athlone, 1989), 3; Jacques Rancière, La fable cinématographique (Paris: Seuil, 2001), 95, 99. La película de Albertina Carri, Los rubios, sería otro ejemplo en el cine argentino más reciente, de ese uso crítico de la “puesta en escena infantil”, como posición estratégica desde donde exponer prácticas nemónicas que ya se han vuelto convencionales en la Argentina posdictatorial, y que aquí, en cambio, vuelven a ser entrevistas como si fuera “por primera vez”.

[vii] Idelber Avelar, Alegorías de la derrota. La ficción posdictatorial y el trabajo del duelo (Santiago de Chile: Cuarto Propio, 2000), 29.


[i] Georg Simmel, The Philosophy of Money [1907] (London: Routledge, 1978), 125.

[ii] Ver Jaroslav J. Pelikan, Mary Through the Centuries. Her Place in the History of Culture (New Haven, CT: Yale University Press, 1996).

[iii] Ver Thomas A. Kselman, Miracles and Prophesies. Popular Religion and the Church in Nineteenth-Century France (New Brunswick, NJ: Rutgers University Press, 1983); también Peter Beyer, Religion and Globalization (London: Sage, 1994).

[iv] Walter Benjamin, “Kapitalismus als Religion,” Gesammelte Schriften, Band VI. Fragmente, Autobiographische Schriften (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 1991), 101.

[v] Los ejemplos más notorios en la Argentina son los cantantes de cumbia Gilda y Rodrigo Bueno, ambos fallecidos en accidentes de tránsito en 1996 y 2003, respectivamente. Otro tipo de devoción es la profesada a víctimas de crímenes ampliamente difundidos en los medios, como en el caso de María Soledad en Catamarca. Mientras tanto, en Colombia y en el norte mexicano se registra el fenómeno de los narcosantos como Jesús Malverde, reinterpretando la clásica figura del bandido social. Cristian Alarcón ha estudiado fenómenos parecidos en las villas miseria del conurbano bonaerense. Ver su Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Buenos Aires: Norma, 2003); también Frank Graziano, Cultures of Devotion. Folk Saints of Spanish America (Oxford: Oxford University Press, 2007).

[vi] Manuel A. Vásquez & Marie F. Marquardt, “Globalizing the Rainbow Madonna: Old Time Religion in the Present Age,” Theory, Culture and Society 17, 4 (2000): 119-43.

[vii] Por lo tanto, sugiere Shawn Wilbur, “las raíces más profundas de la virtualidad parecen remontarse a una Weltanschauung religiosa donde poder y bondad moral se unen en la virtud. La característica de lo virtual es su capacidad por producir efectos, o de producirse a si mismo como efecto aún en la ausencia de un ‘efecto real’. El aire de lo milagroso que rodea a la virtud ayuda a ofuscar la distinción entre los efectos reales de poder y/o bondad y los efectos que valen como reales.” (Shawn Wilbur, “An Archaeology of Cyberspaces: Virtuality, Community, Identity,¨ en Internet Culture, ed. David Porter, London, Routledge, 1997: 9-10).

El cine de la sobrevida

Cada semana, acá voy a postear un fragmento de algún texto reciente (y a veces no tanto) con el enlace a la versión completa. Hoy seguiremos con mi reseña de Nuestra tierra, la última película de Lucrecia Martel, que acaba de salir en el portal de la revista Kilómetro 111 (versión completa acá).

La cámara que sube por los aires, a vuelo de pájaro o incluso a bordo de un satélite orbitando la Tierra señala, en Eureka (2023) de Lisando Alonso y en Nuestra tierra (2025) de Lucrecia Martel, un giro hacia lo planetario, hacia las formas de destrucción y sojuzgamiento a las que, en un hemisferio como en el otro, han sido sometidos el monte, la selva y las praderas poniendo en peligro la continuidad misma de lo viviente. Pero en ambos films, lo que importa de verdad es hallar ahí abajo, en las pocas zonas en donde el verde no ha retrocedido aún ante las geometrías rígidas de agroindustria, minería y urbanización, los lugares de una sobrevida que tiene la forma de un constante redevenir-Indígena, en la expresión de Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro. Casi veinticinco años después de La libertad y La ciénaga, ambas estrenadas en 2001, donde forjaban desde geografías y poéticas fílmicas prácticamente opuestas una mirada sobre los márgenes de exclusión del ciclo neoliberal anterior en Argentina, en sus películas más recientes los dos directores más singulares de lo que fuera consagrado entonces como el “Nuevo Cine Argentino” se han volcado, de manera mucho más abiertamente política, a las luchas contra el etnocidio y el destierro que atraviesan de punta a punta a Abya Yala y a Turtle Island. Vuelo y aterrizaje: en los films más recientes esa dinámica entre espacio y lugar, si bien se plasma nuevamente en formas narrativas e incluso genéricas que no podrían ser más diferentes, inscribe esa tensión entre lo cada vez local y singular de las luchas por la tierra y la dimensión planetaria que, no obstante, hilvana todas esas singularidades (literalmente, en el caso de Eureka donde el vuelo de la cigüeña jabirú anuda los episodios separados en tiempo y espacio) como la cuestión candente de nuestra época.

Los dos films, asimismo, se construyen a partir y en contra de imágenes que ubican a lo Indígena como otredad arcaica y malvada, como obstáculo a ser removido, por la fuerza si es necesario, para que siga su curso el avance providencial de la Historia. Pero si Eureka comienza con un pastiche de la épica violenta del western clásico, solo para desmentir y denunciarlo enseguida como chatarra televisiva y cortar de la mitología en blanco y negro de los vencedores al color y al suplicio de los sobrevivientes en la intemperie de la reserva, Nuestra tierra parte de otro tipo de filmación, en tiempo real, para extenderse de ahí a temporalidades históricas y biográficas más largas, atravesando generaciones e incluso siglos. Se trata, nada menos, de las imágenes grabadas por uno de los perpetradores –Sergio Amín, “el Turco”, latifundista y minero tucumano– del asesinato de Javier Chocobar, cacique de la comunidad diaguita de Chuschagasta, ocurrido el 12 de octubre de 2009 en la localidad de El Chorro, a medio camino entre la capital provincial y el límite con Salta. Es hacia ahí que se dirigía, aquel día fatídico, el terrateniente (que también cobraba un sueldo como asesor de la división provincial de patrimonio histórico), acompañado por Luis Humberto “El Niño” Gómez y Eduardo Valdivieso, dos ex policías e integrantes de fuerzas paramilitares, al encuentro del grupo de comuneros que solían vigilar y registrar fotográficamente las incursiones a las tierras sobre las que habían presentado ya cantidad de recursos y amparos legales. Fuertemente armados, Amín y sus guardaespaldas también habían traído al encuentro una cámara de video para registrar las “provocaciones” de los comuneros, y el encuentro de ambos bandos, aún antes de las palabras que luego derivan a los empujones y finalmente los tiros que dejan muerto al cacique y con heridas graves a otros tres campesinos chuschas, comienza como una querella de imágenes, con la cámara de Amín enfocando al comunero Delfín Cata que lo registra con su pequeña cámara análoga de fotos. La secuencia, pues, tiene características fílmicas: un plano, un contraplano – solo que, en el video, este último solo figura como ausencia marcada, con la cámara plantada firmemente atrás de Valdivieso, el ex agente, quien va al frente con actitud amenazadora exigiendo explicaciones y, acto seguido, saca su pistola y empieza a disparar, primero al aire y luego a matar. Es ahí que, cuando Amín se larga a correr y la cámara, colgada de su cuello, sigue grabando, el encuadre pierde foco y nitidez mientras la “acción”, fuera de cuadro, continua en la pista sonora (con una voz preguntando, como si se hiciera eco de la nuestra, “¿qué pasa? ¿qué pasa?”).

El caso Chocobar, como llegó a conocerse en los medios, tenía, pues, forma cinematográfica mucho antes de que Lucrecia Martel se interesara por él: estaba, de algún modo, hecho para las cámaras aun antes de que, deliberadamente o no, las cosas (y la cámara) se les “fueron de las manos” a Amín y sus secuaces. Es más, tenía, de algún modo, la forma cinematográfica de una película de Lucrecia Martel donde, como el tiro en el monte en La ciénaga que puede o no haber dado en el blanco, los momentos claves suelen ocurrir fuera de pantalla o al menos de la zona de nitidez que enfoca la cámara, para ser registrados de modo ominoso, incierto, por la banda sonora. De ahí que, para quienes seguíamos los films de la cineasta salteña, no se trataba tanto de volver a atar los cabos que ese desencuentro entre imagen y sonido a menudo dejaba sueltos que de aprender a convivir con una multitud de momentos y devenires paralelos que, en vez de refluir todos hacia una sola corriente principal, más bien formaban ahí motivos o constelaciones a manera de una partitura orquestal o del tejido de una manta en el telar. Así también en Nuestra tierra, aunque aquí ese juego formal de tiempos múltiples adquiere asimismo una dimensión inmediata y profundamente política: de un lado, está el tiempo teleológico del proceso judicial, al que la cámara y el micrófono de Martel asisten en clave rigurosa de un documental de observación – o más bien, los dos tiempos que activa el tribunal que recién se inicia a nueve años de la muerte del cacique, pues en su secuencia de audiencias, testimonios y “reconstrucciones” in situ, el juicio también vuelve una y otra vez, insistentemente, al tiempo y lugar del crimen que las cámaras habían fallado en captar en su momento de ocurrencia. Del otro, está la película de Martel donde, por el contrario, la falla, el desvío, se constituyen en un principio poético, en el sentido de dejarse llevar por los guiños y sobreentendidos que atraviesan el juicio y de seguirles la pista que lleva invariablemente hacia fuera de la sala de tribunal y al encuentro de otros relatos y temporalidades, ancladas en fotos de familia, ensayos musicales y en los tiempos de siembra y cosecha que marca el calendario de las fiestas religiosas. Es decir, hacia los tiempos de la tierra y del destierro, de exilios y regresos y de memorias que se hilvanan hasta formar un orden, una constelación: un lento redevenir-Indígena que acontece en conjunto y a raíz de la lucha por la tierra, en un solapamiento de tiempos que es distinto al que despliega el relato judicial y hacia el que va abriéndose Nuestra tierra.

[Seguir leyendo en Kilómetro 111]

Trance-culturación

Escrituras etnográficas y estéticas de sobrevida


Cada semana, acá voy a postear un fragmento de algún texto reciente o no tanto con el enlace a la versión completa. Hoy empezaremos con un ensayo que acaba de salir en el bello libro editado por Rafael Arce y Julieta Yelín, Literatura y posthumanismos, que pueden bajar haciendo clic acá.


“Trance / Baño de piedras / Comida de perro / Epidemias / El antiguo testamento / Tobossi / El árbol sagrado / Lengua secreta / Oro viejo / Tabúes…”,[1] da comienzo el escritor, periodista y etnógrafo judío-alemán Hubert Fichte a una extensa sección en verso, escrita a modo de conjuro en la mitad de Explosion, su “novela de etnología” –así el subtítulo– que iba a convertirse en el punto alto de su monumental e inacabada Geschichte der Empfindlichkeit (Historia de la sensibilidad), un proyecto de 24 volúmenes. En la novela de más de 800 páginas que Fichte terminó mientras agonizaba en un hospital, tras una fracasada operación de emergencia, cuenta sus largos años deambulando por Brasil en busca de los saberes sagrados de las religiones espiritistas afrodescendientes y amazónicas, a la vez que recorría el underground gay de Rio, Bahia y Manaus durante la fase más brutal de la dictadura militar. El citado pasaje de Explosion, que se ajusta al incesante staccato de una escritura en presente, a primera vista parece llevar al lenguaje la propia experiencia de éxtasis que persigue la novela. Sin embargo, como sucede con frecuencia a lo largo del texto, el acceso directo a la presencia epifánica es negado, o más bien aplazado, ya que pronto se revela que el pasaje que estamos leyendo no es sino el compendio de otro texto, un estudio sobre el templo vudú Casa das Minas, en São Luiz do Maranhão, que el narrador de Fichte encontró en una librería de usados en Copacabana. Aun así, vale la pena preguntarnos si la invocación poética que hace Fichte del trance, pese a sus mediaciones, no está todavía cautiva de la presencia extrema a la que está llamando. Y esto, en consecuencia, ¿no podría ser así porque que el trance, de hecho, es en sí mismo un modo de escritura mental y porque cada reiteración es fundamentalmente una invocación de cuantas la han precedido, al igual que de los múltiples autores, no siempre humanos, que esa “intertextualidad” pone en juego? ¿No es también el trance, entonces, un modo peculiar de “estética medioambiental” que se abre a la presencia de una trama de agenciamientos de humanos, animales y plantas, de ancestros y seres de la tierra y del cielo, de historias vividas y por venir? “Con tohé no alucinas, distinto es”, dice Ruth Cárdenas, la esposa del brujo Don Javier de César Calvo, otro escritor etnólogo, en Iquitos: “Con tohé ves todo natural, bien real, igualito, solamente que es otra clase…”[2]

Aunque no está en el texto, el trance como umbral hacia otro modo de ver el mundo (una Weltanschauung) atraviesa la novela de Fichte y también la de Calvo, como veremos. Esto es lo que provee a estas “novelas de etnología” de su ausencia estructurante, de su “significado trascendental”, para decirlo con un concepto clave de Jacques Derrida en su clásica crítica de Claude Lévi-Strauss.[3] El trance, en efecto, es la différance de un tipo de escritura que sugiero llamar “trance-culturación narrativa”, en un no tan involuntario juego de palabras con la influyente noción de Ángel Rama que se ha convertido en un pilar de los estudios literarios y culturales latinoamericanos. Como recientemente nos recuerda Héctor Hoyos, “transculturación narrativa” es en sí mismo un concepto que Rama trasladó al campo de la literatura a partir de la antropología materialista de Fernando Ortiz.[4] Es, por lo tanto, un concepto notablemente perfomativo pues lleva a la práctica (analítico-textual) aquello que al mismo tiempo atribuye a sus referencias literarias: concretamente, un tipo de escritura que, en la clásica síntesis de Rama, logra “reintegrarse” a la “comunidad lingüística propia” –léase: el medio rural, campesino o indígena al que “retorna”– solo para poner en funcionamiento su “sistema lingüístico”. Bajo esta formulación, el escritor “no procura imitar desde fuera un habla regional sino elaborarla desde dentro con finalidades literarias”.  Al transculturador, concluye Rama, le importa “trabajar las posibilidades que le abre su propio comportamiento lingüístico para construir a partir de él una lengua literaria, específica de la creación artística”.[5] Con respecto a la transculturación narrativa, la “trance-culturación” sería, por tanto, algo así como el retorno de lo reprimido, vale decir, de la “etnología”, que desembarca con presencia propia en la “lengua literaria” y en el aparato conceptual construido a partir de ella. La trance-culturación sucede cuando alguien (o algo) da rienda suelta al exceso material que la “lengua literaria” de la transculturación debe contener y controlar para satisfacer las “finalidades literarias”, siguiendo en cambio un tipo muy diferente de “finalidades” que involucran a los existentes humanos y no-humanos, materiales e inmateriales, cuyas exigencias sobre el texto desafían –y a menudo superan– las del género literario, del estilo, del ritmo.

En este capítulo voy a indagar las posibilidades de los conceptos de trance y trance-culturación, como herramientas para una crítica que apuesta a los pactos imaginativos con lo más que humano, abriendo camino hacia la configuración de nuevos mundos en común. Para desentrañar estos potenciales, sin embargo, quizás tengamos que abandonar la idea misma de “medioambiente”, ya que –como explica el pajé y activista Yanomami Davi Kopenawa– “lo que los blancos llaman así [medioambiente] es lo que queda de la tierra y la floresta heridas por sus máquinas. Es lo que queda de lo que destruyeron hasta ahora. No me gusta esa palabra medio. La tierra no debe ser recortada por la mitad”.[6] Quiero sugerir que el trance como ruptura de los límites del cuerpo y de la especie, y de ahí como una reconstelación de alianzas entre existentes en un devenir torrencial, es también una forma de cerrar la herida de la violencia extractiva que, como una grieta, ha sido abierta sobre “la floresta y la tierra”, volviendo a sumergir lo humano no en “medioambientes”, sino en una extensa matriz de individuaciones, siempre al borde de precipitarse hacia la otredad con que se alía. Lo que me interesa, al menos como propósito de este ensayo, no es sin embargo la dimensión sensorial o psicodélica del trance sino más bien su “asombrosamente rico contenido teórico”, siguiendo a Mircea Eliade en su clásica etnografía del shamanismo siberiano y ártico:[7] la excepcional operación conceptual que el trance realiza en tanto análisis (no-occidental) de la in-mundizaciónque subyace a los momentos de crisis individuales y colectivas. Gilles Deleuze, en su clásica discusión del cine de Glauber Rocha, veía en el trance “una transición, un pasaje, o un devenir” que suspende la continuidad diegética con el fin de “producir enunciados colectivos capables de elevar la miseria e una extraña positividad: la invención de un pueblo”[8] – un pueblo, deberíamos agregar, que la producción estética latinoamericana de los siglos veinte y veintiuno nos incita a imaginar no sólo como comunidad humano, sino como un tipo de communitas transespecie sublevada frente al pacto “inmunitario” del capitalismo extractivo.[9] Aquí, en cambio, propongo enfocarme en un campo diferente (si bien relacionado) de diálogos entre la etnología especulativa y el shamanismo visionario, en busca de describir el trance como un incesante productor de alianzas frente a la catástrofe de la in-mundización. Por brevedad, me limitaré al medio de la escritura, lo cual a primera vista parecería extraño, una vez que la danza, el sonido y el performance se acercan mucho más a las formas rituales del trance. Retomaré, primero, la noción de “trance-culturación” formulada en los párrafos anteriores, para luego subir la apuesta al proponer la idea del trance como forma de escritura ella misma –una écriture que atraviesa los límites de las especies y los existentes, y por tanto también un lugar de debate y (potencialmente) de conocimiento en materia de sobrevida. [Para seguir leyendo, bajar libro acá]


[1] Fichte, Explosion, 436. Salvo indicación contraria, las traducciones al castellano son mías.

[2] Calvo, La tres mitades, 54.

[3] Derrida, “La structure…”: 411.

[4] Hoyos, Things With a History, 9.

[5] Rama, “Los procesos de transculturación”, 238.

[6] Kopenawa y Albert, A queda do céu, 484.

[7] Eliade, Shamanism, 14.

[8] Deleuze, The Time-Image, 222.

[9] Andermann, Tierras en trance, 21-22.

Jose Alejandro Restrepo: Paso del Quindio I (1992)

Charla presentada en MoMA, 18 de julio de 2024

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (vision general). Foto J.A.

El paisaje fue la “entrada” de América Latina al arte occidental: en otras palabras, fue el aparato plástico, cultural, político y epistemológico que produjo al “Nuevo Mundo” como una tierra objetivada, disponible tanto para la mirada del observador externo al cuadro como para la acción extractiva del colonizador de ultramar.  De esta manera, la crítica del paisaje (como también la del cuerpo en tanto objeto de una mirada exotizante), en el arte latinoamericano contemporáneo ya es de por sí una operación metacrítica, en el sentido de reflexionar no solamente sobre las implicaciones de un género particular sino también sobre las tensiones entre “arte” y “Latinoamérica,” esto es sobre las condiciones de participación, a título de regionalidad subalternizada, en un marco institucional clave (junto con la escritura y la ciencia) de producir a las Américas como objeto colonial.

José Alejandro Restrepo, Musa Paradisíaca, 1994. (FLORA arts + natura, Bogotá, 2016)

La primera sala de Chosen Memories desafía en este sentido (como lo hace a su manera toda la muestra) a su propio entorno físico e institucional. Al poner en cuestión la forma del paisaje, también reflexiona críticamente sobre la inscripción de lo latinoamericano en un museo (este en particular pero también el “museo occidental” como forma y como marco más generalmente) que ha no dejado de ser un museo colonial en su manera de distribuir “regionalidades”.

Paso del Quindío I, la instalación de José Alejandro Restrepo realizada originalmente en 1992, forma parte de una obra que ha hecho de la escenificación de tensiones uno de sus ejes principales. Puede leerse en serie con obras como Musa Paradisiaca (1994) o El cocodrilo de Humboldt no es el el cocodrilo de Hegel (1994), ambos de los cuales también reflexionan sobre la producción, como idea y como realidad material, de la naturaleza tropical. Se trata de 17 monitores distribuidos en forma de pirámide y “en perspectiva”, armando unas líneas de fuga hacia atrás, que emiten en un loop de aproximadamente media hora imágenes grabadas en la sierra colombiana del mismo nombre.

La obra es, voy a argumentar, a un mismo tiempo una crítica y un homenaje: crítica del paisaje como aparato de captura y así también del lugar de América Latina en el museo colonial. Pero también homenaje a Alexander von Humboldt y al cruce multidisciplinario y multisensorial de prácticas estéticas y científicas que la “historia natural” en movimiento y en primera persona que practicaba supo movilizar forjando de manera precoz una suerte de estética ambiental que aún hoy mantiene su potencial innovador.

En el primer sentido, de crítica desconstructiva del paisaje como marco, la forma piramidal del conjunto y la fuga en perspectiva de los monitores parecieran duplicar la ilusión mimética subyacente a las imágenes en blanco y negro que proyecta cada pantalla: la montaña que se estaría atravesando. Pero al mismo tiempo, la revelan a ésta como efecto de un juego de perspectiva. El efecto de ruptura es así tan sencillo como eficaz, ya que el “paisaje” invocado por los monitores no coincide con el que éstos proyectan. Al duplicar su geografía montañosa, la instalación expone la artificiosidad de las propias imágenes, como un tipo de producción y no de reproducción del espacio.

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (detalle). Foto J.A.

En segundo lugar, los loops que proyecta cada monitor no coinciden exactamente: la imagen-paisaje se desconstruye también porque unos monitores están a destiempo respecto de los otros, aunque no siempre los mismos obligando a nuestra mirada a ir y venir constantemente de uno a otro. La visión simultánea, totalizante, del observador del paisaje-cuadro que el teórico de arte Norman Bryson ha llamado “la percepción fundante” está denegada aquí por la no simultaneidad de las imágenes en pantalla.

El tercer aspecto de esta desconstrucción del efecto mimético pertenece a la la musicalización, a la pista sonora que consiste en una edición electrónica de cuatro notas en clave menor tocadas por el violonchelista chileno Eduardo Valenzuela. El sonido propone así un contrapunto a la sucesión de formas y motivos en la pista visual: plantas, nubes, rocas. Como ha sugerido Restrepo, “el sonido como material plástico” agrega una dimensión no mimética, abstracta, a la secuencia visual. No se trata de música programática –a la manera de las sinfonías pastorales de Beethoven o de Smetana, músicas que narran el paisaje– sino que en su extrañamiento electrónico de la fuente sonora análoga (el violonchelo), la pista sonora más bien remite al acto expectatorial y oyente de presenciar la obra (remite a la instalación, no su contenido).

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (detalle). Foto J.A.

Y finalmente, la propia imagen-paisaje (la secuencia de vídeos en blanco y negro) se desbarranca, o se abisma hacia adentro, en forma de un segmento de 4 a 5 minutos que sigue a una pantalla en blanco más o menos en la mitad del loop y por tanto correspondiente al límite entre “subida” y “bajada,” al momento del “Paso del Quindío” propiamente dicho. Se trata de una secuencia de paneos laterales aceleradísimos sobre vegetación a ras del suelo, como si la propia mirada estuviese cayéndose hacia adentro de la imagen o desprendiéndose del soporte implícito de un cuerpo observador humano para convertirse más bien en visión abstracta, pura. Alguna vez, al estudiar el cine de Lisandro Alonso, una de cuyas tomas características son también unos “bailes” alocados de una cámara liberada de cualquier función diegética así como de la mirada antropomorfa subyacente al cine narrativo, traté de pensarla a esta secuencia como una puesta en trance de la relación entre cine y ambiente en que se abren líneas de fuga para una potencial mirada de un pájaro, un insecto o incluso del mismo viento. Es decir, ahí como en la obra de Restrepo habría algo así como una des-objetivación del entorno visible que se transforma en agente mirador.

Esta secuencia central me lleva a la dimensión del homenaje. El Paso del Quindío I referencia desde su título a la tabla número 5 de Vue des Cordillères et Monuments des Peuples Indigènes de l’ Amérique, “Passage du Quindiu, dans la Cordillère des Andes,” un diseño realizado en Roma por el pintor Koch sobre un bosquejo hecho por el propio Alexander von Humboldt diez años antes en Colombia y luego convertido en grabado en Stuttgart por el impresor Duttenhofer quien luego lo mandó a la imprenta F. Schoell en París. La imagen, uno de los 22 paisajes mexicanos y andinos que componen el libro junto con otras imágenes referentes a 23 obras precolombinas, es una de las más famosas de todo el volumen, acompañada además por un breve texto del propio Humboldt que oscila entre el desglosamiento de los aspectos geológicos, botánicos y socioeconómicos del área representada y la narración de la propia expedición de la cual el grabado representa una suerte de compendio o de síntesis visual.

Alexander von Humboldt, Passage du Quindiu dans la Cordillère des Andes, en Vue des Cordillères et Monuments des Peuples Indigènes de l’ Amérique (1810-13)

“Passage du Quindiu,” entonces, ya era (como después lo será El Paso del Quindío I) un ensamblaje multimedial que yuxtapone, en una coyuntura  tecnológica anterior a la de Restrepo, varios tipos de producción visual y textual, en función de rendir la experiencia del lugar, no como objeto monádico y disponible, sino como una suerte de archivo abierto y con múltiples niveles, o sea como “material de estudio”. Como propone Oliver Lubrich, “para Humboldt, los paisajes son simbólicos y políticos. Se vuelven objetos de apreciación estética y de precisión política. El paisaje representa un desafío a la interpretación post-disciplinaria. Se transforma en un ecosistema avant-la-lettre. Se torna acústico. Y genera la visión democrática de una instalación multimedial pública”.

“Passage du Quindiu,” más particularmente, según Lubrich es un dibujo multiperspectívico que permite al observador elegir uno de los diversos puntos de vista que sugiere: desde la información geobotánica sobre la prevalencia de ciertas plantas en relación a diferentes alturas a las formaciones orográficas de las rocas (aspectos sobre los cuales también enfoca el lente de Restrepo), a dimensiones climáticas como la línea de nieve. Pero el cuadro también focaliza sobre la situación política y social en que se inscribe el viaje –esto es, el contexto de producción de la propia imagen– en la figura de los cargueros y sus pasajeros sentados en la silla atada sobre sus espaldas. Mientras éstos últimos están vestidos con atuendos europeos y aparecen con la vista fija en un libro, estos andan casi desnudos, descalzos y mirando hacia adelante — sobre todo el segundo carguero de la fila cuya mirada se encuentra con la nuestra, esto es, con el punto de vista implícito de Humboldt quien se negó a viajar cargado en una silla y así puede ocupar un lugar externo, de observación de las relaciones de clase y poder entre cargueros y pasajeros.

Concluye Lubrich que “la imagen parece demandar una interpretación alegórica: si el hombre mirando hacia atrás quien está siendo cargado representa a la élite blanca reaccionaria o, como lector que permanece impermeable al mundo, a la percepción colonial de los viajeros europeos, entonces los cargueros son representativos de la población indígena subyugada.”

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (detalle). Foto J.A.

Sea como fuese, El Paso del Quindío I incluye, casi literalmente a modo de nota al pie, un homenaje explícito a Humboldt. Este tiene la forma de los dos pequeños monitores al pie y a cada costado de la pirámide dónde, contrastando con la secuencia de vistas que transcurren por las pantallas más grandes, se ve una serie de planos cortos (close-ups) sobre la vegetación cercana al suelo; sobre todo los tallos y hojas espinosas de caña que, como contaba Humboldt en su texto, prolifera en la barranca occidental de la cordillera y terminaba por destruir el calzado de los viajeros, obligándolos a andar descalzos como todos los que atraviesan de pie y no en silla de carguero la montaña. Y es este, el del caminante, el punto de vista que nos solicita ocupar también la obra de Restrepo: nos urge que caminemos hasta allí donde el paisaje se abisma.