Mapas de poder: una arqueología literaria del espacio argentino

Rosario, Berlín: Beatriz Viterbo / Edition Tranvía, 2000.

Screen Shot 2018-05-07 at 20.49.47Jens Andermann nos propone en este libro una pregunta radical: ¿es posible, desde el interior de una tradición crítica tan fuerte como la argentina leer su literatura desde un exterior de sentido? La lectura de Mapas de poder es una respuesta fascinante: entraremos y saldremos de la literatura argentina viendo la fuerza de sus mitos fundacionales a través de una sutil, inteligente y constante mirada crítica. Mapas de poder es, ante todo, una nueva lectura de un siglo completo de literatura argentina (1830-1930), desde Sarmiento hasta Borges. Pero es también el desmontaje de los clásicos nacionales (y de la tradición crítica que los constituyó) hecho a partir de instantáneas: escenas, posiciones, miradas, gestos, recorridos. Elementos que son rescatados creativamente para ponerlos en relación con los discursos constructores de la nación y armar series de sentido. Este libro lee la literatura argentina como un corpus de relatos y tonos y como clave de una escritura periférica. Mapas de poder nos hace visibles fenómenos clave de la historia argentina. Pero el libro es también „una arqueología del espacio argentino“, una lectura atenta de la nación visible en la escritura y de los caminos que recorre la letra para hacerse oir: Buenos Aires, la Patagonia, la selva.

Graciela Montaldo

Jens Andermann, autor de Mapas de poder (Beatriz Viterbo, 2000), asombra por el sensitivo despliegue de observaciones atinadas y a la vez profundas del enorme peculio de la literatura argentina. Con enorme placer se lee la relación entre el Martín Fierro y Solané, el drama que recoge el episodio milenarista de la insurrección gaucha en Tandil, en 1872. Sutiles embutimientos de un escrito en otro que van configurando lo que Andermann llama “mapas”, que no son sino territorios de la memoria donde cada texto va imprimiendo una idea de temporalidad sincrónica como “representación topográfica de la literatura”. Andermann habla con singular sensibilidad de la literatura argentina y desde un  estilo de trabajo dado en llamar “estudios culturales”, de donde extrae su léxico de crítico. Con todo, convence menos esta inscripción en esta escuela de la crítica (cierto que invocada con prudencia por Andermann) que su diestra manera de visualizar los textos sin perder el rastro de su advenimiento a la consideración de la crítica y a la memoria nacional. Una joya final, el examen de una novela de Paul Zech (no conocida en castellano, donde el personaje Michael M. vaga por Buenos Aires hacia 1938), corona esta grata aventura intelectual y viajera.

Horacio González

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