El cine de la sobrevida

Cada semana, acá voy a postear un fragmento de algún texto reciente (y a veces no tanto) con el enlace a la versión completa. Hoy seguiremos con mi reseña de Nuestra tierra, la última película de Lucrecia Martel, que acaba de salir en el portal de la revista Kilómetro 111 (versión completa acá).

La cámara que sube por los aires, a vuelo de pájaro o incluso a bordo de un satélite orbitando la Tierra señala, en Eureka (2023) de Lisando Alonso y en Nuestra tierra (2025) de Lucrecia Martel, un giro hacia lo planetario, hacia las formas de destrucción y sojuzgamiento a las que, en un hemisferio como en el otro, han sido sometidos el monte, la selva y las praderas poniendo en peligro la continuidad misma de lo viviente. Pero en ambos films, lo que importa de verdad es hallar ahí abajo, en las pocas zonas en donde el verde no ha retrocedido aún ante las geometrías rígidas de agroindustria, minería y urbanización, los lugares de una sobrevida que tiene la forma de un constante redevenir-Indígena, en la expresión de Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro. Casi veinticinco años después de La libertad y La ciénaga, ambas estrenadas en 2001, donde forjaban desde geografías y poéticas fílmicas prácticamente opuestas una mirada sobre los márgenes de exclusión del ciclo neoliberal anterior en Argentina, en sus películas más recientes los dos directores más singulares de lo que fuera consagrado entonces como el “Nuevo Cine Argentino” se han volcado, de manera mucho más abiertamente política, a las luchas contra el etnocidio y el destierro que atraviesan de punta a punta a Abya Yala y a Turtle Island. Vuelo y aterrizaje: en los films más recientes esa dinámica entre espacio y lugar, si bien se plasma nuevamente en formas narrativas e incluso genéricas que no podrían ser más diferentes, inscribe esa tensión entre lo cada vez local y singular de las luchas por la tierra y la dimensión planetaria que, no obstante, hilvana todas esas singularidades (literalmente, en el caso de Eureka donde el vuelo de la cigüeña jabirú anuda los episodios separados en tiempo y espacio) como la cuestión candente de nuestra época.

Los dos films, asimismo, se construyen a partir y en contra de imágenes que ubican a lo Indígena como otredad arcaica y malvada, como obstáculo a ser removido, por la fuerza si es necesario, para que siga su curso el avance providencial de la Historia. Pero si Eureka comienza con un pastiche de la épica violenta del western clásico, solo para desmentir y denunciarlo enseguida como chatarra televisiva y cortar de la mitología en blanco y negro de los vencedores al color y al suplicio de los sobrevivientes en la intemperie de la reserva, Nuestra tierra parte de otro tipo de filmación, en tiempo real, para extenderse de ahí a temporalidades históricas y biográficas más largas, atravesando generaciones e incluso siglos. Se trata, nada menos, de las imágenes grabadas por uno de los perpetradores –Sergio Amín, “el Turco”, latifundista y minero tucumano– del asesinato de Javier Chocobar, cacique de la comunidad diaguita de Chuschagasta, ocurrido el 12 de octubre de 2009 en la localidad de El Chorro, a medio camino entre la capital provincial y el límite con Salta. Es hacia ahí que se dirigía, aquel día fatídico, el terrateniente (que también cobraba un sueldo como asesor de la división provincial de patrimonio histórico), acompañado por Luis Humberto “El Niño” Gómez y Eduardo Valdivieso, dos ex policías e integrantes de fuerzas paramilitares, al encuentro del grupo de comuneros que solían vigilar y registrar fotográficamente las incursiones a las tierras sobre las que habían presentado ya cantidad de recursos y amparos legales. Fuertemente armados, Amín y sus guardaespaldas también habían traído al encuentro una cámara de video para registrar las “provocaciones” de los comuneros, y el encuentro de ambos bandos, aún antes de las palabras que luego derivan a los empujones y finalmente los tiros que dejan muerto al cacique y con heridas graves a otros tres campesinos chuschas, comienza como una querella de imágenes, con la cámara de Amín enfocando al comunero Delfín Cata que lo registra con su pequeña cámara análoga de fotos. La secuencia, pues, tiene características fílmicas: un plano, un contraplano – solo que, en el video, este último solo figura como ausencia marcada, con la cámara plantada firmemente atrás de Valdivieso, el ex agente, quien va al frente con actitud amenazadora exigiendo explicaciones y, acto seguido, saca su pistola y empieza a disparar, primero al aire y luego a matar. Es ahí que, cuando Amín se larga a correr y la cámara, colgada de su cuello, sigue grabando, el encuadre pierde foco y nitidez mientras la “acción”, fuera de cuadro, continua en la pista sonora (con una voz preguntando, como si se hiciera eco de la nuestra, “¿qué pasa? ¿qué pasa?”).

El caso Chocobar, como llegó a conocerse en los medios, tenía, pues, forma cinematográfica mucho antes de que Lucrecia Martel se interesara por él: estaba, de algún modo, hecho para las cámaras aun antes de que, deliberadamente o no, las cosas (y la cámara) se les “fueron de las manos” a Amín y sus secuaces. Es más, tenía, de algún modo, la forma cinematográfica de una película de Lucrecia Martel donde, como el tiro en el monte en La ciénaga que puede o no haber dado en el blanco, los momentos claves suelen ocurrir fuera de pantalla o al menos de la zona de nitidez que enfoca la cámara, para ser registrados de modo ominoso, incierto, por la banda sonora. De ahí que, para quienes seguíamos los films de la cineasta salteña, no se trataba tanto de volver a atar los cabos que ese desencuentro entre imagen y sonido a menudo dejaba sueltos que de aprender a convivir con una multitud de momentos y devenires paralelos que, en vez de refluir todos hacia una sola corriente principal, más bien formaban ahí motivos o constelaciones a manera de una partitura orquestal o del tejido de una manta en el telar. Así también en Nuestra tierra, aunque aquí ese juego formal de tiempos múltiples adquiere asimismo una dimensión inmediata y profundamente política: de un lado, está el tiempo teleológico del proceso judicial, al que la cámara y el micrófono de Martel asisten en clave rigurosa de un documental de observación – o más bien, los dos tiempos que activa el tribunal que recién se inicia a nueve años de la muerte del cacique, pues en su secuencia de audiencias, testimonios y “reconstrucciones” in situ, el juicio también vuelve una y otra vez, insistentemente, al tiempo y lugar del crimen que las cámaras habían fallado en captar en su momento de ocurrencia. Del otro, está la película de Martel donde, por el contrario, la falla, el desvío, se constituyen en un principio poético, en el sentido de dejarse llevar por los guiños y sobreentendidos que atraviesan el juicio y de seguirles la pista que lleva invariablemente hacia fuera de la sala de tribunal y al encuentro de otros relatos y temporalidades, ancladas en fotos de familia, ensayos musicales y en los tiempos de siembra y cosecha que marca el calendario de las fiestas religiosas. Es decir, hacia los tiempos de la tierra y del destierro, de exilios y regresos y de memorias que se hilvanan hasta formar un orden, una constelación: un lento redevenir-Indígena que acontece en conjunto y a raíz de la lucha por la tierra, en un solapamiento de tiempos que es distinto al que despliega el relato judicial y hacia el que va abriéndose Nuestra tierra.

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Trance-culturación

Escrituras etnográficas y estéticas de sobrevida


Cada semana, acá voy a postear un fragmento de algún texto reciente o no tanto con el enlace a la versión completa. Hoy empezaremos con un ensayo que acaba de salir en el bello libro editado por Rafael Arce y Julieta Yelín, Literatura y posthumanismos, que pueden bajar haciendo clic acá.


“Trance / Baño de piedras / Comida de perro / Epidemias / El antiguo testamento / Tobossi / El árbol sagrado / Lengua secreta / Oro viejo / Tabúes…”,[1] da comienzo el escritor, periodista y etnógrafo judío-alemán Hubert Fichte a una extensa sección en verso, escrita a modo de conjuro en la mitad de Explosion, su “novela de etnología” –así el subtítulo– que iba a convertirse en el punto alto de su monumental e inacabada Geschichte der Empfindlichkeit (Historia de la sensibilidad), un proyecto de 24 volúmenes. En la novela de más de 800 páginas que Fichte terminó mientras agonizaba en un hospital, tras una fracasada operación de emergencia, cuenta sus largos años deambulando por Brasil en busca de los saberes sagrados de las religiones espiritistas afrodescendientes y amazónicas, a la vez que recorría el underground gay de Rio, Bahia y Manaus durante la fase más brutal de la dictadura militar. El citado pasaje de Explosion, que se ajusta al incesante staccato de una escritura en presente, a primera vista parece llevar al lenguaje la propia experiencia de éxtasis que persigue la novela. Sin embargo, como sucede con frecuencia a lo largo del texto, el acceso directo a la presencia epifánica es negado, o más bien aplazado, ya que pronto se revela que el pasaje que estamos leyendo no es sino el compendio de otro texto, un estudio sobre el templo vudú Casa das Minas, en São Luiz do Maranhão, que el narrador de Fichte encontró en una librería de usados en Copacabana. Aun así, vale la pena preguntarnos si la invocación poética que hace Fichte del trance, pese a sus mediaciones, no está todavía cautiva de la presencia extrema a la que está llamando. Y esto, en consecuencia, ¿no podría ser así porque que el trance, de hecho, es en sí mismo un modo de escritura mental y porque cada reiteración es fundamentalmente una invocación de cuantas la han precedido, al igual que de los múltiples autores, no siempre humanos, que esa “intertextualidad” pone en juego? ¿No es también el trance, entonces, un modo peculiar de “estética medioambiental” que se abre a la presencia de una trama de agenciamientos de humanos, animales y plantas, de ancestros y seres de la tierra y del cielo, de historias vividas y por venir? “Con tohé no alucinas, distinto es”, dice Ruth Cárdenas, la esposa del brujo Don Javier de César Calvo, otro escritor etnólogo, en Iquitos: “Con tohé ves todo natural, bien real, igualito, solamente que es otra clase…”[2]

Aunque no está en el texto, el trance como umbral hacia otro modo de ver el mundo (una Weltanschauung) atraviesa la novela de Fichte y también la de Calvo, como veremos. Esto es lo que provee a estas “novelas de etnología” de su ausencia estructurante, de su “significado trascendental”, para decirlo con un concepto clave de Jacques Derrida en su clásica crítica de Claude Lévi-Strauss.[3] El trance, en efecto, es la différance de un tipo de escritura que sugiero llamar “trance-culturación narrativa”, en un no tan involuntario juego de palabras con la influyente noción de Ángel Rama que se ha convertido en un pilar de los estudios literarios y culturales latinoamericanos. Como recientemente nos recuerda Héctor Hoyos, “transculturación narrativa” es en sí mismo un concepto que Rama trasladó al campo de la literatura a partir de la antropología materialista de Fernando Ortiz.[4] Es, por lo tanto, un concepto notablemente perfomativo pues lleva a la práctica (analítico-textual) aquello que al mismo tiempo atribuye a sus referencias literarias: concretamente, un tipo de escritura que, en la clásica síntesis de Rama, logra “reintegrarse” a la “comunidad lingüística propia” –léase: el medio rural, campesino o indígena al que “retorna”– solo para poner en funcionamiento su “sistema lingüístico”. Bajo esta formulación, el escritor “no procura imitar desde fuera un habla regional sino elaborarla desde dentro con finalidades literarias”.  Al transculturador, concluye Rama, le importa “trabajar las posibilidades que le abre su propio comportamiento lingüístico para construir a partir de él una lengua literaria, específica de la creación artística”.[5] Con respecto a la transculturación narrativa, la “trance-culturación” sería, por tanto, algo así como el retorno de lo reprimido, vale decir, de la “etnología”, que desembarca con presencia propia en la “lengua literaria” y en el aparato conceptual construido a partir de ella. La trance-culturación sucede cuando alguien (o algo) da rienda suelta al exceso material que la “lengua literaria” de la transculturación debe contener y controlar para satisfacer las “finalidades literarias”, siguiendo en cambio un tipo muy diferente de “finalidades” que involucran a los existentes humanos y no-humanos, materiales e inmateriales, cuyas exigencias sobre el texto desafían –y a menudo superan– las del género literario, del estilo, del ritmo.

En este capítulo voy a indagar las posibilidades de los conceptos de trance y trance-culturación, como herramientas para una crítica que apuesta a los pactos imaginativos con lo más que humano, abriendo camino hacia la configuración de nuevos mundos en común. Para desentrañar estos potenciales, sin embargo, quizás tengamos que abandonar la idea misma de “medioambiente”, ya que –como explica el pajé y activista Yanomami Davi Kopenawa– “lo que los blancos llaman así [medioambiente] es lo que queda de la tierra y la floresta heridas por sus máquinas. Es lo que queda de lo que destruyeron hasta ahora. No me gusta esa palabra medio. La tierra no debe ser recortada por la mitad”.[6] Quiero sugerir que el trance como ruptura de los límites del cuerpo y de la especie, y de ahí como una reconstelación de alianzas entre existentes en un devenir torrencial, es también una forma de cerrar la herida de la violencia extractiva que, como una grieta, ha sido abierta sobre “la floresta y la tierra”, volviendo a sumergir lo humano no en “medioambientes”, sino en una extensa matriz de individuaciones, siempre al borde de precipitarse hacia la otredad con que se alía. Lo que me interesa, al menos como propósito de este ensayo, no es sin embargo la dimensión sensorial o psicodélica del trance sino más bien su “asombrosamente rico contenido teórico”, siguiendo a Mircea Eliade en su clásica etnografía del shamanismo siberiano y ártico:[7] la excepcional operación conceptual que el trance realiza en tanto análisis (no-occidental) de la in-mundizaciónque subyace a los momentos de crisis individuales y colectivas. Gilles Deleuze, en su clásica discusión del cine de Glauber Rocha, veía en el trance “una transición, un pasaje, o un devenir” que suspende la continuidad diegética con el fin de “producir enunciados colectivos capables de elevar la miseria e una extraña positividad: la invención de un pueblo”[8] – un pueblo, deberíamos agregar, que la producción estética latinoamericana de los siglos veinte y veintiuno nos incita a imaginar no sólo como comunidad humano, sino como un tipo de communitas transespecie sublevada frente al pacto “inmunitario” del capitalismo extractivo.[9] Aquí, en cambio, propongo enfocarme en un campo diferente (si bien relacionado) de diálogos entre la etnología especulativa y el shamanismo visionario, en busca de describir el trance como un incesante productor de alianzas frente a la catástrofe de la in-mundización. Por brevedad, me limitaré al medio de la escritura, lo cual a primera vista parecería extraño, una vez que la danza, el sonido y el performance se acercan mucho más a las formas rituales del trance. Retomaré, primero, la noción de “trance-culturación” formulada en los párrafos anteriores, para luego subir la apuesta al proponer la idea del trance como forma de escritura ella misma –una écriture que atraviesa los límites de las especies y los existentes, y por tanto también un lugar de debate y (potencialmente) de conocimiento en materia de sobrevida. [Para seguir leyendo, bajar libro acá]


[1] Fichte, Explosion, 436. Salvo indicación contraria, las traducciones al castellano son mías.

[2] Calvo, La tres mitades, 54.

[3] Derrida, “La structure…”: 411.

[4] Hoyos, Things With a History, 9.

[5] Rama, “Los procesos de transculturación”, 238.

[6] Kopenawa y Albert, A queda do céu, 484.

[7] Eliade, Shamanism, 14.

[8] Deleuze, The Time-Image, 222.

[9] Andermann, Tierras en trance, 21-22.

Jose Alejandro Restrepo: Paso del Quindio I (1992)

Charla presentada en MoMA, 18 de julio de 2024

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (vision general). Foto J.A.

El paisaje fue la “entrada” de América Latina al arte occidental: en otras palabras, fue el aparato plástico, cultural, político y epistemológico que produjo al “Nuevo Mundo” como una tierra objetivada, disponible tanto para la mirada del observador externo al cuadro como para la acción extractiva del colonizador de ultramar.  De esta manera, la crítica del paisaje (como también la del cuerpo en tanto objeto de una mirada exotizante), en el arte latinoamericano contemporáneo ya es de por sí una operación metacrítica, en el sentido de reflexionar no solamente sobre las implicaciones de un género particular sino también sobre las tensiones entre “arte” y “Latinoamérica,” esto es sobre las condiciones de participación, a título de regionalidad subalternizada, en un marco institucional clave (junto con la escritura y la ciencia) de producir a las Américas como objeto colonial.

José Alejandro Restrepo, Musa Paradisíaca, 1994. (FLORA arts + natura, Bogotá, 2016)

La primera sala de Chosen Memories desafía en este sentido (como lo hace a su manera toda la muestra) a su propio entorno físico e institucional. Al poner en cuestión la forma del paisaje, también reflexiona críticamente sobre la inscripción de lo latinoamericano en un museo (este en particular pero también el “museo occidental” como forma y como marco más generalmente) que ha no dejado de ser un museo colonial en su manera de distribuir “regionalidades”.

Paso del Quindío I, la instalación de José Alejandro Restrepo realizada originalmente en 1992, forma parte de una obra que ha hecho de la escenificación de tensiones uno de sus ejes principales. Puede leerse en serie con obras como Musa Paradisiaca (1994) o El cocodrilo de Humboldt no es el el cocodrilo de Hegel (1994), ambos de los cuales también reflexionan sobre la producción, como idea y como realidad material, de la naturaleza tropical. Se trata de 17 monitores distribuidos en forma de pirámide y “en perspectiva”, armando unas líneas de fuga hacia atrás, que emiten en un loop de aproximadamente media hora imágenes grabadas en la sierra colombiana del mismo nombre.

La obra es, voy a argumentar, a un mismo tiempo una crítica y un homenaje: crítica del paisaje como aparato de captura y así también del lugar de América Latina en el museo colonial. Pero también homenaje a Alexander von Humboldt y al cruce multidisciplinario y multisensorial de prácticas estéticas y científicas que la “historia natural” en movimiento y en primera persona que practicaba supo movilizar forjando de manera precoz una suerte de estética ambiental que aún hoy mantiene su potencial innovador.

En el primer sentido, de crítica desconstructiva del paisaje como marco, la forma piramidal del conjunto y la fuga en perspectiva de los monitores parecieran duplicar la ilusión mimética subyacente a las imágenes en blanco y negro que proyecta cada pantalla: la montaña que se estaría atravesando. Pero al mismo tiempo, la revelan a ésta como efecto de un juego de perspectiva. El efecto de ruptura es así tan sencillo como eficaz, ya que el “paisaje” invocado por los monitores no coincide con el que éstos proyectan. Al duplicar su geografía montañosa, la instalación expone la artificiosidad de las propias imágenes, como un tipo de producción y no de reproducción del espacio.

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (detalle). Foto J.A.

En segundo lugar, los loops que proyecta cada monitor no coinciden exactamente: la imagen-paisaje se desconstruye también porque unos monitores están a destiempo respecto de los otros, aunque no siempre los mismos obligando a nuestra mirada a ir y venir constantemente de uno a otro. La visión simultánea, totalizante, del observador del paisaje-cuadro que el teórico de arte Norman Bryson ha llamado “la percepción fundante” está denegada aquí por la no simultaneidad de las imágenes en pantalla.

El tercer aspecto de esta desconstrucción del efecto mimético pertenece a la la musicalización, a la pista sonora que consiste en una edición electrónica de cuatro notas en clave menor tocadas por el violonchelista chileno Eduardo Valenzuela. El sonido propone así un contrapunto a la sucesión de formas y motivos en la pista visual: plantas, nubes, rocas. Como ha sugerido Restrepo, “el sonido como material plástico” agrega una dimensión no mimética, abstracta, a la secuencia visual. No se trata de música programática –a la manera de las sinfonías pastorales de Beethoven o de Smetana, músicas que narran el paisaje– sino que en su extrañamiento electrónico de la fuente sonora análoga (el violonchelo), la pista sonora más bien remite al acto expectatorial y oyente de presenciar la obra (remite a la instalación, no su contenido).

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (detalle). Foto J.A.

Y finalmente, la propia imagen-paisaje (la secuencia de vídeos en blanco y negro) se desbarranca, o se abisma hacia adentro, en forma de un segmento de 4 a 5 minutos que sigue a una pantalla en blanco más o menos en la mitad del loop y por tanto correspondiente al límite entre “subida” y “bajada,” al momento del “Paso del Quindío” propiamente dicho. Se trata de una secuencia de paneos laterales aceleradísimos sobre vegetación a ras del suelo, como si la propia mirada estuviese cayéndose hacia adentro de la imagen o desprendiéndose del soporte implícito de un cuerpo observador humano para convertirse más bien en visión abstracta, pura. Alguna vez, al estudiar el cine de Lisandro Alonso, una de cuyas tomas características son también unos “bailes” alocados de una cámara liberada de cualquier función diegética así como de la mirada antropomorfa subyacente al cine narrativo, traté de pensarla a esta secuencia como una puesta en trance de la relación entre cine y ambiente en que se abren líneas de fuga para una potencial mirada de un pájaro, un insecto o incluso del mismo viento. Es decir, ahí como en la obra de Restrepo habría algo así como una des-objetivación del entorno visible que se transforma en agente mirador.

Esta secuencia central me lleva a la dimensión del homenaje. El Paso del Quindío I referencia desde su título a la tabla número 5 de Vue des Cordillères et Monuments des Peuples Indigènes de l’ Amérique, “Passage du Quindiu, dans la Cordillère des Andes,” un diseño realizado en Roma por el pintor Koch sobre un bosquejo hecho por el propio Alexander von Humboldt diez años antes en Colombia y luego convertido en grabado en Stuttgart por el impresor Duttenhofer quien luego lo mandó a la imprenta F. Schoell en París. La imagen, uno de los 22 paisajes mexicanos y andinos que componen el libro junto con otras imágenes referentes a 23 obras precolombinas, es una de las más famosas de todo el volumen, acompañada además por un breve texto del propio Humboldt que oscila entre el desglosamiento de los aspectos geológicos, botánicos y socioeconómicos del área representada y la narración de la propia expedición de la cual el grabado representa una suerte de compendio o de síntesis visual.

Alexander von Humboldt, Passage du Quindiu dans la Cordillère des Andes, en Vue des Cordillères et Monuments des Peuples Indigènes de l’ Amérique (1810-13)

“Passage du Quindiu,” entonces, ya era (como después lo será El Paso del Quindío I) un ensamblaje multimedial que yuxtapone, en una coyuntura  tecnológica anterior a la de Restrepo, varios tipos de producción visual y textual, en función de rendir la experiencia del lugar, no como objeto monádico y disponible, sino como una suerte de archivo abierto y con múltiples niveles, o sea como “material de estudio”. Como propone Oliver Lubrich, “para Humboldt, los paisajes son simbólicos y políticos. Se vuelven objetos de apreciación estética y de precisión política. El paisaje representa un desafío a la interpretación post-disciplinaria. Se transforma en un ecosistema avant-la-lettre. Se torna acústico. Y genera la visión democrática de una instalación multimedial pública”.

“Passage du Quindiu,” más particularmente, según Lubrich es un dibujo multiperspectívico que permite al observador elegir uno de los diversos puntos de vista que sugiere: desde la información geobotánica sobre la prevalencia de ciertas plantas en relación a diferentes alturas a las formaciones orográficas de las rocas (aspectos sobre los cuales también enfoca el lente de Restrepo), a dimensiones climáticas como la línea de nieve. Pero el cuadro también focaliza sobre la situación política y social en que se inscribe el viaje –esto es, el contexto de producción de la propia imagen– en la figura de los cargueros y sus pasajeros sentados en la silla atada sobre sus espaldas. Mientras éstos últimos están vestidos con atuendos europeos y aparecen con la vista fija en un libro, estos andan casi desnudos, descalzos y mirando hacia adelante — sobre todo el segundo carguero de la fila cuya mirada se encuentra con la nuestra, esto es, con el punto de vista implícito de Humboldt quien se negó a viajar cargado en una silla y así puede ocupar un lugar externo, de observación de las relaciones de clase y poder entre cargueros y pasajeros.

Concluye Lubrich que “la imagen parece demandar una interpretación alegórica: si el hombre mirando hacia atrás quien está siendo cargado representa a la élite blanca reaccionaria o, como lector que permanece impermeable al mundo, a la percepción colonial de los viajeros europeos, entonces los cargueros son representativos de la población indígena subyugada.”

José Alejandro Restrepo, Paso del Quindío I (detalle). Foto J.A.

Sea como fuese, El Paso del Quindío I incluye, casi literalmente a modo de nota al pie, un homenaje explícito a Humboldt. Este tiene la forma de los dos pequeños monitores al pie y a cada costado de la pirámide dónde, contrastando con la secuencia de vistas que transcurren por las pantallas más grandes, se ve una serie de planos cortos (close-ups) sobre la vegetación cercana al suelo; sobre todo los tallos y hojas espinosas de caña que, como contaba Humboldt en su texto, prolifera en la barranca occidental de la cordillera y terminaba por destruir el calzado de los viajeros, obligándolos a andar descalzos como todos los que atraviesan de pie y no en silla de carguero la montaña. Y es este, el del caminante, el punto de vista que nos solicita ocupar también la obra de Restrepo: nos urge que caminemos hasta allí donde el paisaje se abisma.