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“Ficciones inmundas: notas sobre neorregionalismo

(En Kilómetro 111: Ensayos sobre cine 16-17 (2021): “América Latina”)

El año podría ser 1978 aunque no es así como se mide el tiempo en los sueños y en la memoria. Ni tampoco es como lo recordarían los hombres y mujeres, en caso de que hubiesen sobrevivido ese día fatal. Quizás, para ellos hubiese sido la vez que llegaban (o tal vez volvían) al arroyo, unos armando las taperas y otras encendiendo el fogón con las brasas mientras descansaban los niños y jugaban con los monos y los chanchos antes de tirarse al agua. Sabemos, eso sí, como lo está recordando el cazador que, mientras tanto, se aparta del grupo y se adentra en el bosque con sus lanzas en busca de caza: es él quien está soñando, el mismo a quien, momentos antes, habíamos visto, envejecido, reuniendo hojas de palmera para hacer su lecho y descansar. Lo sabemos porque, en el sueño, es el que llega hasta el fin del mundo, ahí donde el bosque es bruscamente cortado por las rieles del tren en cuya orilla opuesta ya empieza el pastizal, la tierra de los ganaderos. Y es de ahí donde han salido quienes, en ese momento del sueño, se vuelven a abalanzar sobre la comunidad en un holocausto de balas, kerosén y fuego, dejando atrás, cuando al fin Carapiru al­canza nuevamente a los suyos (así es su nombre, nos enteraremos más adelante), solo un niño recién nacido que morirá poco después. En cambio, Carapiru sobrevive, en el sentido más literal y cruel de la palabra: convirtiéndose en una vida sobrante tras el fin del mundo. Esa sobrevida, o vida-resto, que llevará Carapiru de ahí en adelante hasta que, diez años más tarde –aunque, de nuevo, esa tal vez no sea la medida que corresponde– lo vuelve a “encontrar” la FUNAI, dos mil kilómetros más al sur, y eventualmente la película de Andrea Tonacci, que nos cuenta su historia; esa vida, es una vida inmunda. No, claro está, por la decadencia física o falta de aseo del per­sonaje –nada más lejos de ello– sino porque ese persistir transcurre fuera del mundo, ahí donde “el mundo” ya solo mantiene su condición de tal de un modo espectral, desfasado –como propone Serras da Desordem (Brasil, 2006), el film de Tonacci–, a través de un complejo trabajo de edición que incluye sobreimpresiones, deslices mí­nimos en tiempo y espacio, y vaivenes constantes entre el color y el blanco y negro. => Leer más => Textos relacionados