Escrituras etnográficas y estéticas de sobrevida
Cada semana, acá voy a postear un fragmento de algún texto reciente o no tanto con el enlace a la versión completa. Hoy empezaremos con un ensayo que acaba de salir en el bello libro editado por Rafael Arce y Julieta Yelín, Literatura y posthumanismos, que pueden bajar haciendo clic acá.

“Trance / Baño de piedras / Comida de perro / Epidemias / El antiguo testamento / Tobossi / El árbol sagrado / Lengua secreta / Oro viejo / Tabúes…”,[1] da comienzo el escritor, periodista y etnógrafo judío-alemán Hubert Fichte a una extensa sección en verso, escrita a modo de conjuro en la mitad de Explosion, su “novela de etnología” –así el subtítulo– que iba a convertirse en el punto alto de su monumental e inacabada Geschichte der Empfindlichkeit (Historia de la sensibilidad), un proyecto de 24 volúmenes. En la novela de más de 800 páginas que Fichte terminó mientras agonizaba en un hospital, tras una fracasada operación de emergencia, cuenta sus largos años deambulando por Brasil en busca de los saberes sagrados de las religiones espiritistas afrodescendientes y amazónicas, a la vez que recorría el underground gay de Rio, Bahia y Manaus durante la fase más brutal de la dictadura militar. El citado pasaje de Explosion, que se ajusta al incesante staccato de una escritura en presente, a primera vista parece llevar al lenguaje la propia experiencia de éxtasis que persigue la novela. Sin embargo, como sucede con frecuencia a lo largo del texto, el acceso directo a la presencia epifánica es negado, o más bien aplazado, ya que pronto se revela que el pasaje que estamos leyendo no es sino el compendio de otro texto, un estudio sobre el templo vudú Casa das Minas, en São Luiz do Maranhão, que el narrador de Fichte encontró en una librería de usados en Copacabana. Aun así, vale la pena preguntarnos si la invocación poética que hace Fichte del trance, pese a sus mediaciones, no está todavía cautiva de la presencia extrema a la que está llamando. Y esto, en consecuencia, ¿no podría ser así porque que el trance, de hecho, es en sí mismo un modo de escritura mental y porque cada reiteración es fundamentalmente una invocación de cuantas la han precedido, al igual que de los múltiples autores, no siempre humanos, que esa “intertextualidad” pone en juego? ¿No es también el trance, entonces, un modo peculiar de “estética medioambiental” que se abre a la presencia de una trama de agenciamientos de humanos, animales y plantas, de ancestros y seres de la tierra y del cielo, de historias vividas y por venir? “Con tohé no alucinas, distinto es”, dice Ruth Cárdenas, la esposa del brujo Don Javier de César Calvo, otro escritor etnólogo, en Iquitos: “Con tohé ves todo natural, bien real, igualito, solamente que es otra clase…”[2]
Aunque no está en el texto, el trance como umbral hacia otro modo de ver el mundo (una Weltanschauung) atraviesa la novela de Fichte y también la de Calvo, como veremos. Esto es lo que provee a estas “novelas de etnología” de su ausencia estructurante, de su “significado trascendental”, para decirlo con un concepto clave de Jacques Derrida en su clásica crítica de Claude Lévi-Strauss.[3] El trance, en efecto, es la différance de un tipo de escritura que sugiero llamar “trance-culturación narrativa”, en un no tan involuntario juego de palabras con la influyente noción de Ángel Rama que se ha convertido en un pilar de los estudios literarios y culturales latinoamericanos. Como recientemente nos recuerda Héctor Hoyos, “transculturación narrativa” es en sí mismo un concepto que Rama trasladó al campo de la literatura a partir de la antropología materialista de Fernando Ortiz.[4] Es, por lo tanto, un concepto notablemente perfomativo pues lleva a la práctica (analítico-textual) aquello que al mismo tiempo atribuye a sus referencias literarias: concretamente, un tipo de escritura que, en la clásica síntesis de Rama, logra “reintegrarse” a la “comunidad lingüística propia” –léase: el medio rural, campesino o indígena al que “retorna”– solo para poner en funcionamiento su “sistema lingüístico”. Bajo esta formulación, el escritor “no procura imitar desde fuera un habla regional sino elaborarla desde dentro con finalidades literarias”. Al transculturador, concluye Rama, le importa “trabajar las posibilidades que le abre su propio comportamiento lingüístico para construir a partir de él una lengua literaria, específica de la creación artística”.[5] Con respecto a la transculturación narrativa, la “trance-culturación” sería, por tanto, algo así como el retorno de lo reprimido, vale decir, de la “etnología”, que desembarca con presencia propia en la “lengua literaria” y en el aparato conceptual construido a partir de ella. La trance-culturación sucede cuando alguien (o algo) da rienda suelta al exceso material que la “lengua literaria” de la transculturación debe contener y controlar para satisfacer las “finalidades literarias”, siguiendo en cambio un tipo muy diferente de “finalidades” que involucran a los existentes humanos y no-humanos, materiales e inmateriales, cuyas exigencias sobre el texto desafían –y a menudo superan– las del género literario, del estilo, del ritmo.
En este capítulo voy a indagar las posibilidades de los conceptos de trance y trance-culturación, como herramientas para una crítica que apuesta a los pactos imaginativos con lo más que humano, abriendo camino hacia la configuración de nuevos mundos en común. Para desentrañar estos potenciales, sin embargo, quizás tengamos que abandonar la idea misma de “medioambiente”, ya que –como explica el pajé y activista Yanomami Davi Kopenawa– “lo que los blancos llaman así [medioambiente] es lo que queda de la tierra y la floresta heridas por sus máquinas. Es lo que queda de lo que destruyeron hasta ahora. No me gusta esa palabra medio. La tierra no debe ser recortada por la mitad”.[6] Quiero sugerir que el trance como ruptura de los límites del cuerpo y de la especie, y de ahí como una reconstelación de alianzas entre existentes en un devenir torrencial, es también una forma de cerrar la herida de la violencia extractiva que, como una grieta, ha sido abierta sobre “la floresta y la tierra”, volviendo a sumergir lo humano no en “medioambientes”, sino en una extensa matriz de individuaciones, siempre al borde de precipitarse hacia la otredad con que se alía. Lo que me interesa, al menos como propósito de este ensayo, no es sin embargo la dimensión sensorial o psicodélica del trance sino más bien su “asombrosamente rico contenido teórico”, siguiendo a Mircea Eliade en su clásica etnografía del shamanismo siberiano y ártico:[7] la excepcional operación conceptual que el trance realiza en tanto análisis (no-occidental) de la in-mundizaciónque subyace a los momentos de crisis individuales y colectivas. Gilles Deleuze, en su clásica discusión del cine de Glauber Rocha, veía en el trance “una transición, un pasaje, o un devenir” que suspende la continuidad diegética con el fin de “producir enunciados colectivos capables de elevar la miseria e una extraña positividad: la invención de un pueblo”[8] – un pueblo, deberíamos agregar, que la producción estética latinoamericana de los siglos veinte y veintiuno nos incita a imaginar no sólo como comunidad humano, sino como un tipo de communitas transespecie sublevada frente al pacto “inmunitario” del capitalismo extractivo.[9] Aquí, en cambio, propongo enfocarme en un campo diferente (si bien relacionado) de diálogos entre la etnología especulativa y el shamanismo visionario, en busca de describir el trance como un incesante productor de alianzas frente a la catástrofe de la in-mundización. Por brevedad, me limitaré al medio de la escritura, lo cual a primera vista parecería extraño, una vez que la danza, el sonido y el performance se acercan mucho más a las formas rituales del trance. Retomaré, primero, la noción de “trance-culturación” formulada en los párrafos anteriores, para luego subir la apuesta al proponer la idea del trance como forma de escritura ella misma –una écriture que atraviesa los límites de las especies y los existentes, y por tanto también un lugar de debate y (potencialmente) de conocimiento en materia de sobrevida. [Para seguir leyendo, bajar libro acá]
[1] Fichte, Explosion, 436. Salvo indicación contraria, las traducciones al castellano son mías.
[2] Calvo, La tres mitades, 54.
[3] Derrida, “La structure…”: 411.
[4] Hoyos, Things With a History, 9.
[5] Rama, “Los procesos de transculturación”, 238.
[6] Kopenawa y Albert, A queda do céu, 484.
[7] Eliade, Shamanism, 14.
[8] Deleuze, The Time-Image, 222.
[9] Andermann, Tierras en trance, 21-22.